La desaparición de dos seminaristas: a 50 años de una tragedia inesperada

La desaparición de dos seminaristas: a 50 años de una tragedia inesperada

En esta tercera parte, repasamos la frustrada disolución de la comunidad asuncionista del barrio Manuelita, decidida en junio de 1976 tras los conflictos entre sus religiosos y que precedió al secuestro de los seminaristas.

La secuencia de hechos que nos encuentra en el relato pormenorizado de lo ocurrido en las medianías del año 1976 es parte de la gran tragedia nacional que azotó a la Argentina durante la década de 1970.

La gran tragedia argentina del siglo XX y la Iglesia

En estos días murió Lidia Stella Uranga, una madre de Plaza de Mayo de la Línea Fundadora conocida como Tati Almeida, que es un testimonio de las transversalidades de ese entonces, ya que su hijo Alejandro Martín Almeida fue secuestrado y desaparecido el 17 de junio de 1975, en plena vigencia de las instituciones democráticas durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, es decir, nueve meses antes del inicio del golpe militar que comenzó el 24 de marzo del año siguiente.

El repaso del Nunca más, el libro que surgió de las investigaciones de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, con prólogo original de su presidente, el escritor Ernesto Sabato, nos sumerge en la diversidad y la profundidad de lo ocurrido, con el recorte que la creación de la CONADEP obligaba a escudriñar en los hechos que se produjeron entre el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983, es decir el período exacto del autollamado Proceso de Reorganización Nacional. Esto mueve a promover el estudio de lo ocurrido previamente para alcanzar algo esquivo en nuestra sociedad que es la plena verdad histórica del tiempo más violento del país en el siglo XX, al menos.

La indagación en lo ocurrido contra distintos personajes religiosos a lo largo de los ’70 es también una deuda, sobre todo por parte de la Iglesia Católica en la Argentina, para encontrar la plenitud de lo acontecido. Los tres tomos de La verdad los hará libres, un encargo original de la Conferencia Episcopal Argentina que fuera publicado como libro de autor, abordó el tema, pero no quedó exento de controversias debido al sesgo que tuvo la publicación, remarcando la responsabilidad de quienes apoyaron la violencia de la represión estatal, pero suavizando la actuación violenta de religiosos vinculados a la guerrilla insurreccional. Es el caso perfecto donde nadie se salva de una crítica honesta.

Algunas explicaciones necesarias

Muchas veces, cuando se explica la historia en la que es protagonista la Iglesia, se dan por sabidos algunos conceptos que merecen ser aclarados para una mejor comprensión de los acontecimientos. La Iglesia Católica tiene alrededor de 500.000 personas que han asumido su vocación religiosa y desarrollan todo tipo de actividad en todos los continentes. Desde los misioneros que actúan en África para motivar la fe y mejorar la vida de la gente, hasta los monjes y monjas de clausura, que dedican su vida al trabajo y a la oración permanente, dejando de lado su relación material con el mundo moderno, forman parte de la presencia de los frailes, sacerdotes y monjas en el orbe.

Dentro de los clérigos, existen dos tipos: los sacerdotes seculares, que habiendo sido ordenados como tales constituyen el clero de cada diócesis; y los regulares, que son quienes ingresan en una orden religiosa para seguir un determinado modelo o regla de vida establecida en general por los grandes santos de la antigüedad y de la edad media, y que realizan votos de castidad, obediencia y pobreza por decisión propia. A su vez, las órdenes se dividen en dos grandes grupos: las órdenes históricas como los franciscanos, los dominicos, los benedictinos, los agustinos y muchas otras más creadas en las edades antigua y media; y las congregaciones que surgieron en su gran mayoría durante los procesos revolucionarios de la edad moderna, como los salesianos, los maristas, los palotinos y los asuncionistas, solo nombrados en tanto ejemplo de cientos de instituciones similares. Merece un párrafo aparte la Compañía de Jesús, los jesuitas, que marcan un antes y un después debido a su trascendencia en los tiempos de la Reforma del siglo XVI, como defensores de la autoridad papal.

La Iglesia de Lourdes en Santos Lugares y el Padre D´Alzo, fundador de Los Asuncionistas (Foto: Gentileza Eduardo Lazzari).

En general, los religiosos regulares viven en conventos y monasterios, llevando una vida comunitaria de oración y trabajo, además de las tareas propias del carisma de cada organización: la educación, la prensa, las misiones o el servicio social. Cada convento o monasterio es el cobijo de una comunidad de religiosos, que puede ser de sacerdotes, frailes o monjes, y que tienen una dinámica de actividades en común que fortalecen la fraternidad y el espíritu cristiano, o deberían promoverlos.

Los religiosos regulares en la Argentina

En la Argentina, que durante el siglo XIX tuvo un debilitamiento de la Iglesia como institución por la carencia de obispos durante la primera mitad de los 1800 y la falta de sacerdotes durante la ola inmigratoria que comenzó en 1860, se comenzaría a producir el arribo de comunidades religiosas diversas para atender a una población generalmente católica, pero que no podía mantener sus rituales.

Así fue como llegaron desde Europa muchas congregaciones, la mayoría de las cuales se orientó a las comunidades inmigrantes con las que coincidían en nacionalidad. Ejemplo de esto son los pasionistas que atendieron a los irlandeses; los palotinos a los alemanes; los salesianos a los italianos y tantos otros grupos, que terminaron siendo mayoría en el clero argentino.

