El brutal crimen de la familia Clutter, el caso que inspiró la genial novela A sangre fría, de Truman Capote

El brutal crimen de la familia Clutter, el caso que inspiró la genial novela A sangre fría, de Truman Capote

El hecho ocurrió en Kansas, EE.UU., en 1959. Un matrimonio y sus dos hijos fueron asesinados por dos delincuentes que buscaban un botín que no existía. La masacre dio lugar a una obra de no ficción emblemática.

Los Clutter

La familia Clutter vivía en la River Valley Farm, a las afueras de Holcomb, un caserío del sudoeste de Kansas incrustado en el paisaje llano de trigo y sorgo. Allí, Herbert “Herb” Clutter había construido su reputación de granjero próspero y metódico, un hombre de iglesia que no fumaba ni bebía. Era activo en la comunidad metodista y en asociaciones agrícolas, respetado por su solvencia y por la manera prolija con la que llevaba las cuentas.

Herb cuidaba a sus empleados pagándoles en fecha, ofreciéndoles seguros y aplicando técnicas modernas de cultivo y riego. Su casa de dos plantas, amplia pero sobria, con sótano y dependencias, resumía la idea de orden. Había horarios fijos, herramientas en su lugar, contabilidad exacta y puertas que no solían cerrarse con llave, porque Holcomb era todavía, en 1959, un lugar donde los vecinos se conocían por el nombre.

Junto a él vivía Bonnie Fox Clutter, su esposa, de salud frágil, sufría depresiones y dolores que la recluían por temporadas en su habitación. Sus amigas la describían como tímida. Era mamá de cuatro hijos, dos de los cuales ya habían dejado el hogar: Beverly y Evana, ambas casadas. Los menores, Nancy, de 16, y Kenyon, de 15, no se habían despegado de sus padres.

Nancy era aplicada, popular, maestra voluntaria de costura y catecismo. Tenía un noviazgo formal con Bobby Rupp, hijo de granjeros. Kenyon, alto y reservado, prefería pasar horas en el taller del sótano, dedicado a la carpintería e inventos caseros.

Los integrantes de la familia Clutter que fueron masacrados.

Los fines de semana se organizaban alrededor de tareas ineludibles como revisar cercas, supervisar riegos, y de pequeñas rutinas sociales, como una salida al cine o la visita a la iglesia. Herb había hecho de la austeridad una norma práctica. Nunca guardaba grandes sumas en casa: prefería cheques y cuentas bancarias.

Hickock y Smith

El 15 de noviembre de 1959 los amigos y vecinos se toparon con un silencio inquietante en la casa de los Clutter.

Richard Eugene “Dick” Hickock tenía 28 años. Tenía habilidad para la mecánica y una tendencia a la mentira, a la estafa. Un accidente automovilístico en 1950 lo dejó con el rostro desfigurado, con la mirada torcida y una serie de dolores físicos que le acompañaron siempre. Desde entonces, muchos lo describieron como un hombre con la sonrisa ladeada, el cuerpo rígido y un humor cínico. Su matrimonio se quebró pronto, sus empleos eran inestables y sus deudas crecían. Fue condenado por fraude y robo, lo que lo llevó a la prisión de Lansing, en Kansas.

Allí conoció a Perry Edward Smith. Perry era tres años mayor. Creció en una familia marcada por la violencia y la precariedad. Su padre, un buscador de oro irlandés, y su madre, de origen cherokee, se separaron en medio de escenas de alcohol y golpes. Perry pasó por orfanatos y reformatorios. Enfermedades y accidentes le dejaron dolores crónicos en las piernas y dificultades para caminar. Su baja estatura la compensaba con una actitud desafiante. Era un lector ávido, con fantasías de ser artista o músico, pero también con un marcado resentimiento.

Hickock y Smith, los autores de la masacre.

Un compañero de prisión, Floyd Wells, les contó que Herb Clutter guardaba miles de dólares en una caja fuerte en su casa. Para Hickock, aquello representaba un golpe limpio: entrar, controlar a la familia, abrir la caja fuerte y marcharse con dinero suficiente para empezar de nuevo. Para Perry, era una mezcla de aventura, lealtad hacia su compañero y el deseo de demostrar que no era un fracasado.

Cuando recuperaron la libertad en 1959, Hickock localizó a Perry y lo convenció. Ambos, con una escopeta calibre .12 y un cuchillo, fueron en automóvil hacia Holcomb y llegaron la noche del 14 de noviembre. Estaban convencidos de que encontrarían miles de dólares. No sabían -y no quisieron escuchar- que la obsesión de Herb Clutter por la austeridad significaba que en la casa no había caja fuerte ni dinero en efectivo.

