Aunque funcionó entre 1981 y 1994, el Trottoirs de Buenos Aires pertenece a esa categoría de lugares que trascienden la dimensión material para convertirse en símbolo de la nostalgia, del exilio, de la amistad y el arte
La noche del 19 de noviembre de 1981, mientras París comenzaba a encender las luces del otoño sobre sus calles húmedas, un centenar de personas se apretujaba en un pequeño café concert recién inaugurado, en el número 37 de la Rue des Lombards.
Sobre el escenario sonaba el Sexteto Mayor y entre las mesas conversaban Julio Cortázar, intelectuales argentinos, diplomáticos franceses y referentes de la cultura europea. Nacía nada menos que Trottoirs de Buenos Aires (Veredas de Buenos Aires), una tanguería proyectada y llevada a cabo por personalidades de nuestro sentir como Susana Rinaldi, Antonio Seguí, Pérez Celis, Edgardo Cantón y Tomás Barna, entre muchos otros. Nadie imaginaba por aquel entonces, que ese reducto que vibraba al ritmo del 2x4, se convertiría en una inesperada delegación del tango argentino en Europa. Durante casi trece años, por sus noches desfilaron Roberto Goyeneche, Horacio Salgán, Osvaldo Pugliese y decenas de figuras fundamentales de la música ciudadana. Lo que comenzó como el sueño obstinado de un grupo de nostálgicos dispersos por París, terminó transformándose en uno de los capítulos más extraordinarios, y menos conocidos, de la historia musical argentina fuera de sus fronteras.
Sin embargo la historia de aquel sitio comenzó mucho antes de que se vendiera la primera entrada. Para ello hay que remontarse a los años setenta, cuando París se había transformado en refugio de muchos artistas, escritores, músicos e intelectuales argentinos. Algunos habían llegado atraídos por la extraordinaria vida cultural de la ciudad. Otros arribaron empujados por la violencia política, la persecución y luego la dictadura militar instaurada en Argentina en 1976. Entre talleres de pintura, pequeñas pensiones y cafés donde las conversaciones se extendían hasta la madrugada, empezó a madurar la idea de crear un espacio donde, primero, despuntar el vicio, y luego, difundir el tango y la cultura porteña en Europa.
Entre quienes impulsaban ese sueño estaban Edgardo Cantón, músico y representante de la Unesco; el escritor Tomás Barna, Benjamín Kruk y un grupo de argentinos convencidos de que el tango atravesaba una etapa de peligroso retroceso. “El tango se estaba muriendo porque el rock argentino en los 70 había arrasado”, recuerda Barna en el documental Un sueño en París (Sergio Costantino, 2019), que puede verse por YouTube. Y en modo nostálgico agrega: “Y pensé, si logramos mostrarlo aquí en París, tal vez después se expanda”.
El origen
La semilla artística del proyecto apareció unos cuantos meses antes de la apertura, en 1980 con la edición del disco Trottoirs de Buenos Aires. El álbum reunía letras de Julio Cortázar, música de Edgardo Cantón y la voz de Juan “Tata” Cedrón, acompañado por músicos de enorme jerarquía como Juan José Mosalini y César Stroscio. La portada había sido ilustrada por Antonio Seguí. Aquel trabajo condensaba la melancolía y las contradicciones del exilio. También proporcionó el nombre que luego adoptaría la tanguería. Sin embargo, uno de sus protagonistas jamás compartió la iniciativa. El “Tata” Cedrón consideraba que mientras la Argentina permaneciera bajo una dictadura no correspondía abrir en Francia un espacio que difundiera la cultura nacional, como si nada estuviera ocurriendo. Su desacuerdo fue tan profundo que nunca asistió al local y llegó a exigir que no se lo mencionara como fundador, incluso enviando una carta documento en la que prohibía utilizar su nombre. La paradoja fue que la tanguería terminaría llevando el nombre de una de sus creaciones.
Carmen Aguiar, una de las cofundadoras, cuenta en exclusiva para LA NACION la génesis del proyecto: “Una tarde estaba Cantón caminando con el caricaturista Jean-Claude Morchoisne por el centro de la ciudad, y éste le señala una patisserie que estaba en venta y riendo le dice: ‘¿Por qué no comprás ese viejo almacén y ponés un lugar donde se escuche tu música?’. Y así fue. Edgardo terminó reuniendo a veintitrés socios provenientes de distintos ámbitos de la cultura rioplatense, entre argentinos y uruguayos, y construyó el Trottoirs. Recuerdo que los días previos a la inauguración, como no había más dinero para gastar, todos ayudábamos con el trabajo. Mis hijos, que eran chiquitos, a modo de juego, llevaban y traían los tachos de pintura”.
