La nueva historia de Marcelo Birmajer: Patora (segunda parte)

La nueva historia de Marcelo Birmajer: Patora (segunda parte)

  • Continuamos con el recuerdo de la hija del sindicalista poco agraciada que no conseguía novio, más que nada por responsabilidad de su padre.
  • Pero, como dice la canción, la vida te da sorpresas.

Leer la primera parte haciendo click acá.

La milanesa me había caído como el providencial escarmiento anunciado por Perón en 1974. Yo no tengo nada que ver, General, pensé. Pero se sabe que en la guerra civil peronista no hay inocentes.

De postre había queso y dulce, y mis acompañantes no se negaban a regarlo con moscato, incluso el que manejaba, lo que me llevó a ponderar la posibilidad de hacer el resto del trayecto caminando. Pero lejos de levantarme, me encontré impulsado contra el banquito del paredón de fusilamiento por una melodía dicharachera y rítmica, con notas compartidas entre el ballenato y la bailanta, que finalmente descifré como versión de uno de los hits de Cacho Castaña, El Matador.

Por entonces Cacho Castaña estaba vivo, atravesando una de sus cíclicas internaciones y, ahora descubro, aún no había compuesto su canto de cisne, su mejor canción, Me gustan las mujeres con pasado (incidentalmente la coda musical perfecta para este mismo relato). Pero de haber estado presente el autor en aquel almuerzo de paso, probablemente su dolencia, cualquiera esta fuera, se habría agravado. El tirifilo que subió a ponerle voz a esa cumbia porteña, abotargado, presumido y desafinado, con coleta capilar cana, rasgos distorsionados y paso paquidérmico, era no una imitación, ni mucho menos una interpretación, sino una falsificación.

Mientras lo escuchaba despanzurrar un clásico, me atormentó ese resabio de un recuerdo que se ha vuelto cada vez más habitual en mi experiencia diaria: “yo a éste lo conozco de algún lado...”. Me pasa con personas, con lugares, con películas.

Con mi propio nombre algunas mañanas.

Codeé a una de las integrantes de mi troupe marketinera, que seguía el ritmo de la canción con un zapateo de tap improcedente, y le pregunté: “¿Te suena el cantante?”.

Por toda respuesta me preguntó si yo no iba a dar cuenta de mi queso y dulce. Se lo regalé. También el moscato.

He descubierto que para atrapar un recuerdo vaporoso, debo pensar en otra cosa. Hacer de cuenta que me distraigo, dejarlo merodear alrededor con impunidad, como una mosca, y cuando el recuerdo elusivo menos lo espera, lanzar la palmeta de la memoria: que sucumba al presente o al olvido. De modo que me puse a recapitular la historia del cubano Cachilo (nacido Camilo).

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche (1). Sí se supo de su aparición, colgado de una cuerda de hilo sisal, en un hotel de la Recoleta, en Posadas y Ayacucho, hoy muy cercano a la calle Adolfo Bioy Casares, si es que faltaba algún detalle para cerrar esta historia de celebridades culturales argentinas, en todos los casos mis principales referentes.

Cachilo había entrado como polizón al país, ya en democracia, pero sin arriesgarse a pasar por aduana. Al menos, no se lo registró en los ingresos aeroportuarios ni marítimos ni fluviales. Según la planta hotelera, había pasado menos de una semana en la habitación 302. Cuando la mucama acudió a llevarle el desayuno, como Cachilo prefería, ante la falta de respuesta, el maestranza abrió la puerta y encontraron el cuerpo.

Las tapas de los diarios pudieron referir a un suicidio por amor. Aparentemente Patora le había dado calabazas.

Pero esa muerte, por caribeña, quedó enredada en aquella retahíla de episodios ambiguos de los primeros -y únicos- años del gobierno de Alfonsín.

Si bien no se dudaba del suicidio, no obstante se citaba la “mano de obra desocupada”, la equidistancia de Alfonsín tanto de Castro como de la disidencia cubana en el exilio, los intríngulis de los servicios de inteligencia nacionales e internacionales. Un cubano ahorcado de una soga en la contrapuerta de un hotel de lujo de Buenos Aires no era cosa baladí.

