Los 80 de Sylvester Stallone: de dormir en una estación de tren a rechazar una fortuna para ser Rocky

Los 80 de Sylvester Stallone: de dormir en una estación de tren a rechazar una fortuna para ser Rocky

El actor cumple ocho décadas tras una vida marcada por la precariedad, los rechazos y una decisión extrema que lo llevó a apostar todo por un guion propio que terminó convertido en un fenómeno del cine mundial.

Sylvester Stallone cumple 80. Él es Rocky pero también el autor y protagonista de otras dos sagas exitosas como Rambo y The Expendables. Fue uno de los grandes héroes de acción de los ochenta, pasó por un periodo de desprecio crítico y siempre renació, hasta su última incursión en el mundo de las series por streaming. Su vida tuvo el Oscar, la fama, el estrellato, los millones. Pero también los dolores, las caídas, la soledad, la lucha por mantenerse en la cima, las pérdidas irreparables.

De joven no veía de qué manera podía fracasar, ni siquiera pensaba en esa posibilidad. El único horizonte que concebía era el éxito.

Las probabilidades estaban en su contra. No era dúctil, se movía pesadamente, no coincidía con los patrones de belleza de su tiempo, tenía parte de la cara paralizada por un accidente con los fórceps durante el parto, la boca asimétrica, los ojos caídos, su voz parecía salir de un sótano húmedo y cada vez que tenía que decir sus líneas de su garganta un farfullo difícil de comprender, masticaba trabajosamente cada una de sus palabras.

Nada de eso le importaba. ¿Por qué sería un obstáculo para triunfar en Hollywood, en el mundo de la actuación?

En algún momento descubrió que no le brindarían con facilidad la oportunidad que estaba esperando, que necesitaba. Tampoco importó. Él se conseguiría esa ocasión. Con una certeza y una obstinación casi irracionales, consiguió su chance. Y por supuesto no la dejó pasar. Se convirtió de la noche a la mañana en una súper estrella de la mano de un personaje entrañable, vivo, como Rocky Balboa. 50 años después mantiene ese status estelar reservado para unos pocos.

Sylvester Stallone se convirtió en uno de los grandes íconos del cine de acción de Hollywood. (Foto: Reuters)

Sylvester Stallone nació en el 6 de julio de 1946 en Nueva York, en el barrio de Hell’s Kitchen, la Cocina del Infierno: “Eran tiempos en que se justificaba absolutamente que a esa zona de la ciudad se la llamara así”, dice el actor.

La familia luego se tuvo que mudar a distintas ciudades tras la búsqueda de una estabilidad laboral que nunca llegaba. La denominación de familia en esa casa podría tratarse de un eufemismo o de una fórmula para simplificar. El matrimonio de sus padres fue tempestuoso. Las peleas eran virulentas y permanentes. Eso empujaba a los hijos a la calle, a tratar de alejarse del ambiente feroz del hogar. El refugio de Sly fue el cine.

Pasaba tardes enteras viendo tres o cuatro películas en continuado. Y descubrió que él quería ser eso: un héroe, alguien que salvara a los demás o que al menos fuera aplaudido por los otros. Eligió su modelo: George Reeves, un actor de peplums y películas de acción clase B, que siempre aparecía con el torso desnudo para mostrar que estaba repleto de músculos.

A Sly en el colegio no le iba bien. Según confesó fue a 13 instituciones diferentes en sus 12 años escolares.

La madre fue un personaje en sí mismo; algún distraído puede pensar que fue escrito por un guionista de trazo grueso. Jackie Stallone (conservó el apellido de casada no por devoción al ex esposo sino por cálculo promocional, para asociarse al apellido famoso del hijo) murió hace unos años cuando se aproximaba al siglo de vida.

A partir del suceso de Sylvester, ella fue en busca de lo que siempre quiso: fama. Su profesión: celebridad. Aunque sostenía que siempre había sido astróloga y se adjudicaba éxitos rotundos. Convertida en mediática full time participó en una edición VIP de Gran Hermano en Inglaterra -en la que coincidió con su ex nuera, Brigitte Nielsen- siendo una de las participantes de más edad en la historia del ciclo en cualquier parte del mundo.

En los últimos años de su vida se declaró rumpóloga, es decir se dedicaba a la predicción del futuro de las personas estudiando sus nalgas y su ano. La lectura de las líneas de las manos, se estima, le parecía poco rigurosa.

Jack, su padre, era un hombre violento, insatisfecho, profundamente egoísta que siempre ejerció una autoridad despótica sobre sus hijos. Stallone, con dolor, dice que él tiene un costado furibundo y salvaje y que no duda que eso proviene de su padre. “Era un padre demasiado físico –dice-. Tenía una ferocidad descontrolada. Mi padre era Rambo. La pasé mal pero tenía algo muy claro: no me iba a quebrar”.

Hasta los 30 años todo fue búsqueda, dolor y frustración. Apenas le ofrecían papeles muy menores de matón. El physique du rôle lo condenaba. Trabajaba de lo que podía y buscaba papeles que le dejaran mostrar lo suyo. Aunque lo de mostrar lo suyo en algún momento se volvió demasiado literal.

Cuando recibió la propuesta para protagonizar The Party at Kitty and Stud’s, hacía cuatro noches que dormía en un banco de una estación de ómnibus. Le ofrecieron 200 dólares por dos días de rodaje. Una pequeña fortuna en ese momento para él. La película, filmada a las apuradas, con un guion pobrísimo, pasó desapercibida en el momento de su estreno en unas pocas salas y como complemento de programas continuados para adultos. Pero en 1976, luego del súbito éxito de Rocky, los productores le cambiaron el nombre y la reestrenaron. Italian Stallion se presentaba como la película triple X de Stallone.

“La estrella de Rocky y su película prohibida”, anunciaba el afiche. El actor de moda en una porno. Pero el film distaba de ser pornográfico. Era, sin duda, erótico. Con una excusa argumental pobre, Stallone pasaba gran parte del metraje sin ropa, con muchos planos que incluían desnudos frontales. Pero las escenas de sexo eran simuladas y no había nada explícito.

Cuando se convirtió en el actor del momento con su interpretación de Rocky Balboa, los dueños de los derechos de The Party at Kitty and Stud’s, contactaron a Stallone para venderle la película por 100 mil dólares y así evitar que todos lo vieran desnudo. Sly no cedió a la extorsión. “Por esa película no pago ni dos dólares” fue su respuesta.

Sylvester Stallone durante el rodaje de Rocky II (1979), la secuela que consolidó el éxito del personaje que cambió su carrera. (Foto: Reuters).

El comienzo de su transformación

Luego de ese debut poco prestigioso siguió buscando posibilidades. Un pequeño papel en Bananas de Woody Allen y una participación en una alocada distopía futurista producida por Roger Corman, Carrera Mortal 2000 fueron las más relevantes.

Hasta que después de ver una pelea de Muhammad Ali frente Chuck Wepner, se encerró en su habitación de mala muerte que quedaba en el Boulevard Balboa, tapó las ventanas y escribió con frenesí la historia de un boxeador fracasado al que le dan una chance. Cuando los productores quisieron comprarle el guion y fueron subiendo la oferta hasta los 350.000 dólares, él se mantuvo intransigente: la condición para ceder la historia era convertirse en el protagonista.

Él era Rocky, el underdog, el que no tenía posibilidades, el subestimado, el que no estaba en los cálculos de nadie y sin embargo lo había conseguido. En su vida colegial pasó por más de una decena de colegios. En uno de ellos realizaron una encuesta entre todos los miembros de la promoción: ¿cuál de ellos tenía más posibilidades de terminar en la silla eléctrica? Sly ganó ampliamente. Pero ocho años después estaba en las tapas de los diarios con un Oscar en la mano y en miles de afiches callejeros. Se propició una oportunidad. Y la tomó. Después llegó todo lo demás.