“Hasta dos días antes no sabíamos si íbamos a debutar. Estaban todos con los baldes, la pintura, limpiando el local. Al final se hizo con todo éxito”
Situado en Rue des Lombards, zona de intensa vida nocturna, el pequeño espacio permitía crear la atmósfera íntima que pretendían. Música, poesía, pintura y conversación. Julio Cortázar, amigo de Cantón y padrino espiritual de la iniciativa, acompañó el proyecto desde el comienzo, sin esfuerzo físico ni monetario, pero sí intelectual. Su presencia otorgó una dimensión simbólica extraordinaria. El autor de Rayuela veía en aquella aventura una prolongación natural de la comunidad cultural argentina exiliada.
La sociedad inicial funcionó a la perfección y cada uno ocupaba un rol específico. Entre las relaciones públicas, la atención al público y la administración, los roles se fueron dividiendo entre Susana Rinaldi, Antonio Seguí, Pérez Celis, Ciro Pérez, Leopoldo Presas, Octavio Blasi, Roberto Plate (escenógrafo), Ricardo Aronovich, Héctor Cattolica (autor del célebre logotipo) y Robert Prudon (encargado de la sonorización), entre otros. Ninguno imaginaba recuperar la inversión realizada, pero lo que buscaban era otra cosa, reconstruir un fragmento de Buenos Aires en el corazón citadino de París.
Los días previos a la inauguración fueron frenéticos. Antonio Seguí recordaría que el local estaba lejos de estar terminado cuando decidió adelantar una especie de preapertura aprovechando una exposición que realizaba en París. “Invité a mis amigos y llenamos el lugar. La gente quedó fascinada. Eran personas muy influyentes dentro de la vida cultural parisina y el boca a boca hizo el resto”. Por su parte, Mario Abramovich, violinista del Sexteto Mayor, reconocía: “Hasta dos días antes no sabíamos si íbamos a debutar. Estaban todos con los baldes, la pintura, limpiando el local. Al final se hizo con todo éxito”.
La inauguración oficial del 19 de noviembre de 1981 tuvo un brillo inesperado. El Sexteto Mayor, convocado especialmente desde Buenos Aires por Barna, se convirtió en el gran protagonista de la velada. Entre los asistentes se encontraban Julio Cortázar, Paloma Picasso, el actor Pierre Richard y destacadas figuras políticas y culturales de Francia y Portugal. Lo que comenzó como una apuesta incierta se transformó de inmediato en un acontecimiento social. Las críticas periodísticas fueron entusiastas y el local empezó a llenarse noche tras noche.
Trottoirs de Buenos Aires, en cuanto a la estética, era austero. La capacidad apenas superaba el centenar de personas. Las mesas se distribuían muy cerca del escenario. No era un restaurante sofisticado ni elitista, simplemente se respiraba, además del humor de cigarrillo, arte. La barra del bar era “casi del Medioevo, muy antigua, simple y sobria”, según Aguiar; donde se servían omelettes, quiches, platos sencillos y bebidas típicas francesas como Cointreau, vino y champagne. Las entradas costaban entre 80 y 120 francos, una suma importante para la época, equivalente a 90 euros de hoy. Pero el público lo seguía llenando. Había algo en aquel lugar que resultaba imposible de reproducir. Era una mezcla de bohemia, excelencia artística y sentimiento de pertenencia.
Emoción
Las noches adquirieron rápidamente una mística particular. Argentinos exiliados compartían mesa con intelectuales franceses, diplomáticos, artistas plásticos, periodistas y curiosos que descubrían un universo desconocido. “Sucedía algo mágico”, diría Susana Rinaldi. “Nadie entendía exactamente lo que cantábamos y sin embargo les llegaba. Percibían la emoción”. La propia Rinaldi, socia fundadora, se convirtió en una de las grandes figuras de la programación. Sus actuaciones fueron celebradas por la crítica francesa y consolidaron el prestigio internacional del local.
La lista de artistas que desfilaron por el escenario terminó siendo extraordinaria. A los ya mencionados, hay que sumarles Rubén Juárez, José Libertella, Ubaldo De Lío, Oscar Paretta, Raúl Funes, Guillermo Galvé, Amelita Baltar, Jairo y numerosos intérpretes que encontraban allí una puerta de entrada al mercado europeo. Para muchos fue un punto de inflexión en sus carreras. Guillermo Galvé lo resume con claridad: “Para mí, Trottoirs de Buenos Aires fue mi lanzamiento internacional”. Llegó a París en 1982, en plena Guerra de Malvinas, después de un viaje agotador que incluyó una escala en Madrid y dieciséis horas de tren “porque por Malvinas, los aviones argentinos no podían aterrizar en París”. Cada noche ofrecía un recital completo ante un público que no comprendía las letras pero reaccionaba con una intensidad conmovedora. “Los franceses disfrutaban todos los tangos, con Vamos todavía y El corazón al sur aplaudían mucho pero con Anclao en París sucedía algo raro. Cantón les traducía con mímica, y el público se estremecía. Las noches del Trottoirs fueron únicas”.
