Marcos López celebra los 50 años de las imágenes que cambiaron la forma de mirar lo popular y pertenecen al imaginario colectivo

Marcos López celebra los 50 años de las imágenes que cambiaron la forma de mirar lo popular y pertenecen al imaginario colectivo

Debido al éxito, continúa su primera gran retrospectiva y visitarla es una fiesta. “Mi trabajo es absolutamente argentino y latinoamericano”, dice el fotógrafo santafesino, creador del pop latino. Instagram, Conurbano style y obra en continua transformación.

En más de cincuenta años de trabajo, Marcos López creó imágenes tan icónicas que ya forman parte del imaginario colectivo. A veces, aparecen en los lugares más impensados, usadas, tomadas prestado. Para él es un halago. “Pero si me la roba un restaurante carísimo de Puerto Madero le mando a mi abogado”, dice, entre en serio y en broma.

Marcos se parece a su obra, imágenes que nos hacen reír y a la vez van muy en serio. Deslumbran, sorprenden, impactan, a veces asustan. Por supuesto, son políticas y dicen mucho sobre el orgullo, la dignidad y la belleza de nuestra América Latina. Asado, vino, sifón, fútbol, santitos populares, Gauchito Gil, reinas provinciales, Gardel, galletitas Criollitas, Perón, Eva y Fidel. A López se lo considera el creador de un estilo, el pop latino, versión latam del pop art. Y el pop argentino; él prefiere popular.

En la Fundación Larivière (Caboto 564) están expuestos sus grandes éxitos. Su primera gran muestra antológica que inauguró en noviembre y, por el éxito de público, sigue hasta el 26 de julio. La visitan, en el espacio de La Boca, más de trescientas personas de jueves a domingo: es como ir a una fiesta.

"Asado en Mendiolaza" (2001), la versión de Marcos López de La última cena. Foto: (Museo Reina Sofía).

Hay unas doscientas imágenes, creadas entre 1975 y 2025, y organizadas en dos grandes salas. Una curada por Valeria González y la otra por él mismo, que está en constante transformación. López suma elementos, interviene fotos, crea nuevos marcos, pega y clava juguetes encontrados, tapitas de plástico y hasta cuchillos Tramontina que hacen de elocuente marco.

Grandes éxitos como Asado en Mendiolaza, La Última Cena versión nac&pop. “Al mismo tiempo que está en grandes colecciones y museos, como el Reina Sofía, muchas veces la sacan de internet y la veo ploteada en un kiosco de choripanes”, cuenta Marcos. “Me entero porque la gente me la manda por Instagram”.

"El cumpleaños de la directora" (Buenos Aires, 2008). (Foto: colección Larivière).

Habla de esa imagen que armó con un grupo de modelos que también son artistas. “Si tuviera que hacer un casting para esta foto tendría que convocar a mil personas para conseguir una”, dice. “Es interesante que a veces la fotografía tiene mucho que ver con el azar. El azar es parte de la estética, sobre todo del documentalismo. En este caso, el azar me llegó este personaje maravilloso”, dice, sobre el actor que hace de Jesucristo, pura mirada piadosa, mientras corta un pollo asado por la mitad.

El fotógrafo está en un momento de fulgor y reconocimiento. A su retrospectiva se sumó el homenaje en la muestra de Arte en pequeño formato, y coincidió con el lanzamiento de Conurbano style, el libro en el que ofició de curador de las imágenes reunidas en la cuenta The Walking Conurban. Ese proyecto colaborativo que es un tesoro público, y reúne fotos del conurbano tomadas por la gente. Fotógrafos profesionales, amateurs o simples poseedores de un teléfono con cámara. “A los chicos que generaron esa cuenta del conurbano, esa mixtura riquísima de migraciones de los países limítrofes, inmigraciones internas, de mestizaje, les deberían dar el título de Honoris causa en la Universidad, en la UBA, de Sociología y Antropología. Es realismo mágico real”.

"El jugador" (Córdoba, 1995), de Marcos López. (Foto: Fundación Larivière).

