A 250 años de la declaración de independencia que inspiró a revolucionarios de todo el planeta, el liderazgo institucional de Estados Unidos está en discusión
“Los Estados Unidos del Norte han acreditado al mundo la posibilidad de un gobierno libre y feliz bajo instituciones propias”, escribió el prócer Manuel Belgrano en El Correo de Comercio, en los meses previos a la Revolución de Mayo de 1810.
Efectivamente, en aquella época donde predominaban las monarquías hereditarias y los imperios, y las experiencias republicanas eran excepcionales y oligárquicas, los independentistas estadounidenses habían puesto en marcha algunas décadas antes un sistema revolucionario.
Pero el liderazgo de aquel país naciente que se mostró como un “faro” al resto del mundo, está hoy bajo cuestión, según comentaron a LA NACION historiadores y analistas.
La verdadera innovación de 1776 no fue proclamar la independencia sino cambiar el origen mismo de la legitimidad política: por primera vez se consagraba como fundamento de un Estado moderno que los gobiernos no derivaban su autoridad de Dios, la herencia o la conquista, sino del consentimiento de los gobernados.
En su declaración del 4 de julio de 1776, los revolucionarios afirmaron en Filadelfia que “todos los hombres son creados iguales”, y que son ellos quienes “dan su consentimiento” a las autoridades para que protejan su “derecho inalienable a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
Conviene sin embargo recordar el contexto de la época. La declaración proclamó que "todos los hombres son creados iguales", pero eso no se tradujo entonces en igualdad política efectiva. Las mujeres carecían de derechos políticos, la esclavitud continuó vigente y la mayoría de los pueblos indígenas ni siquiera eran considerados ciudadanos.
Aun con esas limitaciones el impacto de la Declaración fue global, no tanto por su impulso independentista como por los principios sobre los que se sustentó.
El Acta de Tucumán, firmada cuarenta años más tarde, se sumó a las ideas revolucionarias y reivindicó también el derecho de un pueblo a constituirse como nación al declarar que las Provincias Unidas en Sud América “son una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”.
Así, durante buena parte del siglo XIX, mientras crecía económicamente, Estados Unidos fue visto como el gran experimento que había consolidado y universalizado las antiguas ideas de una república surgida del anhelo de libertad.
Sin embargo, esa percepción comenzó a cambiar hacia fines del siglo XIX.
Aquella nación que surgió de 13 modestas colonias agrícolas a orillas del Atlántico en rebelión contra el mayor imperio de la época, poco más de un siglo después empezó a ser vista por muchos contemporáneos —y por buena parte de la historiografía posterior— como una potencia con rasgos imperiales, especialmente tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, cuando pasó a controlar Puerto Rico, Guam y Filipinas.
Pese a eso, ya en el siglo XX, Estados Unidos renovó su imagen como “faro de la democracia” en amplios sectores de Occidente durante la Segunda Guerra mundial, los tiempos de la Guerra Fría, el Plan Marshall para la reconstrucción europea y tras la caída del sistema comunista.
En tiempos más recientes, el presidente Donald Trump reavivó en muchas naciones los temores sobre un renovado expansionismo cuando en su discurso de investidura mencionó textualmente una doctrina de 1845 sobre el “destino manifiesto” de su país de seguir expandiéndose.
“Estados Unidos volverá a considerarse una nación en crecimiento, que aumenta nuestra riqueza, expande nuestro territorio, construye nuestras ciudades, eleva nuestras expectativas y lleva nuestra bandera hacia nuevos y hermosos horizontes”, dijo el 20 de enero del año pasado.
¿EE.UU., un faro de la democracia?
Entonces, doscientos cincuenta años después de la revolucionaria Declaración de Independencia, la pregunta es ¿Estados Unidos sigue siendo hoy un faro de la democracia para el resto del mundo?
En una entrevista con LA NACION, el historiador norteamericano Harvey Mansfield, de la Universidad de Harvard, defendió la perdurabilidad y universalidad de los principios plasmados hace 250 años, pero también reconoció las fisuras actuales del sistema.
Según Mansfield, los firmantes de aquella acta ya supieron en aquel momento que su declaración tendría un impacto global y atemporal. “Los historiadores en general somos propensos a ubicar un hecho únicamente en un lugar y un momento determinados. Pero nuestros fundadores eran conscientes de que su experimento se extendería más allá de su tiempo y su lugar, y que serviría para toda la humanidad. No era la mera afirmación de un pueblo para una determinada situación”.
En este sentido destacó la importancia de la frase inicial de la declaración, que ubica el manifiesto "En el curso actual de los acontecimientos humanos..." (When in the course of human events). En efecto, no hay referencia a una fecha ni una locación precisas.
En cuanto a cuál consideraba el principio revolucionario que tuvo más aceptación en todo el mundo Mansfield mencionó la necesidad del “consentimiento de los gobernados”.