“Nadie entendía exactamente lo que cantábamos y sin embargo les llegaba. Percibían la emoción”
El éxito alcanzó dimensiones inesperadas. Una de las anécdotas más recordadas ocurrió cuando una mujer intentó ingresar sin reserva y fue rechazada por el seguridad de la puerta porque el local estaba lleno y la gente que quería asistir debía adquirir las entradas con semanas de anticipación. Al verla alejarse, uno de los socios la reconoció inmediatamente: era Carolina de Mónaco con sus amigas. La princesa al final pudo ingresar, pero la historia quedó instalada como prueba del fenómeno en que se había convertido la tanguería.
A mediados de los años ochenta se produjo una transformación decisiva en el Trattoirs. La danza comenzó a ganar espacio y la coreógrafa y bailarina uruguaya Carmen Aguiar junto a su pareja de baile y de vida Víctor Convalía, convencieron a todos los socios de abrir los domingos para dar clases regulares de tango durante las tardes y organizaron encuentros que derivaron en algunas de las primeras milongas estables de París. “Era maravilloso, un pedazo del Río de la Plata en París”, recuerda Aguiar. Muy pronto comenzaron a aparecer figuras que luego serían fundamentales para la expansión internacional del tango danza. Osvaldo Zotto, Milena Plebs, Carolina Iotti, Héctor Mayoral y Virulazo frecuentaban el lugar después de sus actuaciones. Muchas jóvenes bailarinas de la Ópera de París acudían para aprender los secretos de una danza que entonces comenzaba a vivir un renacimiento inesperado. Trottoirs se convirtió así en una verdadera escuela informal que formó a buena parte de la primera generación europea de bailarines de tango.
La influencia de Trottoirs de Buenos Aires sobre el resurgimiento mundial del tango fue decisiva. Cuando Claudio Segovia y Héctor Orezzoli comenzaron a imaginar el espectáculo Tango argentino, encontraron en la tanguería una demostración palpable de que existía un público dispuesto a redescubrir esa música. El histórico estreno de la obra en París, en 1983, tuvo como columna vertebral a varios músicos que habían pasado previamente por el escenario de la Rue des Lombards. Para Tomás Barna, la secuencia era evidente, “Primero existió Trottoirs, después llegó la explosión internacional de Tango argentino”.
Pero detrás del prestigio artístico se acumulaban dificultades económicas cada vez más complejas. Muchos de los socios originales regresaron a la Argentina con el retorno de la democracia. Otros se alejaron por razones personales. La gestión cotidiana quedó en manos de un grupo cada vez más reducido. Además, los fundadores eran artistas, no empresarios. Sabían producir excelencia cultural, pero desconocían los laberintos financieros que implicaba sostener un emprendimiento semejante.
La situación se agravó cuando las autoridades fiscales francesas detectaron una deuda acumulada, relacionada con los derechos de espectáculo. Los responsables del local abonaban los impuestos correspondientes a la venta de entradas y la habilitación edilicia, pero ignoraban que también debían tributar por otros conceptos vinculados a las actuaciones artísticas. Cuando llegaron las intimaciones, la cifra resultó imposible de afrontar. Los intentos de rescate fueron numerosos, pero ya era demasiado tarde.
El local fue adquirido por un empresario francés y aunque continuó funcionando durante un tiempo, el espíritu original se había perdido. Aquella comunidad de soñadores que había levantado el proyecto desde la nada ya no estaba allí. Finalmente, el 15 de mayo de 1994, Trottoirs de Buenos Aires bajó definitivamente el telón.
La desaparición de la tanguería dejó una sensación de orfandad difícil de describir. No cerraba solamente un café concert, se apagaba una de las experiencias culturales más singulares que produjo el exilio argentino. Durante casi trece años, aquel pequeño local había funcionado como una verdadera embajada sentimental de Buenos Aires en Europa.
En el documental de Costantino, frente a Jean Pierre Noher, quien oficia de curador del film, Tomás Barna se pregunta: “Hoy, después de tantos años, me digo: ¿eso yo lo viví o lo soñé?”. Porque Trottoirs de Buenos Aires, si bien existió físicamente en una calle del centro parisino entre 1981 y 1994, también pertenece a esa categoría de lugares que trascienden la dimensión material para convertirse en símbolo de la nostalgia del exilio, la amistad, la creación artística y la obstinación de quienes se negaron a dejar morir una tradición como el tango, que finalmente, desde 2009 es considerado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.