Un estudio indica que al 58% de los chicos les cuesta más que otra cosa desconectarse de la pantalla cuando juegan
“Thiago, apagá la tablet”. Elena F., la madre de este niño de 6 años, sabe que cuando pronuncia esa frase, es cuestión de segundos para que estalle el conflicto. Enojo, rabia, reclamos. Todas las noches lo mismo, un círculo del que no logran salir y que los agota a los dos. La escena se repite en otros miles de hogares. El pedido a los hijos para que dejan la tablet o apaguen el videojuego desencadena el estallido. Que pasó muy poquito tiempo, que no jugó nada, que fue muy cortito. Y no es casualidad que la escena parezca calcada.
Un estudio que impulsó la organización Chicos.net junto con Disney sobre el uso de pantallas en la infancia indagó cómo cambió el juego infantil y qué tensiones genera entre chicos y adultos. La mayoría de los padres argentinos señaló que el momento en el que les piden a sus hijos que dejen el dispositivo suele ser conflictivo: al 58% de los chicos les resulta más difícil dejar un videojuego que cualquier otra actividad, mientras que otro 22% afirma que les cuesta tanto como abandonar cualquier otro juego. Para los especialistas, esa diferencia, en lugar de conducir a los padres a enojarse o a tomar posturas rígidas, debería llevarlos a pensar en estrategias de acompañamiento más que interrupciones abruptas, teniendo en cuenta que del otro lado de esa pantalla hay enormes equipos que trabajan para captar la atención de forma continua.
El estudio combinó focus groups con niños y niñas de 8 a 12 años, entrevistas con referentes en psicología y pediatría, y una encuesta a 350 familias.
“La dificultad para desconectarse del videojuego es un dato crítico. Esto refuerza la necesidad de acompañar el corte, no solo imponerlo, y buscar las mejores estrategias de acuerdo con cada familia”, explica el informe.
¿Por qué el momento de pedirles que se desconecten puede resultar tan difícil? Los especialistas describen que allí interviene un círculo de retroalimentación de dopamina y recompensas, que resulta muy difícil de interrumpir por los propios chicos. Y destacan que esto tiene que ver con cómo fueron diseñados los dispositivos y los videojuegos.
Un estudio publicado en JAMA pediatrics en 2024 señala que un mayor uso de tablets en la primera infancia puede perjudicar el desarrollo de la regulación emocional. Aunque el estudio se centró en las reacciones en niños de 3 a 5 años, sirve para entender cómo funciona el mecanismo de dopamina y por qué para los más pequeños o quienes muestran menores niveles de autorregulación emocional, el momento de la desconexión puede resultar en una crisis.
“En este estudio, el uso de tablets por parte de los niños se asoció con una mayor expresión de ira y frustración. Estos resultados sugieren que el uso de tablets en la primera infancia puede contribuir a un ciclo perjudicial para la regulación emocional. Los niños que no desarrollan la capacidad de manejar eficazmente los arrebatos de ira y frustración en particular tienen más probabilidades de enfrentar malos resultados de salud, académicos y psicosociales”, dice.
Maritchu Seitún, psicóloga especializada en orientación a padres, sostiene que el desafío no pasa por demonizar la tecnología, sino por ayudar a los chicos a desarrollar herramientas de autorregulación y construir acuerdos familiares que puedan sostenerse en el tiempo. “Los chicos se hacen fuertes contra el límite. Es nuestra tarea poner esos límites, es nuestra tarea tolerar que ellos se enojen con nosotros”, apunta.
“Aparecen muestras de irritabilidad cuando se les interrumpe el juego digital. Y esto requiere algún tipo de sutileza por parte de los adultos que acompañamos estos procesos, para que sea más transicional la finalización del juego digital”, apunta la pediatra Evangelina Cueto, coautora del libro Crianza en Debate. Entre las estrategias, los especialistas hablan de apoyarse en el uso de timers y relojes que durante el juego le vayan anticipando al chico que se acerca la finalización del tiempo en pantalla. A esta estrategia se la llama avisos progresivos de finalización, o transición anticipada, y ayuda a los chicos a no perder la noción del tiempo mientras están jugando.
