La desaparición de dos seminaristas: a 50 años de una tragedia inesperada

La desaparición de dos seminaristas: a 50 años de una tragedia inesperada

En esta cuarta entrega, repasamos la vida de los religiosos Carlos Di Pietro y Raúl Rodríguez, desaparecidos el 4 de junio de 1976. Además, recordamos al padre Favre que, hasta su muerte en 2013, buscó la verdad y luchó por justicia.

Muchas veces, el relato de historias poco conocidas y, sobre todo, de una magnitud limitada en su consideración propone al historiador dos sensaciones: la una, la de estar ocupándose de acontecimientos sin importancia radical; y la otra, la de utilizar esos hechos para ilustrar adecuadamente un contexto mucho más amplio que, como en este caso de los asuncionistas desaparecidos en 1976, permite decir que “para muestra basta un botón” en el intento de comprender cómo una sociedad como la argentina de los años de 1970 pudo sumergirse en el episodio de guerra revolucionaria más extremo que tuvo lugar en América del Sur durante el siglo XX.

La racionalización de lo ocurrido no resulta fácil cuando quien escribe estas crónicas de época desde la perspectiva de la ciencia historiográfica tiene una relación afectiva con los personajes y con las instituciones abarcadas. Por eso, quien esto escribe considera necesario volver a remarcar lo expresado en este artículo. Fui amigo del padre Roberto Favre y lo soy del padre Luis Ramón Rendón, el único sobreviviente hoy de la tragedia del barrio Manuelita, episodio relatado anteriormente. Además, desde hace medio siglo conozco a los asuncionistas, desde mi paso por el Instituto San Román, en el Bajo Belgrano; mi estadía de dos años en el seminario de la congregación; y mi pertenencia afectiva, hasta hoy, a estos religiosos.

Para completar la crónica de esa sangrienta medianía del año 1976, cuando la muerte campeaba por el país y podemos recordar el asesinato del jefe de la Policía Federal, general Cesáreo Cardozo (volado en su cama por una bomba el 18 de junio); el atentado más grave de la historia, salvo el de la AMIA, perpetrado contra el comedor de Coordinación Federal de la PFA el 2 de julio; y el exterminio de la comunidad palotina de San Patricio el 4 de julio, abordaremos la semblanza de los cuatro protagonistas de la trágica jornada del 4 de junio.

Padre Favre. (Foto: gentileza Eduardo Lazzari)

El padre Roberto Favre, A.A.

Su vida antes de 1976

Nació en el pequeño pueblo de Villa Sauze, partido de General Villegas, en la frontera oeste de la provincia de Buenos Aires, el 26 de junio de 1933, en una familia de inmigrantes. Aprendió sus primeras letras en la escuela pública de su pueblo. Adolescente, se mudó a las afueras de Buenos Aires, asistió al secundario en un colegio privado y comenzó a frecuentar la Escuela Apostólica “San Agustín”, regenteada por los padres asuncionistas. El joven Roberto era visitante habitual de la iglesia de Lourdes e ingresó en la Acción Católica en tiempos del conflicto del gobierno de Perón con la Iglesia, en 1955.

Ingresó al noviciado asuncionista en Chile, donde aprobó los planes de estudio de Filosofía y Teología. Al joven Favre le atrajeron la condición misionera de la congregación, su talante intelectual vinculado a la prensa y el protagonismo asuncionista durante los años de persecución de la Iglesia católica detrás de la “Cortina de Hierro”, en plena Guerra Fría. En Bulgaria, tres mártires asuncionistas son beatos.

Favre culminó sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma, recibiendo el grado de “teólogo en espiritualidad”, lo que marcaría toda su vida religiosa. Hizo sus votos como fraile y monseñor Antonio Rocca lo ordenó sacerdote el 22 de febrero de 1964 en la iglesia de Las Mercedes. Fue vicario en San Martín de Tours; párroco en Lourdes; directivo del colegio San Román; y superior de las comunidades de Santos Lugares y Mendoza. Llegó a ser superior de los asuncionistas en la Argentina en 1973, desde donde fue solicitado para desempeñar tareas de mayor responsabilidad dentro de la Iglesia.

Favre en 1976

Su llegada a la vicepresidencia de la Conferencia Argentina de Religiosos, organismo representativo de todas las órdenes religiosas masculinas, marcó el inicio de un protagonismo social y político que Favre nunca buscó.

La tragedia de la casa asuncionista del barrio Manuelita cambió su vida para siempre. Desde el 4 de junio de 1976 hasta su muerte, ocurrida el 2 de diciembre de 2023, Favre no cejó en perseguir la verdad y la justicia por los religiosos que estaban bajo su responsabilidad.