Además, en 2021 se estrenó López, el documental de Ulises Rosell sobre el artista santafesino, cuya obra forma parte de grandes museos y colecciones, como la de Larivière, precisamente, dedicada a la fotografía.

“Desde que empecé, a los 18 años, en Santa Fe, mi trabajo tuvo un pie en el documentalismo y otro en la puesta en escena llamémosle teatral. Me transformo en un director de actores, me transformo en un director de actores a gente común. Un día iba a documentar las inundaciones de Santa Fe y al otro día hacía como unas cosas media surrealistas, entre comillas. Creo que hasta ahora trabajo de esa manera. No había internet y mi único modo de aprender era leer cuarenta veces la revista Foto Mundo. Luego estudiaba ingeniería porque mi papá era ingeniero y tenía ese mandato familiar. Hasta que un día le dije: papá, esto no es lo mío. Y me vine a vivir a Buenos Aires para dedicarme a fondo”.

"Vendedoras de vestidos de novia" (Ecuador, 2015). (Foto: Fundación Larivière).

Cuando le preguntan si las ideas van apareciendo o ya tiene la imagen completa en la cabeza, le divierte citar el aforismo: “la inspiración aparece trabajando”. En los noventa, algunos críticos de arte dijeron que Marcos López, con sus puestas teatrales, fue el fotógrafo que mejor documentó el menemismo. Hay algo de la estética chirriante, de la alegría de la pizza con champán, que se acerca mucho a su pop latino. “Tiene que ver con el pop art, como la caja de Andy Warhol y el comentario sobre la estética publicitaria”, dice Marcos. Mientras señala, acá y allá, los trazos autobiográficos en la obra que nos rodea: la educación en Santa Fe, los colegios de curas, de monjas, las tías, primas, hasta las fotografías viejas retocadas.

“La publicidad nos invade. Abro Instagram, que me encanta y, lo que estaba pensando que quería comprarme, me lo muestra. Yo no le dije a nadie que me quería comprar un colchón y me dice: compre colchones. Una vez se me ocurrió decir que le copio a Warhol, pero me sale mal y en ese error está la fuerza y la textura de identidad de mi trabajo”.

En sus fotografías gigantescas hay modelos que son como sus actores fetiche. Como Ángel Rico, imitador de Gardel, que aparece en varias de sus obras, o Héctor, el mozo de Ña Serapia, el bodegón de locro que cerró sobre la avenida Las Heras. Su retrato con el cuchillo clavado en el corazón es otra de sus imágenes icónicas. “Tiene que ver 500 años de dolor de la colonización en América Latina. Dolor, pero me lo aguanto y no sufro ni un poco. Así es mi mamá, fruto de su educación cristiana”.

El taxista que lo llevó a pasear por La Quiaca, el plomero que arregló una pérdida en su casa, el sireno del Río de la Plata, inspirado en La Sirenita de Andersen. Personas que son personajes bajo su mirada. “Me interesa que mi obra no sea hermética. Me propuse que mi trabajo tenga un lenguaje claro. Que se entienda. Y también me interesa desde siempre que mi trabajo sea absolutamente argentino y latinoamericano, que no hubiera dudas ni entre comillas de identidad”.

Marcos se parece a su obra, imágenes que nos hacen reír y a la vez van muy en serio. (Foto de Chechu Mozimán)

En una esquina de la sala está su célebre Gauchito Gil. En una actitud diferente a la de los santuarios de la ruta, blande un cuchillo amenazante en lugar de las boleadoras. “Se me ocurrió mezclarlo con Juan Moreira”, dice López. “Cuando los policías van a detener al gaucho, el tipo se mata a dos o tres antes que lo cuelguen de un árbol. Me da mucha satisfacción porque lo sacan de internet y lo plantan en los santuarios de la ruta, y mucha gente se lo tatúa, al gaucho con cuchillo. Yo creo que dentro de 30 años, cuando busques en Google Gauchito Gil, va a salir este”.