El beso que llegó demasiado tarde: la historia de dos compañeros de trabajo que nunca lograron estar juntos

El beso que llegó demasiado tarde: la historia de dos compañeros de trabajo que nunca lograron estar juntos

La vio por primera vez en televisión cuando era adolescente y quedó fascinado. Años después la encontró trabajando cerca. Vivieron cuatro meses de encuentros, despedidas y promesas imposibles. Nunca llegaron a estar juntos. Sin embargo, seis años después, él todavía piensa en ella.

Los incondicionales sufren más.

Marzo de 2020. Mientras millones de personas intentaban entender cuánto tiempo durarían las restricciones que acababan de anunciarse, Damián tenía otra preocupación.

Acababa de besar por primera vez a la mujer que llevaba años ocupando un lugar imposible en su cabeza. Se habían encontrado esa tarde en un parque de Buenos Aires. Habían caminado bajo una llovizna suave. Habían hablado de todo y de nada. Y finalmente se habían besado. Mucho. Demasiado para dos personas que nunca habían sido pareja. Demasiado para una historia que estaba a punto de terminar.

Dos días después comenzó la cuarentena. Y una semana más tarde ella desapareció de su vida. Seis años después, Damián todavía recuerda cada detalle de aquella tarde. “No pienso en ella todos los días como antes, pero aparece. Alguna vez durante la semana siempre aparece. A veces es una canción. A veces un lugar. A veces una tarde parecida a aquella”, cuenta.

La paradoja es que no extraña una relación. Porque nunca la tuvieron. Lo que extraña es algo mucho más difícil de explicar. Una posibilidad.

La primera vez que vio a Carolina ni siquiera la conocía. Era adolescente y estaba mirando un programa de televisión donde participaban estudiantes que competían por un viaje de egresados. Entre todos los chicos apareció una morocha bajita, de ojos oscuros y una personalidad enorme. Le llamó la atención de inmediato.

Horas más tarde, navegando por Facebook, descubrió que la tenía agregada entre cientos de contactos que había acumulado durante la adolescencia. No le escribió. Ni se le ocurrió hacerlo. Era tímido, ella estaba de novia y la vida siguió.

Con los años se cruzaron algunas veces en boliches de San Martín. Él la veía pasar tomada de la mano del mismo novio de siempre y sentía algo extraño. “Le contaba a mis amigos que acababa de cruzarme a la chica más linda que había visto en mi vida”, recuerda y sonríe con la mirada perdida. Pero nunca pasó nada. Ni una conversación. Ni un mensaje. Ni siquiera una amistad.

A pesar de estar enamorado, Damián nunca se animó a mandarle un mensaje. (Foto generada con IA).

Hasta que una mañana de agosto de 2019, cuando trabajaba en una empresa del microcentro porteño, un compañero le comentó que había ingresado una chica nueva al sector. “Es de San Martín como vos”, le dijo. Damián levantó la vista. Y ahí estaba. Carolina.

La chica que había visto por primera vez años atrás en la televisión. La chica que aparecía cada tanto en sus redes sociales. La chica que parecía pertenecer a una vida paralela. “La chica más linda del mundo”. Ahora trabajaba a pocos metros de él.

Durante varias semanas apenas intercambiaron saludos. Hasta que una mañana coincidieron en el ascensor. Hablaron apenas unos minutos. Lo suficiente para que ella empezara a notarlo. Lo suficiente para que él sintiera que algo estaba cambiando.

El verdadero comienzo llegó en diciembre. Después de una reorganización de oficinas, los equipos quedaron ubicados cerca uno del otro. Carolina entró esa mañana, levantó la vista, le sonrió y se acercó a pedirle un mate con una confianza que lo descolocó.

Minutos después le llegó una solicitud de Instagram. Todavía recuerda la sorpresa. No compartían amigos. Ella no tenía forma sencilla de encontrarlo. Y sin embargo ahí estaba.

A partir de ese día empezaron a hablar. Primero por historias. Después por mensajes. Luego por cualquier excusa. “Siempre encontraba algo para decirme”, menciona y, con la voz apagada, agrega: “Ojalá hubiera sabido que los finales postergados duelen más”.

Carolina seguía en pareja. Llevaba años con el mismo novio. Y quizás por eso Damián intentó convencerse de que todo estaba en su cabeza. Pero las señales empezaban a acumularse.

Llegó la fiesta de fin de año de la empresa. Ella apareció más tarde porque había rendido un examen final de la facultad. Cuando cruzó la puerta, él sintió que el resto del salón desaparecía.

Compartían conversaciones interminables y silencios que parecían decir más que las palabras. (Foto generada con IA)

Pasaron horas hablando. Horas. De esas conversaciones que empiezan con temas simples y terminan en los rincones más profundos de la vida. Descubrieron que vivían cerca. Que conocían los mismos lugares. Que compartían más cosas de las que imaginaban.