Primero interpuso un habeas corpus en el Juzgado Federal N.º 3 de San Martín, provincia de Buenos Aires. En una de sus insistentes visitas para conocer el estado del expediente, una empleada judicial se le acercó en el ascensor y le pidió que no volviera, ya que lo seguían incluso dentro del propio juzgado, asegurándole que ella lo mantendría informado si surgían novedades. El padre Favre siguió yendo a los tribunales.

Realizó gestiones ante la Nunciatura, la Conferencia Episcopal y otras autoridades, no sólo por el caso de los asuncionistas, sino también por otros religiosos desaparecidos.

De este tiempo data su relación con el superior de los jesuitas, el padre Jorge Bergoglio, S.J. Hay que decir, en homenaje a la verdad, que el buscado padre Jorge Adur, por entonces en la clandestinidad y luego convertido en capellán de la organización terrorista “Montoneros”, abandonó el país gracias a la gestión de Pío Laghi. En su regreso voluntario al país, en 1980, resultaría desaparecido. Todo ello fue denunciado ante la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) por uno de los sucesores de Favre como superior asuncionista, el padre Vicente De Luca.

El 4 de julio fue nombrado obispo de Zárate-Campana Alfredo Espósito Castro, antiguo compañero de estudios de Favre. Al llegar a la iglesia donde se celebraba la consagración del nuevo obispo, el nuncio Pío Laghi abordó a Favre y le preguntó si sabía lo ocurrido en la parroquia San Patricio. Su asombro fue enorme al enterarse de que había sido aniquilada la comunidad de los palotinos, y mayor aún cuando Laghi le informó que debería hablar en representación de las órdenes religiosas en las exequias de los asesinados.

El 5 de julio se celebró el funeral, concelebrado por el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Juan Carlos Aramburu; varios obispos; el nuncio Laghi; decenas de sacerdotes; y con la presencia de autoridades civiles y militares, entre ellas el general Carlos Suárez Mason.

El padre Favre, que posteriormente atribuyó sus palabras a la acción del Espíritu Santo, dijo valientemente:

“No puede haber voces discordantes en la reprobación de estos hechos. Tenemos necesidad de buscar, más que nunca, la justicia, la verdad y el amor para ponerlos al servicio de la paz... Hay que rogar a Dios no sólo por los muertos, sino también por las innumerables desapariciones que se conocen día a día... En este momento debemos reclamar a todos aquellos que tienen alguna responsabilidad que realicen todos los esfuerzos posibles para que se retorne al Estado de Derecho que requiere todo pueblo civilizado".

Más adelante, Favre señaló, en el mismo sermón:

“Estas muertes vienen a sumarse a otras de todos los días y a los innumerables desaparecidos de quienes nadie sabe dar razón. Son hechos que injurian a Dios y a la humanidad".

Es el primer reclamo público por los desaparecidos formulado frente a autoridades militares, según tenemos conocimiento.

Terminada la ceremonia, en la sacristía de la iglesia, el cardenal Aramburu abrazó a Favre y le dijo: “Gracias por decir lo que yo tengo miedo de decir. Hizo el bien”.

Días más tarde, el convento de Lourdes fue allanado y los religiosos que vivían allí fueron intimidados.

Favre siguió perteneciendo a la congregación hasta su muerte, casi medio siglo después de estos hechos, siempre intentando saber qué pasó con Carlos y Raúl.

El sábado 16 de marzo de 2013, en el programa Con todo respeto, de Radio Mitre, a tres días de la elección de su conocido, el padre Jorge Bergoglio, como Papa, el padre Favre dijo envidiarlo. Cuando el periodista Horacio Pagani le preguntó qué envidiaba del nuevo pontífice, respondió simplemente: “Bergoglio pudo encontrar a sus jesuitas secuestrados (Orlando Yorio y Francisco Jalics); yo sigo buscando a mis asuncionistas”.

Los religiosos Carlos Di Pietro y Raúl Rodríguez. (Foto: gentileza Eduardo Lazzari)

El hermano Carlos Antonio Di Pietro, A.A.

Nació el 8 de agosto de 1944 en Buenos Aires. Fue criado como hijo único, aunque sus padres, Antonio y Otilia, adoptaron a una niña dos décadas más tarde.

Desde los 17 años trabajó para ayudar a la economía familiar, lo que impidió que sus estudios secundarios fueran regulares. La comunidad asuncionista de La Lucila ejerció una gran influencia sobre él y lo llevó a ingresar, a los 22 años, al seminario.

Al principio no era disciplinado en el estudio, pero terminó el secundario en 1970 y, en la vida religiosa, hizo los primeros votos dos años más tarde.