“La revolución norteamericana elevó el vago principio tradicional de actuar a favor del pueblo (acting for the people) a una insistencia muy clara en que el poder deriva del consentimiento de los gobernados (consent of the governed). Y no se trata de un acuerdo pasivo de los gobernados, sino que surge del debate, la reflexión y la elección", agregó Mansfield.
Pero, más allá de los principios, otros analistas ponen el foco en el deterioro que ha sufrido la democracia en Estados Unidos y el mundo en los últimos años.
El sociólogo Larry Diamond, de la Universidad de Stanford, escribió en 2015 un reconocido trabajo sobre la “recesión democrática” que ya entonces comenzaba a afectar tanto a numerosas democracias del mundo como, crecientemente, a los propios Estados Unidos.
En los años 70, tiempo de dictaduras latinoamericanas, apenas el 30% de los países independientes eran democráticos. Luego de la caída del muro de Berlín en los años 90 el número de países democráticos aumentó hasta representar aproximadamente el 60 % de los estados independientes.
Pero en los primeros años de este siglo la cifra no solo dejó de crecer sino que incluso los países democráticos, incluyendo Estados Unidos, comenzaron a sufrir un grave deterioro en la calidad y la confianza de la gente en sus instituciones.
“Con el deterioro de las normas y las instituciones democráticas en Estados Unidos, las crecientes dudas sobre la eficacia de la democracia y el resurgimiento de potencias autoritarias como China y Rusia, la democracia enfrenta su desafío más serio en muchas décadas. Y si Estados Unidos no recupera su lugar tradicional como piedra angular de la democracia, la actual tendencia autoritaria podría convertirse en un tsunami”, escribió Diamond.
Por su parte Mansfield fue particularmente crítico en esta cuestión con el actual presidente Donald Trump en cuanto a su compromiso con los principios de 1776. “En la última frase de su declaración los padres fundadores sostienen que para defender ese sistema revolucionario ellos se comprometían a empeñar su sagrado honor. Y el presidente Trump dista mucho de ser un hombre de honor”, remató.
Impacto en la Argentina
Pero las falencias que mostró a lo largo de la historia el revolucionario sistema surgido en 1776, no empañan su prolongada vigencia universal y el impacto que tuvo en todo el continente en general, y la Argentina en particular.
Aquel interés de Belgrano por la experiencia estadounidense no fue, en efecto, una curiosidad aislada, sino parte del clima intelectual que influyó en varios protagonistas de la emancipación rioplatense.
“En la historiografía argentina siempre se ha dado más importancia a la influencia de la Revolución Francesa de 1789 con sus principios de libertad, igualdad y fraternidad, que a la Declaración estadounidense”, dijo a LA NACION el historiador argentino Eduardo Lazzari.
“Pero la Revolución Francesa fue un fogonazo que prendió en términos ideológicos aunque no tanto en cuestiones institucionales. Hay que recordar que su propósito republicano y democratizador terminó con Napoleón emperador. Pero el sistema estadounidense, en cambio, sigue perdurando 250 años más tarde”, agregó Lazzari.
De hecho, el historiador subrayó que en el Acta de Tucumán el nombre de la nación es “Provincias Unidas en Sudamérica”, en claro paralelismo con la declaración de los “Estados Unidos de América”.
Además, si se compara la Constitución de Estados Unidos firmada en 1787 con la argentina de 1853, a diferencia de los otros países de la región que se declararon “unitarios”, la Argentina terminó adoptando un sistema “federal”, más parecido al estadounidense. Y esa constitución incorpora también principios claramente inspirados en Estados Unidos como el presidencialismo, la división de poderes, el control judicial y el bicameralismo.
Pero Lazzari marca una diferencia sobresaliente en la versión local. Según el historiador, “mientras los constituyentes norteamericanos se presentaban como ‘Nosotros, el pueblo’, los argentinos tomaron una visión mucho más de avanzada institucional cuando se identificaron apenas como ’los representantes del pueblo’", explicó.
Por último, consultado sobre qué cree que opinarían los “Padres fundadores” norteamericanos si vieran a Estados Unidos hoy, 250 años después de su declaración, Lazzari respondió: “Yo creo que nunca pensaron que su país se iba a convertir en una nación hegemónica. Pensemos que en 1776 eran casi colonias pueblerinas. Pero, sin duda, sentirían orgullo de la perdurabilidad del sistema ideado por ellos”.
Hace dos siglos y medio, la Declaración de Independencia provocó en efecto un cambio dramático respecto del fundamento de la legitimidad política basada ahora en el consentimiento de los gobernados.
Y aunque aquel Estados Unidos que admiraba Belgrano fue perdiendo credibilidad como “faro de la democracia”, los principios de 1776 siguen vigentes. Y, aún con todas sus fallas, como dijo el británico Winston Churchill, la democracia continúa siendo “la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han probado hasta ahora”.