Con amargura, Stallone contó que nada fue cómo él suponía, cómo soñaba, después de alcanzar la consagración. El éxito no se parecía a lo que había imaginado, soñado. “Allí arriba estás solo. Es difícil mantenerse. Tenés que luchar demasiado y también dejar muchas cosas de lado. A veces no es tan bueno como parece”, declaró.

Sly, ya grande, reconoce que el éxito trae tormentas y que altera el orden de prioridades. A veces el poder achica las opciones y nubla el raciocinio y es un auto de última generación que marcha a velocidad ultrasónica y el pasajero no se puede bajar; la mayoría de las veces el viaje a la fama termina cuando ese auto desbocado choca de frente contra un paredón o, con mejor suerte, cuando se queda sin nafta y ya detenido es pasado por los otros que ni siquiera giran sus cabezas para verlo en la banquina.

Después de la primera entrega de Rocky conoció los primeros fracasos. F.I.S.T. y Paradise Alley (que merece una nueva revisión: soportó bastante bien el paso del tiempo). En ese momento volvió a recurrir a Balboa y se entusiasmó con las secuelas como modo de mantenerse en lo más alto. No es tan fácil hacer secuelas como parece (mucho menos a fines de los setenta y los ochenta cuando él las hacía). Hay que mantener el espíritu de los personajes y renovar el interés del público, hacer evolucionar las historias para que la gente siga pagando la entrada y para que siga queriendo a esas creaciones.

Sylvester Stallone en Rocky IV (1985), la película que consolidó el éxito internacional de la saga. (Foto: Reuters)

Rocky se renovó con la cuarta entrega y consiguió otra vez un enorme suceso. Comulgó con su tiempo, con los años de Reagan, con la Guerra Fría y mantuvo la épica del personaje. Pero la quinta fue un fracaso. Algo se rompió. Stallone actuó junto a Sage, su hijo que también hacía de hijo en la ficción. En una escena el chico le reclama al padre que nunca está para él o para su madre. Cuando el día del estreno le preguntaron, Sage dijo que en esa escena no tuvo que actuar demasiado, que le estaba hablando más al padre que a Rocky.

Sage Stallone era su hijo mayor. Fue encontrado muerto en su casa en 2012. Tenía 36 años. La autopsia determinó que se trató de una muerte súbita. Stallone vivió el duelo recluido y evitó dar declaraciones. Casi no habló de esta pérdida en sus apariciones públicas. Cuando hace referencia a Sage sus ojos se enturbian y la cara se agrieta, envejece súbitamente y apenas logra decir que anteponer la carrera a la familia tiene consecuencias radicalmente devastadoras.

En los 80 se convirtió en el gran actor de acción de Hollywood. Su rivalidad con Schwarzenegger se convirtió en legendaria. Si actuar es una actividad corporal, Stallone fue (es) un cuerpo. Él fue la súper estrella de ese tiempo. Ese cine de excesos, intenso, pomposo, bombástico, marcó esa década. A veces mejor, a veces demasiado fácil, sus películas casi nunca dejaron de ser cine: todo movimiento, todo acción, todo imagen.

Cada vez que se habla de Stallone sobrevuela otra cuestión, la del prestigio. Su carrera empezó con la consagración inesperada del Oscar a la mejor película. Rocky le ganó a Taxi Driver, Todos los Hombres del Presidente, Esta Tierra es Mi Tierra y a Network. Pero después llegaron las críticas, la subestimación y hasta las burlas. Stallone es el actor con más nominaciones y premios Razzies (el anti Oscar, los galardones a lo peor del año) en la historia. 30 nominaciones y 9 victorias/derrotas.

Actor y director siempre subestimado, Stallone no ayudó con sus elecciones durante gran parte de los 80 y mediados de los 90. Convertido en héroe de acción intervino en muchos proyectos endebles, de escasa calidad. Productos poco elaborados, nacidos bajo el signo de la ambición. Sus incursiones en la comedia se convirtieron en (merecido) motivo de burla. Oscar o ¡Para! o Mamá Dispara fueron dislates en toda regla, son los mejores ejemplos del momento en que su carrera perdió el rumbo por un tiempo.

“No culpo a nadie. Pero en los 80 firmabas contratos con películas con tres o cuatro años de antelación. Era lo que me recomendaban los agentes. De pronto me encontré con que había enlazado ocho años de películas desastrosas. El negocio antes se movía así: la estrella era la taquilla. Ahora es la película, cambió todo. De aquellos títulos no me arrepiento, aunque no puedo ni verlos en la tele. Mi hija me dice a veces: ‘¿Cómo hiciste esta mierda?’. Y le respondo: ‘Callate, que esa te pagó el colegio’. Mi carrera está hecha 96 % de fracasos y 4% de éxitos”, explicó hace unos años Stallone.

Sin embargo ha construido una carrera excepcional, siendo uno de los actores que más ha recaudado en las últimas décadas. Según sus propios cálculos la cifra de lo acumulado por sus películas se acerca a los dos mil millones de dólares.

Sylvester Stallone, en un momento familiar junto a su esposa y una de sus hijas. (Foto: Instagram/jenniferflavinstallone).

Hollywood estaba cambiando y a Sly le costó adaptarse. Desorientado fue a pedir una mano a un viejo conocido. Una vez más Rocky acudió en su ayuda. Cuando presentaba a los productores sus ideas para la sexta entrega de Rocky casi nadie quería escucharlo. Había fracasado la anterior y habían pasado 19 años. Él estaba viejo para hacer de boxeador. Stallone, una vez más, insistió. Rocky Balboa fue un regreso extraordinario e inesperado, para muchos la mejor de todas. Rocky y Sly siempre tenían algo más para dar. Después vinieron las tres de Creed.

Stallone se casó tres veces. La primera fue antes de la explosión de Rocky con Sasha Czack. Tuvieron dos hijos: Sage y Seargeoh. Se divorciaron una década después de la boda, en 1985 tras la irrupción de Brigitte Nielsen, la danesa inmensa que impactó al mundo y a Stallone en Rocky IV. Este matrimonio fue breve y turbulento. Stallone se convirtió en carne de tabloide. Las tapas de las revistas de la farándula se multiplicaron. La ruptura, como no podía ser de otro modo, también fue resonante.

Contratada para participar en la segunda entrega de otra franquicia súper rendidora de los 80, Un detective suelto en Hollywood (uno más de los buenos papeles que Stallone no aceptó), los rumores le adjudicaron romances con el director Tony Scott, con una asistente de éste, con Eddie Murphy y hasta hubo quién dijo que se relacionó íntimamente con los tres.

El tercer matrimonio de Sly fue con la exmodelo Jennifer Flavin. Esta pareja ya lleva treinta años de persistencia. Tuvieron tres hijas: Sistine, Scarlett Rose y Sophia.

Sylvester Stallone y Jennifer Flavin. (Foto: Instagram/jenniferflavinstallone).

En 2022, un nuevo terreno conquistado: el streaming. Protagoniza Tulsa King en la que encarna a un viejo mafioso que sale de la cárcel después de décadas y reclama lo que le corresponde pero el mundo cambió demasiado durante su encierro.

A Rocky cuando le proponen enfrentarse a Apollo Creed le preocupa hacer un papelón, él quiere dar la talla (Going the distance dice Rocky). A esta altura, después de cincuenta años en la cima sabemos que Stallone dio la talla. Y que todavía no va a tirar la toalla. El envejecimiento lo preocupa pero por ahora no lo derrota. “Estoy en el negocio de la esperanza y odio los finales tristes”, dice.