La noche del sábado 14 de noviembre de 1959, Perry Smith y Dick Hickock viajaron en automóvil desde Kansas City hacia Holcomb. Llevaban consigo una escopeta calibre .12 recortada, un cuchillo y cuerdas para atar. Su plan, urdido con la certeza de un rumor, era simple: entrar en la casa, obligar a Herbert a abrir la caja fuerte y escapar con miles de dólares.

El golpe

Llegaron cerca de la medianoche. La casa de los Clutter, grande y aislada, no mostraba señales de alarma. Era, como siempre, un hogar abierto al campo, sin cerraduras de seguridad.

Al entrar, despertaron a Herbert Clutter. Lo obligaron a bajar al sótano, lo ataron de pies y manos y le colocaron cinta adhesiva en la boca. Le exigieron que les dijera dónde estaba la caja fuerte. No existía, insistió Herb. Les dijo que revisaran las chequeras y los comprobantes de cuentas, pero que en la casa no había dinero en efectivo. Hickock, cada vez más frustrado, veía cómo el plan se desmoronaba.

Mientras tanto, Perry vigilaba a la familia. Bonnie fue atada en su cama. Nancy, la hija adolescente, fue sorprendida en su habitación y amordazada. Kenyon, el más joven, fue inmovilizado en el sótano, cerca de su padre. El interrogatorio prolongó la tensión. Hickock, ansioso, buscaba violencia inmediata. Perry, atrapado entre la lealtad hacia su compañero y la certeza de que no había dinero, intentaba ganar tiempo. El desenlace llegó rápido.

Herbert fue el primero. De rodillas, con la garganta cortada parcialmente por el cuchillo, recibió luego un disparo de escopeta en la cabeza. Kenyon, aterrado, fue ejecutado con un tiro en la cara. Arriba, Nancy escuchó los ruidos. Perry subió las escaleras. Más tarde declararía que lo último que quiso era matarla. Sin embargo, le disparó en la cabeza mientras yacía en su cama. Bonnie, en la habitación principal, fue la última en recibir un balazo. El botín fue irrisorio: apenas unos dólares, un par de binoculares y una radio portátil.

La escena que dejaron atrás era brutal

Así quedaron cuatro cuerpos inmovilizados en una casa que hasta esa madrugada había simbolizado la prosperidad y la fe en la seguridad rural. Smith y Hickock abandonaron Holcomb antes del amanecer, rumbo a México, convencidos de que su crimen quedaría sin esclarecer.

El domingo 15, los primeros en sospechar que algo pasaba en la casa de los Clutter fueron amigos de Nancy. Ella había quedado en encontrarse temprano con su amiga Susan Kidwell para ir a la iglesia. Cuando no respondió el teléfono, Susan y otra joven, Nancy Ewalt, decidieron acercarse a la granja. Llegaron hacia media mañana. La puerta estaba sin llave, como siempre. Entraron y percibieron algo extraño: la casa estaba demasiado quieta. Subieron a la habitación de Nancy y allí la encontraron muerta en su cama, con la cara cubierta y señales evidentes de violencia.

Aterrorizadas, corrieron a pedir ayuda. El padre de Nancy Ewalt fue el primero en acudir, seguido por otros vecinos. Al descender al sótano, hallaron a Herbert y a Kenyon, atados y ejecutados. En la habitación principal, yacía Bonnie. La escena era espantosa y desconcertante.

El sheriff local fue notificado de inmediato, pero pronto el caso superó su capacidad. El Kansas Bureau of Investigation (KBI), dirigido por Alvin Dewey, asumió el control.

Las especulaciones se multiplicaron

Algunos pensaban en una venganza personal; otros, en una banda de ladrones que estaban de paso. El hecho de que la familia hubiese sido atada con orden y ejecutada de manera sistemática sugería un plan frío y muy meditado. Sin embargo, no había rastro de móviles claros: los Clutter no tenían enemigos conocidos.

El juicio por la masacre de los Clutter.

Holcomb cambió de golpe. Los vecinos empezaron a cerrar con llave sus casas, algo impensado hasta entonces. El crimen había quebrado la certeza de seguridad que definía la vida en Kansas rural. Nada volvió a ser igual.