Con el correr de los días, se habló más de las probables derivas políticas y geopolíticas del occiso, que de su condición de Romeo de Patora, que era el concepto titular original de la necrológica. A diferencia de la tragedia shakespereana, en la que los amantes devienen de respectivas familias en conflicto; para el Capuleto Yuca cualquier pretendiente se convertía ipso facto en familia enemiga. El fluir de la tinta diluyó la noticia en una serie de hipótesis incomprobables, rocambolescas, que finalmente se apagaron en la nada.

De la nada, de aquella muerte absurda y pública, enhebré la aguja del pajar de las reminiscencias: el pelado con coleta impostando a Cacho Castaña era un inverosímil, sobreviviente, y maduro, Chidorito. Aquel actor esfumado de las candilejas tras haber tirado infructuosamente al blanco de Patora más de treinta años atrás. Hay gente que se muere cuando uno menos lo espera, y otros que reaparecen igual de inesperadamente.

Como si se burlara de mí, la emprendió con Me gustan las mujeres con pasado. Callaría si quisiera castigarlo por cómo profanó El Matador. Pero debo reconocer que honró la mejor canción de Cacho Castaña con una entonación singular y más que aceptable. Evidentemente se la dedicaba a Patora, que escuchaba arrobada. Se tiraron un muto beso.

Las gentes se pusieron de pie para aplaudir, en una reacción a mi parecer un poco exagerada. Pero no todo era devoción por el aprendiz de cantante: acababa de hacer su irrupción en el salón comedor, en una imponente silla de ruedas, nonagenario y aún a la cabecera incombustible del Sindicato de la Horchata, el Yuca Posini.

Empujaba su carromato aerodinámico de última generación un muchacho de unos quince años, en el que ya no me costó deducir algunos rasgos de Chidorito. Nieto y probable sucesor gremial. Saludaban como si fueran dos estadistas. Patora y Chidorito, evidentes y orgullosos padres, se sumaron a la caravana. Yo asistía a la revelación de esa pareja, de ese vástago, de esa prosapia. Era su presentación en sociedad.

En un imperceptible e imperturbable gesto, por el cual palidecí y se me secó la nariz, el Yuca me apuntó con su mano firme en forma de revolver. Salieron los cuatro por la puerta central, con lo que se dio por terminado el almuerzo-show.

¿Cómo me podía haber reconocido aquel anciano? No me había visto personalmente ni una vez en su vida.

-Che, ¿qué les parece si seguimos viaje? -imprimí un tono canyengue a mi canción desesperada-. Ese pulgar e índice con silenciador me habían aniquilado el coraje que nunca tuve.

El camino restante, conducidos en una camioneta urbana por el beodo, de tinto y moscato, entre imperfecciones de cemento y tierra que podrían haber terminado en un vuelco mortal, me resultó menos ominoso que la muda amenaza del Yuca. Paradójicamente, resulté más temerario enfrentando el peligro inminente que la finalmente inocua acechanza del cacique sindical.

-Increíble Chidorito en el escenario -dije inopinadamente, con la convicción de que ni uno de mis compañeros de ruta entenderían de qué hablaba-. Pero el borracho, dando barquinazos, a punto de chocar contra una grúa del ACA que venía en sentido contrario, me sorprendió:

-Chidorito nunca soltó la presa. Como una pata de pollo para el que no quiere pechuga, contra viento y marea, perseveró en Patora. Lo molieron a golpes, lo “acusaron” de HIV en los '80, lo encerraron en el baúl de un auto. El galancito no se apartó de la dama. Cuando supo de la llegada del cubano, que venía con toda seriedad de intenciones, lo ubicó, lo contactó, propuso un pacto de no agresión. Y lo mató.

Se hizo un silencio, redundantemente sepulcral, en nuestra colmada camioneta.

-¿Y cómo sabés? -musité-.

-Los Munipas sabemos -me desafió-. Fue por ese despliegue de osadía que el Yuca lo habilitó como yerno. Eso necesitaba: un lugarteniente capaz de ganarse el puesto a machetazo limpio.

- Y sin embargo, el que me pareció el Delfín es el nieto -interdije-.

-Es que a Chidorito siempre le tiraron las tablas -cerró el asunto nuestro Virgilio-.

1) Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges.