Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA.
"No hay tiempo que no se cumpla ni tiento que no se corte”, le recordaba el Viejo Vizcacha al hijo del gaucho Fierro en la segunda parte del poema. Esa sabia advertencia podría dedicarse hoy a la obstinación del Presidente y de su hermana en negarse hasta ahora a darle salida a Manuel Adorni. “El tiempo no va a esperar”, sintetizó el gran Charly García y “Contra el destino nadie la talla”, decía Gardel en el hoy más que nunca simbólico “Adiós muchachos”. Tres voces distintas que coinciden en lo mismo: el determinismo que Javier Milei nunca quiso escuchar, hoy le estalla en las manos, más de tres meses después.
Como quizás un último manotón de ahogado para salvarlo, el Presidente declaró en Madrid, ante “El Observador”, que si la Justicia encontraba a Adorni “culpable” él lo “eyectaba de una patada”. Los titulares locales exageraron un poco, pero quienes presenciaron la entrevista coincidieron en que Milei parecía convencido que lo mejor era echarlo. Mientras tanto, en Buenos Aires se evaluaban opciones, como una renuncia, por ejemplo. El argumento presidencial resultó algo extraño porque si bien aclaró que él es “un tipo que ni siquiera entiende de derecho”, para que alguien sea “culpable” es sabido que se necesita pasar por media docena de etapas previas algo que, en la Argentina, suele demorar años.
Los Códigos precisan que las etapas judiciales a recorrer son investigación, imputación del fiscal, procesamiento, indagatoria, elevación a juicio, sentencia de primera instancia, revisión de la Cámara de Casación Penal y, eventualmente, recurso extraordinario ante la Corte Suprema. Hasta entonces, Adorni será técnicamente “inocente hasta que se demuestre lo contrario”. Cristina Kirchner es un ejemplo claro: ya no era Presidenta cuando fue declarada “culpable”. La mención de Milei fue, en realidad, un ensayo retórico para evitar bajarle el martillo públicamente a una situación que no es judicial, sino política y que debe resolverse en esa órbita.
En la dinámica negativa de la pérdida de tiempo, el Gobierno y Adorni terminaron trabando su propia rueda, concentrando gran parte de la conversación pública. El tema se alimentó de testimonios judiciales, mentiras, peleas, agravios, réplicas, posteos y contraataques internos que ni siquiera el fútbol, ni el caso de Martín Insaurralde, lograron desplazar de la agenda. Es más, esta última cuestión terminó jugándole en contra porque las referencias al exintendente de Lomas de Zamora, los videos de su mansión y los dólares guardados en el placard emparentaron aún más a Adorni con la situación. El “son iguales” de una encuesta habría terminado de convencer al Presidente.
MANUEL ADORNI. El jefe de Gabinete.
En medio de todo este grotesco escenario de desgaste de la cúpula presidencial surgió el doloroso episodio de los terremotos en Venezuela. El Gobierno reaccionó tarde y mal, aunque luego corrigió sobre la marcha su primera reacción ideológica. El comunicado oficial de la Argentina, que habría aprobado Milei desde el avión que lo llevaba a España y cuyo texto se dilató presumiblemente para ver cómo reaccionaban los Estados Unidos, expresó la disposición de la Argentina a colaborar con la asistencia humanitaria que pudiera requerirse, pero incluyó una frase que llamó la atención: “Más allá de las diferencias que puedan existir entre nuestros gobiernos...”.
Desde el punto de vista diplomático la mención no es para nada impropia; al contrario, es frecuente que los Estados aclaren que determinadas acciones se realizan pese a los desacuerdos políticos previos. Incluso puede interpretarse como una señal de institucionalidad: ayudar aunque existan puntos de vista diferentes. Sin embargo, ¿era necesario recordarlo en ese momento de destrucción y tragedia humana? Las palabras no sólo transmiten mensajes, sino que también establecen prioridades y cuando un hecho de este tipo ocupa el centro de la escena, toda referencia a las disputas políticas corre el riesgo de competir con lo esencial: las víctimas y la ayuda que se necesita.
Quizás por ese traspíé de aparente falta de humanidad resultó interesante lo que dijo luego el canciller Pablo Quirno. Probablemente consciente del desatino anterior, afirmó con más lógica que se había dejado “todo de lado” para establecer contacto directo con su par venezolano y coordinar una ayuda de material y hombres (médicos, rescatistas y personal del Ejército) que ya están presentes en la zona de desastre. En su explicación se resume un concepto probablemente más cercano a lo que espera la mayoría de las personas frente a una emergencia: que las diferencias no desaparecen, pero se suspenden; que no se olvidan, pero primero está la ayuda.
Otro tema de la semana fue Lionel Messi y su actuación mundialista, junto al orgullo que le despierta a la gente el accionar de la Selección y la mesura de Leonel Scaloni. La vigencia del jugador, sus cinco goles, la clasificación y la ilusión sirvieron un poco para atenuar, al menos por un momento. las preocupaciones por la situación económica y social, con eventuales mejorías que el barro del caso Adorni le impide capitalizar al Gobierno. Inclusive, Milei habló del 10 y del DT en el reportaje en España: “tengo documentado que antes de 2018 el único que lo bancaba en la Argentina era yo y me he peleado con todo el mundo. Pero, además, tengo una admiración enorme por el cuerpo técnico y Scaloni me parece un líder de proporciones mayúsculas”, dijo. Es habitual que los políticos intenten pegarse a los éxitos deportivos y en el Gobierno siempre se creyó que el Mundial y la actuación argentina (Messi incluido) iban a tapar el caso Adorni. No tuvieron suerte porque el descrédito no paró de crecer y llegó a valores descomunales, hasta el final de juego que se preanuncia.
Lo cierto es que el mundo sigue andando y la Argentina acumula más de cien días dominados por controversias que poco tienen que ver con los problemas concretos de la sociedad. Lo grave es que la política suele actuar como si el tiempo fuera infinito, como si siempre existiera otro semestre para corregir errores, otro año para encarar reformas u otra elección para justificar lo incumplido. La historia demuestra lo contrario, que los países progresan cuando aprovechan sus ventanas de oportunidad y que retroceden cuando las desperdician. En este marco, el funcionario cuestionado terminó siendo apenas un peón bastante molesto a quien no valía la pena sostener con tanta enjundia.
Entre la presión para que el Jefe de Gabinete salga de la escena y la cerrada negativa de la cúpula de la Casa Rosada, pese a los consejos recibidos, el Gobierno quedó pegado ante la opinión pública nada menos que como encubridor. También se deterioró el panorama y con él la propia imagen presidencial, tapando inclusive algunos logros objetivos. Patricia Bullrich y Luis Caputo hicieron punta en advertir la locura de estar dilatando el asunto. Así, ante tanta obstinación, terminaron sufriendo la economía, la educación, las inversiones, la infraestructura y la seguridad, todos rubros que funcionan con el almanaque real, el de los días que corren, el de las oportunidades que aparecen y se van o el de las decisiones que se postergan.
El tiempo obliga siempre a enfrentar las consecuencias de los actos y no ofrece escapatoria, ya que cada decisión proyecta efectos sobre el futuro. Esa parece ser también una enseñanza para cualquier gobierno: el almanaque es un juez implacable que no grita, no insulta, ni responde posteos; simplemente, pasa y al pasar, deja extendida la cuenta. Porque hay recursos que se recuperan; el dinero perdido puede volver a ganarse o una elección sacrificada puede disputarse otra vez. Hasta una reputación dañada puede reconstruirse. Pero, el tiempo, no y éste ha sido el gran pecado presidencial. Finalmente, la pregunta inevitable queda flotando: ¿valió la pena gastar tanta energía en sostener lo insostenible?