Dewey comenzó a reconstruir las últimas horas de los Clutter. Analizó huellas, sogas, cartuchos de escopeta y los testimonios de vecinos. Al principio, el caso parecía un callejón sin salida: no había móvil aparente, los Clutter eran queridos, y lo poco que faltaba de la casa no justificaba tanta violencia.

La primera pista firme llegó desde la prisión de Lansing. El recluso Floyd Wells, antiguo compañero de celda de Dick Hickock, declaró que él mismo le había contado a Hickock que en la granja de los Clutter existía una caja fuerte con miles de dólares. Esa confesión dio sentido al ataque: los asesinos habían buscado dinero que nunca existió.

Mientras tanto, Hickock y Smith emprendieron una huida errática. Fueron a Acapulco pero el poco dinero que tenían se esfumó en la playa. Abandonaron México y cometieron distintos delitos en varios estados para sobrevivir. La presión aumentaba: la prensa nacional seguía el caso.

Las detenciones y el juicio

La captura se produjo el 30 de diciembre de 1959 en Las Vegas, Nevada. Los policías los detuvieron en un coche robado. En su poder hallaron armas, incluyendo la escopeta calibre 12, y otros objetos que los vinculaban con el crimen en la granja Clutter.

El proceso contra Hickock y Smith comenzó en Garden City, Kansas, en marzo de 1960, con el juez Roland Tate. Los defensores fueron los del Estado, que hablaron de la miserable vida que tuvieron y tenían los acusados, buscando algo de compasión. No la hubo. El escritor Truman Capote y su amiga de la infancia, la escritora Harper Lee se encontraban entre el público, tomando notas minuciosas para lo que más tarde sería “In Cold Blood” (A Sangre Fría). La presencia de Harper Lee fue a pedido de Capote, para que lo ayudara con las notas. Ella publicaría después su única novela “To Kill a Mockingbird” (Matar a un Ruiseñor) sobre la injusticia racial en el sur del país basada en sus propios recuerdos de su infancia en Alabama, que, obviamente, nada tenía que ver con el asesinato de los Clutter.

Smith dialoga con el escritor Truman Capote.

Luego de 17 días, el jurado, hombres y mujeres que se identificaban con la familia Clutter, necesitó apenas 40 minutos de deliberación para declarar a ambos culpables de homicidio. La sentencia fue la pena de muerte en la horca. El 29 de marzo de 1960, el juez Tate la pronunció ante una sala colmada. Smith y Hickock fueron llevados al corredor de la muerte en la cárcel de Lansing, donde permanecerían más de cinco años entre apelaciones, recursos y pedidos de clemencia.

Durante ese tiempo, Capote los visitó con frecuencia. Para Perry, esas conversaciones se convirtieron en una tabla de salvación emocional; para Capote, en material imprescindible. Pero la condena, a nivel judicial y social, estaba sellada desde el principio: Kansas no iba a tolerar otra salida que no fuera la ejecución.

Capote y un vínculo muy especial

Capote desarrolló un vínculo emocional fuerte con Perry. Gerald Clarke, en su biografía “Capote” (1988), señala que el escritor se identificaba intensamente con él y que Perry le despertaba ternura, compasión y atracción psicológica. Algunos biógrafos y críticos han especulado con la posibilidad de un lazo erótico, basados en las visitas frecuentes y la cercanía entre ambos.

A sangre fría, la obra capital de Truman Capote.

Sin embargo, esas conjeturas nunca pasaron de la especulación. Capote mismo jamás afirmó haber tenido una relación sexual con Perry. Los registros oficiales de la prisión tampoco lo mencionan. La mayoría de los especialistas coincide en que se trató de una relación íntima en lo emocional y en lo intelectual, más que física.

La fecha final llegó 1965. El 14 de abril, a medianoche, los dos hombres fueron conducidos al cadalso de la prisión. Testigos oficiales, periodistas y familiares de los Clutter estaban presentes. El ambiente era gélido, solemne. Hickock fue el primero. Vestido con la ropa reglamentaria, subió con paso firme. Pronunció unas palabras de despedida y la trampilla se abrió. Perry subió después. Pidió disculpas por lo ocurrido y mostró un gesto de resignación. Fue ejecutado a los pocos minutos, también en la horca.

Con esas muertes, el Estado de Kansas cerraba formalmente el caso Clutter. Para la comunidad de Holcomb, significaba el final de un capítulo doloroso, aunque las cicatrices permanecían. Para Capote, que había presenciado la ejecución, significó el cierre de su libro: In Cold Blood, publicado al año siguiente, que conmovió a la crítica y al público, consagrando el género literario llamado “novela de no ficción”.