Esa madrugada terminaron sentados frente al río, en la costa de Olivos. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro. Él sintió que el mundo entero era suyo. Y aun así no hizo nada. Porque ella seguía teniendo novio. No entendía qué estaba pasando. A veces el miedo puede más que el deseo.

Seguían compartiendo desayunos, caminatas y conversaciones interminables. Intentaban ponerle otros nombres a lo que les estaba pasando. Pero hay emociones que no aceptan disfraces. Cómo agota fingir que no nos pasa nada.

Las semanas siguientes fueron una montaña rusa. Se buscaban. Se alejaban. Volvían a acercarse. Ella le decía que lo extrañaba. Después le pedía distancia. Él intentaba poner límites. Después corría a verla otra vez.

Tal vez por eso les costaba tanto alejarse. Porque más allá del deseo, habían encontrado algo difícil de hallar en la adultez: un cómplice. Alguien que los escuchaba sin juzgar. Que entendía sus silencios. Todos necesitamos alguna vez un cómplice, alguien que nos ayude a usar el corazón.

Caminaron por un parque casi vacío, hablaron durante horas y se besaron una y otra vez (Foto generada con IA).

Había algo entre ellos que ninguno parecía capaz de controlar. Y también algo que ninguno parecía capaz de resolver. “Nos despedíamos y al día siguiente volvíamos a hablar. Decíamos que era la última vez y terminábamos caminando durante horas. Era como vivir dentro de un círculo del que no podíamos salir”, reconoce.

Damián sabía que estaba entrando en terreno peligroso. No quería convertirse en un amigo, ni tampoco ocupar un lugar secundario. Pero tampoco podía irse. Porque verla apenas unos minutos alcanzaba para cambiarle el día entero.

Hasta que llegó marzo de 2020. Y con él, el último viernes de normalidad. Después de semanas intentando alejarse, Carolina volvió a escribirle. Le dijo que lo extrañaba y que necesitaba verlo. Le dijo cosas que él había esperado escuchar durante meses.

Acordaron encontrarse el martes 17 de marzo. Aquella tarde caminaron por un parque casi vacío. Hablaron. Se abrazaron. Y finalmente se besaron. Por primera vez. “Paraba cada dos cuadras para volver a besarla”. Durante unas horas creyó que, por fin, todo podía empezar. Pero la vida tenía otros planes.

Dos días después comenzó la cuarentena. Al principio hablaron sin parar. Mensajes durante todo el día. Llamadas hasta la madrugada. Sueños sobre el futuro. Planes para cuando terminara el encierro.

El primer beso llegó después de meses de silencios, dudas y encuentros postergados (Foto generada con IA).

Después ella empezó a responder cada vez menos. Hasta que una noche le dijo que necesitaba terminar con todo. Y desapareció. Lo bloqueó. No volvió a explicarle nada. Sin respuestas. No volvió a verla jamás. “Creo que lo más difícil no fue perderla. Lo más difícil fue quedarme sin entender qué había pasado”, admite.

Pasaron los meses. Los años. Carolina siguió su vida. Formó una familia. Fue madre. Y se convirtió en alguien a quien Damián nunca volvió a cruzar.

Sin embargo, algo de aquella historia permaneció. No porque haya sido una gran historia de amor. Sino porque nunca llegó a convertirse en una. Porque quedó suspendida para siempre en el territorio de las preguntas. En lo que podría haber sido.

Con el tiempo dejó de buscar explicaciones. También dejó de preguntarse qué habría pasado si las circunstancias hubieran sido distintas.

Lo que permanece hoy es otra cosa. La certeza de que existen personas que llegan para quedarse incluso cuando se van. Personas con las que no se construye una vida, pero que modifican para siempre la forma de mirar el mundo. “Ella me enseñó una versión de mí que no conocía. Con ella me animaba a cosas que jamás habría hecho. Me hizo entender que todavía era capaz de sentir de una manera que ni siquiera sabía que existía”.

Damián siguió adelante, aunque hay recuerdos que aparecen sin avisar (Foto generada con IA).

Incluso hoy, seis años después, cuando habla de ella no aparece el rencor. “Ojalá cuando se mire vea todo lo bonito que yo veía al mirarla”, dice. Damián ya no vive atrapado en aquella historia. Pero tampoco reniega de ella. Porque algunas personas dejan recuerdos. Y otras dejan huellas.

Carolina pertenece a ese segundo grupo. Y aunque la nostalgia ya no tenga el peso de aquellos primeros meses, todavía hay tardes en las que una canción, una calle o una ráfaga de viento le hacen pensar en ella y vuelve a sonreír. Porque algunas historias no sobreviven porque terminan bien, sino porque nunca terminan del todo.

Durante mucho tiempo creyó que había tomado todas las decisiones equivocadas. Después lo entendió. No se había equivocado: estaba aprendiendo.

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@cynthia.serebrinsky

Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.