El círculo de la dopamina
¿Cómo funciona el círculo de dopamina y por qué es tan difícil desconectar? “Cuando hacemos algo divertido, como jugar videojuegos o explorar las redes sociales, nuestro cerebro libera dopamina, una sustancia química cerebral relacionada con los sentimientos positivos. Cuando dejamos de hacer esa cosa placentera, la dopamina disminuye. Este descenso de la dopamina puede hacernos sentir de mal humor y resentidos. Esto es lo que se llama ‘el círculo vicioso de la dopamina’ y los videojuegos y las redes sociales utilizan este mecanismo”, explica Jennifer Radesky, directora de la División de Pediatría del Comportamiento del Desarrollo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, en el sitio Healthy Children.
“Esto es evitación emocional. A veces, con el uso de las pantallas no se trata de buscar placer, sino de evitar sentimientos de angustia o aburrimiento. Luego, cuando las pantallas desaparecen, la angustia regresa. Escapar del círculo vicioso es difícil para todos. Sin embargo, los adultos tienen las habilidades mentales necesarias para reconocer y gestionar sus sentimientos a fin de poder volver a otras actividades. Los niños pequeños y en edad escolar todavía están aprendiendo a lidiar con la ira, la frustración y la decepción. Las rabietas revelan que les resulta imposible en el momento hacer frente a estas emociones. Incluso los adolescentes pueden enojarse y volverse hoscos y desafiantes cuando se les pide que se alejen de las pantallas”, detalla.
En estas situaciones, añade Radesky, no sirven los sermones, ni los retos. No sirve enojarse ni reclamar que siempre es el mismo conflicto. “Simplemente manténgase firme y utilice la menor cantidad de palabras posible: por ejemplo, ‘Sé que es difícil, pero es hora de guardar tu tablet’”, sugiere. También recomienda, una vez consensuado el límite de horarios, apoyarse en la configuración del dispositivo para evitar la confrontación del adulto con el chico.
El estudio de JAMA Pediatrics hace una aclaración con respecto a los chicos que tienen mayores desafíos en la conducta, en ocasiones por tener algún diagnóstico o condición del neurodesarrollo, y están trabajando en la regulación emocional: “Los niños con comportamientos más desafiantes y menos autorregulados tienden a estar expuestos a más tiempo frente a las pantallas por parte de sus padres. Las familias informan que utilizan los medios digitales como una herramienta para calmar a sus hijos pequeños y ayudarlos a controlar sus arrebatos emocionales. Por esta razón, es importante considerar posibles asociaciones bidireccionales al estimar la contribución del uso de tablets al desarrollo de las habilidades de regulación emocional de los niños”, apunta.
Eduardo Bunge es psicólogo argentino e investigador académico de la Universidad de Palo Alto, en Silicon Valley. Es experto en terapia infantil y autor de muchos de los protocolos utilizados con chicos en psicoterapia. Junto a otro argentino creó una herramienta de inteligencia artificial llamada Parente, destinada a asistir a los padres de hijos con trastornos de la conducta. “La dificultad para que dejen una pantalla aparece con mucha frecuencia. Lo que les enseñamos a los padres es que no sirve dar la orden de apagar la tele o la tablet mientras nosotros hacemos otras cosas y después enojarse si no lo hicieron. No vamos a lograr resultados. La forma correcta de hacerlo es colocarse entre el televisor y el chico, o si es un dispositivo móvil, asegurarse que nos miren a los ojos y decirles ‘Apagá el televisor o la tablet ahora’. Y quedarnos allí hasta que lo haga. Si no, el estímulo que está recibiendo de la pantalla es tan fuerte, que si damos la orden sin interrumpir ese contacto y esperamos que nos hagan caso, vamos a fracasar”, explicó a LA NACION.
El estudio de Chicos.net y Disney también muestra que uno de los mayores temores de los padres es que sus hijos se vuelvan adictos a la tecnología: el 31% señalan la adicción o dependencia como su mayor preocupación frente al juego online. Además revela que la lógica dominante en las familias no es prohibir, sino dosificar. “Los padres y madres administran tiempos, permisos, horarios, descargas, compras y accesos. El juego digital muchas veces es una moneda de cambio y suele permitirse después de tareas, baño, cena u obligaciones, y se intenta evitar que invada el sueño, la escuela o la vida familiar”, dice el informe. El 63% de los chicos dijo que pide permiso antes de jugar online. Sin embargo, hay que notar que el 37% no lo hace.
Sobre la dificultad para lograr que los hijos se desconecten sin conflictos y rabietas, el informe señala que no es solo cuestión de las familias. “Muchas plataformas están diseñadas para maximizar permanencia, atención y consumo. Por eso, además de límites familiares, se necesitan acuerdos comunitarios, alfabetización escolar y regulación más amplia del ecosistema digital a nivel macro”, concluye.