El color de la memoria: el día que Horacio Pagani compró el sueño de su infancia y lo salvó con una lata de pintura de 50 años

El color de la memoria: el día que Horacio Pagani compró el sueño de su infancia y lo salvó con una lata de pintura de 50 años

  • Desde su oriunda Casilda que el afamado fabricante argentino soñaba con una Ferrari 275 GTB.
  • A 60 años de la presentación del modelo, cuenta lo que le produce manejarlo.

Hay amores que no se desgastan con el tiempo, sino que se acumulan en los rincones de la memoria esperando su momento. Para Horacio Pagani, uno de los creadores de automóviles más respetados del planeta, ese amor nació en blanco y negro, bajo el sol polvoriento de la pampa gringa argentina.

Era finales de la década de 1960. En Casilda, provincia de Santa Fe, un niño devoraba las páginas de la revista Automundo. Aquella edición era monótona, impresa en un austero papel diario, salvo por una única página a todo color que brillaba como un oasis.

En ella aparecía una Ferrari 275 GTB4 de un azul celeste impecable, posando junto al mismísimo Enzo Ferrari. En ese instante, sin un solo peso en el bolsillo pero con la imaginación desbordada, el pequeño Horacio se prometió que algún día tocaría ese volante.

Una particular historia vincula al reconocido creador de automóviles nacido en Casilda, Santa Fe, y a la afamada marca de autos deportivos. Y, por su puesto, ese nexo está unido por la pasión que despiertan los autos. Ferrari le dedicó unas páginas en su revista a la relación entre Pagani y una de las creaciones más increíbles de la casa de Maranello.

Reunidos medio siglo después

El destino cerró el círculo entre Pagani y la esbelta cupé de la forma más poética posible.

En 2022, las luces de la subasta de Sotheby’s en Retromobile, París, reflejaban las curvas de un Ferrari 275 GTB4 muy especial.

No era una unidad cualquiera de las 280 que se fabricaron; era el chasis #09021. El mismísimo auto pre-serie que Ferrari presentó al mundo sesenta años atrás en el Salón del Automóvil de París de 1966. El del legendario piloto Jean-Pierre Beltoise había exprimido a fondo por las autopistas francesas, promediando 195 km/h en un viaje de domingo por la tarde "con total seguridad y absoluto confort".

Cuando el martillo cayó, el comprador no fue un inversor anónimo. Fue Horacio Pagani. El niño de la pampa finalmente había alcanzado su grial.

La obsesión por el detalle

Pero comprar el auto era solo la mitad del viaje. El vehículo, que había pasado décadas inmóvil en la colección de Marcel Petitjean, ni siquiera arrancaba. Pagani, cuya reputación se basa en una atención al detalle que roza la obsesión, decidió someterlo a una restauración total a través del departamento Ferrari Classiche, la división oficial de restauración de la marca.

A pesar de que el vehículo estaba completamente original, Pagani exigía la perfección. El gran desafío llegó con la pintura. Al remover las capas del tiempo, descubrieron que el color original de este chasis era un profundo Rosso Rubino. Sin embargo, cuando aplicaron las primeras pruebas de pintura moderna, Horacio no se sintió satisfecho. Faltaba el alma del color.

La búsqueda de la tonalidad exacta se convirtió en una investigación histórica. Pagani descubrió que Egidio Bonfatti, de 86 años —uno de los antiguos socios del carrocero Pietro Drogo y el hombre cuyas manos habían pintado los deportivos más bellos de la Módena de los sesenta—, guardaba una lata de pintura original de la época en su taller. La pintura tenía más de cincuenta años, pero seguía viva.

Durante tres meses, Bonfatti y Pagani mezclaron, probaron y compararon muestras. "El secreto estaba en unas partículas metálicas extremadamente finas que cambiaban por completo según el reflejo de la luz", relata Pagani con la devoción de un restaurador de arte. Al final, el Rosso Rubino volvió a brillar exactamente igual que en el otoño parisino de 1966.

El canto del V12

Hoy, cuando Horacio Pagani se desliza en los asientos de cuero de su 275 GTB4 y gira la llave de contacto, el motor de 3.3 litros y cuatro árboles de levas diseñado por Gioachino Colombo cobra vida con un rugido mecánico que corta la respiración.

"Cuando el motor de doce cilindros empieza a cantar como Pavarotti y veo la aguja del cuentarrevoluciones vibrar... en ese momento exacto vuelvo a sentir la misma emoción de cuando era un niño en Argentina y solo podía soñar con esto", confiesa Pagani.

El hombre que pasa sus días creando algunos de los hiperdeportivos de fibra de carbono más avanzados del siglo XXI, encuentra su paz en una máquina de acero y aluminio de 300 caballos de fuerza. Un recordatorio rodante de que, a veces, los sueños de la infancia solo necesitan un poco de tiempo, paciencia y la mezcla exacta de pintura para hacerse realidad.