Los asuncionistas llegaron en 1910, pero su dedicación fue a la promoción de la prensa católica y la atención pastoral de los sectores humildes. Por eso sus comunidades fueron instaladas en las afueras de la ciudad de Buenos Aires o en las barriadas marginales, como el Bajo Belgrano, por esos años una zona inundable y carenciada. En los conventos, los asuncionistas se dedicaban al estudio teológico, a la oración y a la atención pastoral, además de la promoción de instituciones laicas, como los Círculos Católicos de Obreros, la Asociación Noel de promoción social y las revistas Esquiú, Auras de Lourdes y el Apostolado de los Enfermos.

Vale destacar que cada comunidad es formada a partir de consultas que los superiores realizan entre todos los integrantes, pero la decisión siempre queda en manos de esos superiores que son elegidos periódicamente en reuniones llamadas capítulos, a las que asisten todos los religiosos de la congregación. Así llegamos a los años de 1970, donde ya se explicó en cómo la actuación personal de algunos de los asuncionistas fue provocando conflictos internos en las comunidades. Es el caso paradigmático de la casa asuncionista del Barrio Manuelita, en San Miguel, asentada en la diócesis de San Martín, donde se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, casa matriz de la congregación. El obispo de esa jurisdicción era monseñor Manuel Menéndez, muy conocido por su programa radial en las madrugadas llamado “Cáritas, ayúdenos a ayudar”, un hombre de mucha sensibilidad y acción social, y políticamente conservador.

La crisis de la casa del barrio Manuelita

Una vez constituida la casa, ubicada a una cuadra de la actual capilla jesuita San Francisco Javier, por entonces llamada Jesús Obrero, y dedicada a la finalización de la formación de seminaristas para su ordenación como sacerdotes, se instalaron cuatro asuncionistas. Como superior, el padre Jorge Adur; como seminaristas, los hermanos Carlos Antonio Di Pietro, Raúl Eduardo Rodríguez y Luis Ramón Rendón. Vale destacar que los tres hermanos nombrados lo eran porque habían realizado sus votos perpetuos y ya eran frailes asuncionistas, aspirando al sacerdocio.

El estudio de la teología y la filosofía lo realizaban Di Pietro y Rodríguez en el Colegio Máximo de los jesuitas ubicado a pocas cuadras, y Rendón en el Seminario Metropolitano de Buenos Aires. El padre Roberto Favre, superior regional de los asuncionistas en la Argentina, dedicaba mucho tiempo a seguir el estado de la comunidad de Manuelita, a tal punto que comenzó a recibir a los distintos seminaristas, quienes le manifestaban su disconformidad por las ausencias de Adur. Además, se quejaban por el tono político de su accionar como superior de la casa y como celebrante de las misas en la capilla cercana. Incluso alguna vez Favre se entrevistó con el superior jesuita, el padre Jorge Bergoglio, quien le manifestó sus quejas por los insultos que Adur expresaba contra él mismo en forma pública.

Casa asuncionista del barrio Manuelita, donde fueron secuestrados los dos seminaristas. (Gentileza: Eduardo Lazzari)

Así fue como a inicios de junio de 1976 los integrantes de la casa del barrio Manuelita fueron convocados a una reunión por el consejo regional de la congregación, en la que quedó claro que la convivencia entre los religiosos ponía en peligro la concreción de la vocación sacerdotal de los seminaristas. Entonces fue que el padre Favre tomó la decisión de disolver la comunidad de formación y redistribuir a los religiosos en los conventos de la congregación. Pero el destino no siempre juega limpio, ya que la comunicación oficial de la disolución la iba a hacer Favre el lunes 7 de junio.

El 4 de junio, apenas despuntaba el alba, varios vehículos de carácter policial rodearon la casa de formación y entraron violentamente para llevarse detenido al padre Adur, quien no se encontraba allí, quizá advertido por la organización Montoneros, a la que ya pertenecía clandestinamente sin conocimiento de sus hermanos religiosos.

Los integrantes del grupo que allanó el domicilio de los asuncionistas en el barrio Manuelita interrogaron a los seminaristas presentes allí: Carlos y Raúl. Lo último que se sabe de ellos hasta hoy es por el llamado que Carlos hiciera telefónicamente al padre Favre a las 11.15 horas, a quien le preguntó por el paradero de Adur: “Recibimos un telegrama para él y se lo tenemos que entregar”. A Favre le resultó extraño el motivo del llamado e inquiriendo saber más, Di Pietro terminó el diálogo diciéndole: “Que la paz de Jesús esté con vos”. El tercer seminarista, Luis Ramón Rendón, volvía de visitar a su familia en Olavarría y un accidente vial demoró su llegada al barrio Manuelita y eso salvó providencialmente su vida. Vale recordar que no había celulares ni existía internet por entonces.

Nunca más se supo nada de Carlos Di Pietro y Raúl Rodríguez, los dos seminaristas que quien esto escribe no conoció; pero que, según la opinión de quienes sí los conocieron, sin duda afirman que eran dos santos, diferentes entre sí, pero santos. Clama al cielo saber que Adur pasó esa noche anterior al secuestro en una casa de familia en el barrio de Recoleta, donde se alojó abusando de la confianza de un matrimonio amigo que le había dejado las llaves de su departamento por cualquier emergencia. Luego Adur fue recluido en un monasterio benedictino de la provincia de Buenos Aires, donde estuvo hasta que fue llevado fuera del país.

Los avatares posteriores al 4 de junio de 1976 que atravesó el padre Favre en primer lugar, pero toda la comunidad asuncionista argentina y universal por estos episodios, además de las prometidas biografías de los cuatro protagonistas, son siniestramente apasionantes, y si Dios quiere, los compartiremos en estas queridas columnas el próximo fin de semana.