En muchos lugares del mundo, incluido su país de origen, el trumpismo está en retroceso y desacreditado. Pero no parece ser así en América Latina, donde su estilo e ideas parecen ajustarse al declive de una izquierda regional con sus mismos vicios, y ninguna de sus ventajas. Solo que, para sacar provecho de la situación, él debería contar con instrumentos que absurdamente desmanteló.
Dos destinos se han cruzado, y de muy mala manera, en la política de nuestro hemisferio: el del trumpismo, y el de la izquierda chavista, castrista, antiliberal y anticapitalista, o como queramos llamarla.
Por un lado, Trump avanza por América Latina, como antes se decía que haría el antiimperialismo, a paso firme y sin que nada lo frene.
Pese a que es considerado cada vez más, en muchos otras regiones del mundo, y en particular en los propios Estados Unidos, como un desgraciado, un salvaje, incluso un gobernante poco serio, torpe y destructivo, que no va a dejar como legado para sus seguidores más que caos y vergüenza. Incluso así se lo ve en países con cuyos gobiernos hasta hace poco mantenía excelentes relaciones, como Italia, o donde creyó poder perpetuar líderes afines, como Hungría, y esperaba ser vitoreado como un salvador, como Israel.
Pero pareciera que nada de eso le ha impedido que en nuestra región su política de palos y zanahorias funcionara. Y al menos por ahora, arrojara mejores resultados de los que pudo conseguir la política exterior norteamericana para su patio trasero en mucho, muchísimo tiempo.
Recordemos que cuando inició su segundo mandato, en Washington solo contaba con presidentes afines en El Salvador, un país muy pequeño, y Argentina, donde desde afuera nunca saben si vale la pena invertir esfuerzos en llevarse bien con los gobernantes, por los fracasos que rápidamente ellos acumulan, los bandazos que suelen dar para sobrellevarlos y sobre todo por los enormes recursos financieros que reclaman para una cosa o la otra.
Trump en Latinoamérica hoy
Desde entonces, sin embargo, Trump no dejó de sumar aliados, seguidores y émulos. Hasta el punto de que solo sigue gobernando la izquierda en dos países grandes latinoamericanos, Brasil y México, y ninguno de los dos ya insiste en ir al choque contra sus políticas, como al principio intentaron. Mientras que la presión sobre los gobiernos de filiación castrista o chavista le ha alcanzado para colocarlos frente a una disyuntiva de hierro: someterse, como está haciendo el clan Ortega en Nicaragua, y venía intentando Delcy Rodríguez en Venezuela, o perecer en el más extremo aislamiento.
Los últimos triunfos electorales de la derecha, en Bolivia, Perú y Colombia, deben haber sido como el premio que faltaba para el presidente norteamericano. En particular el último, donde cayó derrotado el delfin del más antitrumpista de los gobernantes latinoamericanos libremente electos.
Y puede que le sirvan para mostrar a los votantes republicanos, que se ven tan desanimados estos días, que no todo le sale mal, que no todo el mundo odia o desprecia a su país por su culpa, que al menos en las Américas la hegemonía norteamericana se mantiene, e incluso puede prosperar.
A todo lo cual suma ahora la posibilidad que le ofrecen los terremotos en Venezuela de mostrarse como un benefactor, y no solo un sheriff patotero. Una oportunidad que ya le brindamos nosotros, desde Argentina, el año pasado, durante la campaña para las legislativas.
El caso Venezuela y el USAID
La desgracia sin fin que viven los venezolanos desde hace décadas, en un permanente llovido sobre mojado, es una suerte de versión muy agravada y mucho más teatral de la desventura macroeconómica constante en que navegamos los argentinos también hace tiempo, y que pareció camino a espiralizarse en 2025, cuando de vuelta salimos en estampida tras los dólares. También entonces Trump tuvo ocasión para, con muy poca plata, sacar chapa de salvador.
¿Puede que ahora no tenga que poner un peso, porque sea el petróleo venezolano, puesto de nuevo en manos de las petroleras norteamericanas, el que solvente la caridad de su gobierno? Es posible, pero eso llevaría tiempo: lo que Trump necesitaría con urgencia en estos momentos es una agencia que, como hace el FMI con los mercados financieros, le permitiera canalizar ayuda inmediata. Y el problema que tiene es que esa agencia existía, era USAID, el organismo de su país que distribuía ayuda en todo el mundo, y por las ridículas recomendaciones de Elon Musk, a poco de reasumir el poder él la destruyó por completo, la desmanteló y desfinanció. Así que vamos a ver ahora cómo se las ingenia para mandar ayuda, y no quedar rezagado, por ejemplo, frente a México y Brasil, que ya lo están haciendo.
Necesitará de ese instrumento si quiere acrecentar las simpatías ciudadanas venezolanas que se ganó al capturar a Maduro y lograr que su sucesora liberara presos políticos y suavizara al menos un poco la represión. Y si pretende que Corina Machado y sus aliados aprovechen la crisis humanitaria en curso para volver al país y revincularse con sus bases electorales. Por esas vías, y por obra de la desgracia, los planes nunca del todo claros de Trump para democratizar Venezuela podrían acelerarse y consolidarse.
De todos modos, que suceda de un modo o de otro no va a ser lo más importante ni significativo para la región: lo que realmente merece una reflexión atenta es el motivo que está llevando a tantos latinoamericanos, sean votantes o elites, a entregarse en brazos de un trumpismo a todas luces en declive en el resto del mundo, y lo que puede eso implicar para estos países en el futuro, en particular en un futuro en que Trump ya no gobierne: ¿será que somos tan brutos los latinoamericanos que adoptamos una moda cuando todo el mundo la está abandonando por desagradable e inservible?, ¿sacaremos alguna ventaja real y duradera de este alineamiento, porque los gobiernos que sucedan al de Trump van a estar inclinados a mantener los acuerdos que se puedan lograr con el suyo, y tal vez mejorar sus términos, o a los problemas que ya sufrimos sumaremos un coletazo de incertidumbre externa cuando la política norteamericana cambie de signo? ¿Y ese coletazo podría significar que vuelva a ponerse de moda el chavismo con su variopinta parentela, porque nos olvidemos de las secuelas que han dejado hasta aquí sus administraciones y les echemos la culpa de nuestras desgracias a sus contracaras, las filotrumpistas?
Lo seguro es que esos gobiernos de izquierda, con sus abusos y despropósitos, son los principales responsables de que populistas de derecha, a veces de ultraderecha, estén teniendo tanto más crédito entre nosotros del que lograron en otras regiones. El trumpismo se consume aquí como moda, pero sobre todo como antídoto: promete dejar atrás de forma rápida e irreversible una deriva económica, pero también política y cultural, que condenó a nuestros países al agravamiento de problemas de inseguridad, inflación y corrupción, en suma, a un empobrecimiento generalizado, encima celebrado como “heroico”, “patriótico”, “digno”, a imagen y semejanza del cubano.
No hace falta tener la bola de cristal para anticipar que hasta que no haya un profundo cambio de ideas, formaciones y dirigentes en las filas de las izquierdas, las chances en el bando opuesto van a seguir favoreciendo a los filotrumpistas: si las calles de Caracas y La Guaira se parecen en estos días a las de Gaza, no hay discusión posible sobre si la culpa es de los amigos locales de Hamas o de los del gobierno israelí, porque más allá de las desgracias naturales, acá viene operando un solo genio destructor.