En el contexto de un gobierno convulsionado, vale la pena revisar cuál es la filosofía que sostiene no solo el pensamiento, sino la acción de quien gestiona la república.
Ayer tuvimos una nueva exposición del Presidente sobre filosofía, economía y política. Fue en la Universidad CEU –Centro de Estudios Universitarios– San Pablo, de Madrid, una institución católica española asociada con valores conservadores, que le otorgó una distinción por su contribución a la divulgación de esas ideas y a las de la libertad económica.
Nada que no hayamos visto en los últimos años. Javier Milei habló allí de su descubrimiento del economista libertario Murray Rothbard, una casualidad académica, y cómo desde entonces su vida cambió radicalmente. “Empecé a leerlo de manera intensa, y obviamente ¿qué me pasó?: lo que les pasa a todas las personas que leen a Rothbard: me convertí en anarcocapitalista”.
Desde esa introducción el Presidente retomó un concepto que ocupa la centralidad de su discurso desde por lo menos la apertura de sesiones del Congreso, el 1º de marzo pasado: “La moral como política de estado”. Será el título de su prometido próximo libro.
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Hoy más que nunca
Esta idea presidencial -la moral en la política- ha sido desarrollada por Milei en paralelo al escándalo sobre el crecimiento patrimonial del ministro coordinador Manuel Adorni que también (y tan bien) conocemos. Todos nos vimos obligados a señalar esta infeliz coincidencia, de modo que se ha profundizado poco sobre el concepto de moral asociado a la política que defiende el Presidente.
Milei habla básicamente de convertir (igual que le pasó con Rothbard) la ética libertaria y el conjunto de valores de la cultura occidental en guías absolutas para la tarea de gobernar el Estado. Lo resume así: filosofía griega, rectitud de los estoicos y valores judeocristianos, más un vínculo indisoluble entre eficiencia y justicia. El Presidente dice que el opuesto a este conjunto es el “relativismo moral”, el utilitarismo, el pragmatismo político y el cálculo electoral.
En su artículo Sobre la relación entre política y moral, el reconocido sociólogo Jürgen Habermas, figura central de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, fallecido en marzo pasado, sostiene que si bien existe una relación entre estos dos universos, distingue uno del otro. Advierte que en una democracia deliberativa, la política no debe estar subordinada al “rigorismo moral”.
Para Habermas, en una sociedad donde rige el estado de derecho, la moral puede orientar hacia el polo de lo que se considera justo. Pero no alcanza con eso: para institucionalizar derechos y arbitrar los conflictos propios de una sociedad democrática, por definición, compleja, se necesita del concurso de la política.
“La política no es reductible a los dictados de la moral”, afirma Habermas en su artículo. “La ‘intención moral’ de una acción en el ámbito de la política debe ser controlada en su éxito posible en el mundo sensible”, sostiene. Quiere decir que esa acción y su pretensión “moral” deben ser juzgadas por sus resultados reales y el beneficio que redunda para la sociedad.
Habermas era un consensualista, probablemente sería execrado por un hombre con el pensamiento de Milei (aunque no hay registro de que lo haya mencionado alguna vez). Creía que la verdad o la validez moral de las acciones no se determinan en forma aislada. En las sociedades democráticas, dice, la vía para la solución de los conflictos no es la imposición de una moral universal, absoluta, sino el diálogo y la negociación. Lo contrario de la opinión del Presidente, para quien todas las verdades caben en las tablas de Moisés.
Bajemos estas abstracciones al “mundo sensible” del que habla Habermas y saltemos a la política diaria. ¿Con quién dialoga Javier Milei? ¿A quién consulta el Presidente más allá de las lecturas reveladoras o de sus tertulias domingueras, detrás de los muros piadosos de la Quinta de Olivos?
Un ejemplo aún más pedestre del encierro discursivo de este gobierno (no es el único, pero es sin duda de los peores) fue la presentación, ayer temprano, en la Casa Rosada, del vocero presidencial Adrián Ravier, que reemplaza al políticamente extinto Manuel Adorni.
Hasta ayer diputado nacional, el nuevo vocero encarna la búsqueda de una etapa superadora en la comunicación oficial, que está atravesada por el resentimiento que guarda el Presidente hacia el periodismo. Ravier convocó al auditorio de la Casa de Gobierno, a los acreditados, a quienes hasta no hace mucho se les había prohibido el ingreso; se paró frente al atril hasta hace poco monopolizado por Adorni y leyó un texto que, en lo sustancial, resumía su trayectoria académica y sus recientes pasos en la política activa. En una palabra, llamó a los periodistas para contarles su CV.
El portavoz reconoció (esto es un mérito) haber tenido diferencias con el Presidente en el pasado, que al parecer han sido superadas y de las que hay abundante registro en las redes sociales. Ravier se permitió finalmente una reflexión ya escuchada en boca de Milei: “Nunca antes hubo una discrepancia tan grande entre los logros que tuvo un gobierno y la conversación pública”.
No se permitieron preguntas.