Los estudios de Filosofía y Teología los cursó en el Colegio Máximo jesuita de San Miguel, con notas que demuestran su capacidad intelectual. Mientras estudiaba fue convocado como ayudante de la cátedra de Teología de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador.

Se destacó por su solidaridad dentro de la comunidad religiosa y, con el transcurrir del tiempo, llegó a ser un factor de unidad y cordialidad. Ya en el barrio Manuelita comenzó un intenso trabajo pastoral entre los más humildes y los jóvenes.

Tuvo actuación misionera en Corrientes y en Villa Tesei, siempre junto a sus hermanos de religión. Aún hoy se lo recuerda en el barrio Manuelita como una persona cordial y cercana. Como testimonio de su amabilidad, era común que intercambiara recetas de cocina con sus vecinas.

El 30 de noviembre de 1975 hizo los votos perpetuos de castidad, pobreza y obediencia en el Santuario de Lourdes de Santos Lugares, estando presente el padre Julio Navarro, superior provincial asuncionista con sede en Chile. Era un paso más en su camino hacia la ordenación sacerdotal.

Lo que esperaba de su vida era “poder querer mucho”, expresión que revela la profundidad de su vida interior y contemplativa.

Fue secuestrado el 4 de junio de 1976 y desde entonces permanece desaparecido, sin que exista hasta hoy ningún rastro de su martirio.

Se conserva como reliquia la cruz de su profesión como religioso asuncionista.

El hermano Raúl Eduardo Rodríguez, A.A.

Nació en Lobos el 29 de marzo de 1947. Poco se sabe de su vida hasta su llegada al seminario en 1967, aunque sí se conoce que trabajaba desde los 15 años, luego de perder a sus padres. Llegó al Centro Vocacional de los Asuncionistas, cuya existencia conoció a través de un aviso publicado en la revista Esquiú. Ingresó con estudios primarios completos, por lo que finalizó el secundario cursando tres años de manera regular y rindiendo los dos últimos como alumno libre.

Los estudios de Filosofía y Teología los cursó en el Colegio Máximo de San Miguel junto a Carlos Di Pietro. Sus superiores destacaban su inteligencia, su capacidad de análisis, la forma clara de expresar su pensamiento y su voracidad lectora en temas filosóficos.

Su entusiasmo por el estudio lo llevó a inscribirse en la Universidad de Buenos Aires para cursar Filosofía en paralelo con sus estudios en San Miguel.

En 1972 realizó los primeros votos temporales y manifestó su alegría de pertenecer a una congregación con un espíritu de libertad y apertura que permitía el surgimiento de nuevos modos de evangelización.

Era reconocido por su sencillez, su alegría y su vocación por promover la amistad. Poseía una profunda vida de piedad, destacándose por su permanente actitud de oración. Apreciaba sobremanera la vida comunitaria de los asuncionistas.

Formó parte del Consejo Pastoral de la parroquia Nuestra Señora de la Unidad, en La Lucila. Organizó y coordinó la catequesis tanto allí como en Manuelita y, además, se destacó por su capacidad de diálogo con los adultos. Sin embargo, fue la influencia que ejercía sobre los jóvenes lo que motivó a sus superiores a incorporarlo al equipo de formadores.

Vale destacar que su gran amistad con Di Pietro era un signo de unidad en la diversidad, ya que este se distinguía por su gran actividad, mientras que Raúl era más místico, intelectual y reflexivo.

Realizó sus votos perpetuos junto a Di Pietro en 1975.

Fue secuestrado el 4 de junio de 1976 y desde entonces permanece desaparecido, sin que exista hasta hoy ningún rastro de su martirio.

Se conserva como reliquia el reloj pulsera que utilizó hasta el último día.

Durante la inauguración del monumento que recuerda a Di Pietro y a Rodríguez en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en Santos Lugares, quien esto escribe tuvo el honor de recitar un poema que el padre Favre dedicó a los dos seminaristas desaparecidos y que se transcribe a continuación:

“La luz amanecía en la mañana aquella del otoño

cuando llegaron despertando al barrio detrás de los postigos entreabiertos.

Los coros, entonces, callaron los salmos y se quebraron,

sobre los techos de la casa humilde las alas de los ángeles.

Un tenue manojo de trigos espigaba en sus manos intactas y limpias

y en un pedazo de cielo, pintada con sangre de mártires,

el alba extasiada rompió los cerrojos.

Pero ellos cabalgaban estrellas junto al jinete de la doble espada

y pisan sus plantas desnudas lagares morados en sangre de Cristo

Para cerrar esta historia, la semana próxima publicaremos en estas queridas columnas de TN.com.ar un reportaje al padre Luis Ramón Rendón, el sobreviviente del barrio Manuelita.