Poética del cuidado

Poética del cuidado

El rostro, lo más nuestro, lo que nos identifica y a la vez nos entrega al otro, guarda con la herida una vecindad que el latín no quiso disimular: vultus y vulnus casi coinciden en una cercanía fonética prodigiosa, y en esa coincidencia se cifra una antropología entera. Mostrar la cara es exponerse, no hay rostro sin intemperie. Emmanuel Levinas lo llevó al extremo: el rostro del otro, en su desnudez indefensa, ordena antes de pronunciar palabra y nos veda la indiferencia. Quien tenemos enfrente no es un objeto que se contemple, sino una llamada que reclama respuesta.

De ahí parten estos apuntes dispersos (y sin duda erróneos) para una poética del cuidado, en los que se arriesga una hipótesis de lectura: si seguimos la clave hermenéutica que Gadamer formuló en “Verdad y método”, una porción decisiva de la literatura occidental puede entenderse como una propuesta poética doble: testimonio de la fragilidad humana y, a la vez, ofrecimiento del cuidado como respuesta a esa misma fragilidad.

No se trata de una ocurrencia tardía. Ya Aristóteles defendió en la Poética la primacía filosófica de la poesía sobre la historia, porque la poesía dice lo general y la historia, lo particular. Y nada hay más general, más universalmente compartido, que la condición herida. Auerbach lo vio con claridad al abrir Mímesis con la cicatriz de Ulises: en el canto XIX de la Odisea, la vieja Euriclea reconoce al héroe palpando la herida que un jabalí le dejó en el muslo. Somos reconocidos por nuestras cicatrices: la identidad es memoria de lo dañado y, a la vez, de lo cuidado. La épica más antigua nos dijo algo que no hemos dejado de aprender: que solo se reconoce lo que se ha tocado.

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Hoy más que nunca

La filosofía ha pensado esa estructura, aunque no siempre la haya nombrado así. Husserl nos devolvió al mundo de la vida, suelo común anterior a toda teoría, donde el cuidado precede al concepto. Heidegger fue más lejos: en Ser y tiempo, la Sorge, el cuidado, no es una actitud entre otras, sino el modo mismo de ser del hombre. Y Popper, con su teoría de los tres mundos, nos permite ordenar el cuidado también en tres direcciones –hacia las cosas, hacia uno mismo y, en el difícil territorio intersubjetivo, hacia los demás–, incluida la humilde y rara sabiduría de dejarse cuidar. Pues hay una forma de orgullo que se disfraza de autosuficiencia y se niega a recibir y, frente a ella, Marcel reivindicó la disponibilidad, ese estar abierto al otro que consiente también en ser socorrido.

Donde el concepto se detiene, la literatura insiste. Rilke transmuta el lamento en alabanza –las Elegías a Duino, los Sonetos a Orfeo– y hace del canto la forma más alta de existir. Eliot confía la salud a un cirujano herido que solo cura porque él mismo está marcado. Y Rieux, el médico de La peste, sigue curando sin esperanza de victoria, por simple decencia ante el dolor ajeno: no es heroísmo lo que Camus celebra, sino algo más modesto y duradero, la constancia. Alrededor, otras voces sostienen lo mismo desde ángulos distintos: Kermode y la necesidad de narrar finales, Innerarity y Derrida pensando la hospitalidad como acogida del frágil, Byung-Chul Han reivindicando en La salvación de lo bello una belleza que no esconde la herida.

Efectivamente, tal y como parece, estos apuntes son breves, dispersos (y sin duda erróneos). Pero acaso el error sea aquí fecundo: señalar, sin clausurarla, una intuición persistente de Occidente, que solo cura quien acepta su propia herida, y cuidar y dejarse cuidar son el mismo gesto en sus dos orillas. Que el rostro sea herida no es condena, sino vocación. Donde está el peligro –escribió Hölderlin– crece también lo que salva. La poética del cuidado sería, sencilla, humilde y tenaz, el nombre de esa esperanza inscrita en nuestras letras.

*Profesor de Ética de la Comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.