Una aventura de casi dos siglos: la historia de la bodega más antigua de Argentina y los vinos que cautivaron a un millonario suizo

Una aventura de casi dos siglos: la historia de la bodega más antigua de Argentina y los vinos que cautivaron a un millonario suizo

  • Colomé fue fundada en 1831 por el último gobernador realista de Salta.
  • Aislada a 2.300 metros de altura en el valle calchaquí, todavía conserva viñedos ancestrales productivos y una tradición vitivinícola que se remonta a los tiempos de la conquista.

En una mañana helada de otoño, cuando la vendimia quedó atrás y es tiempo de reposo, las plantas de Santa Jacoba parecen languidecer. Son hileras de tallos retorcidos y secos, con ramas finas, frágiles, opacas, que miran a los cerros en el silencio del valle calchaquí. Nadie diría que de acá salen algunos de los mejores vinos de Argentina. Nadie, tampoco, que han estado dando fruto sin descanso desde hace casi doscientos años.

Santa Jacoba es el viñedo más antiguo de la bodega Colomé, ubicada a 2.300 metros en un paraje remoto del sudeste de Salta al que sólo se llega después de recorrer largas horas de ruta de ripio ascendente y zigzagueante.

Reconocida por su producción de alta gama en altura -tiene otros viñedos de hasta 3.111 metros- y por su singular propuesta turística que incluye un museo único en el mundo, Colomé encierra también la riqueza de una historia que se puede rastrear hasta la época de la conquista española, cuando las primeras cepas llegaron a las región de la mano de los colonizadores.

Así ha quedado documentado en un informe publicado en 2025 a cargo de un equipo de investigadores del Conicet y la Universidad de Salta, que revela el fascinante trayecto de la vid en estas tierras, desde su arribo en el siglo XVI hasta la actualidad.

Las viñas más ancestrales de Santa Jacoba -estas que ahora hibernan- datan de 1831, algo que pudo identificarse a través de estudios genéticos. Son variedades criollas plantadas por Nicolás Severo de Isasi Isasmendi, el último gobernador realista de Salta y a quien se considera el fundador de la bodega actual.

Sin embargo, se estima que en la zona ya se vinificaba desde mucho antes. Durante el siglo XVII, Colomé formó parte de un sistema de encomiendas en el que los pueblos Pulares y Tonocotés, originarios de la región y adiestrados agricultores, fueron forzados a trabajar en la producción en Molinos, en el mismo lugar donde hoy sigue en pie el pueblo del mismo nombre, a 17 kilómetros de la bodega.

Isasmendi, perteneciente a la elite terrateniente, de raíces vascas pero nacido en Salta, fue quien llamó Colomé a su hacienda, en un posible homenaje al hijo de un cacique diaguita.

Tras la muerte de Nicolás Isasmendi, su hija, Ascensión Isasmendi de Dávalos, continuó con su legado y marcó un hito, ya que introdujo las cepas francesas Cabernet Sauvignon y Malbec a partir de 1854. Adelantada para la época, rompió con los moldes patriarcales al tomar las riendas de los negocios familiares y llegó a producir vinos que ganaron premios (una medalla de oro de 1871 se conserva en el Cabildo Histórico de Salta) y elogios del entonces presidente Bartolomé Mitre.

Una bodega que sobrevivió al aislamiento y las crisis económicas

Si hoy el acceso a Colomé resulta desafiante, es fácil inferir cuánto más lo fue en el pasado. A estos valles extremos nunca llegaría el ferrocarril -clave para el desarrollo agrícola en el país durante buena parte del siglo XX- por lo que su aislamiento geográfico y la precariedad de sus caminos fueron siempre un obstáculo para su crecimiento. A pesar de esto, resistió.

Se producían vinos de mesa embotellados y vinos finos en damajuanas, usados no solo para consumo sino también como forma de intercambio social y pago. Destaca también su uso litúrgico: el vino de Santa Jacoba era empleado en misas y sacramentos durante las misiones religiosas realizadas por sacerdotes tucumanos en la región”, destaca la investigación del Conicet sobre este período.

Desde la muerte de Ascensión Isasmendi en 1910, la administración de la bodega permaneció, mayormente, en manos de la misma familia, primero en las de su hijo José Dávalos y luego en las de otros familiares y descendientes.

El millonario suizo que se enamoró de Salta y sus vinos

A mediados de los años 90, cuando el vino argentino iba camino a vivir una revolución impensada, el empresario suizo Donald Hess probó por primera vez una botella elaborada en Colomé en un restaurante de Cachi. Ya había catado otras en otros lugares de Argentina, pero este tinto intenso tenía el potencial que estaba buscando, relatan hoy quienes lo conocieron. Quiso comprar la bodega inmediatamente, pero Raúl Dávalos, último dueño y eslabón del linaje criollo fundador, se negó a vender.

Tras el estallido de la crisis de 2001, la operación se concretó, según trascendió entonces, por un monto de 20 millones de dólares, y Hess se quedó con una finca de 39 hectáreas que incluía el pequeño pueblo circundante. “Una superficie mayor a la de Ginebra, la segunda ciudad en importancia de mi país”, decía él, casi sin poder creerlo.

A Hess lo llamaron “el loco” por la epopeya que encaró desde entonces y hasta su muerte, en enero de 2023. Decidido a embarcarse en un proceso de modernización de la bodega, invirtió en el desarrollo de tecnología e infraestructura, incluyendo obras viales, para asegurar que los camiones de cosecha pudieran cruzar los ríos durante la temporada de lluvias.

Plantó nuevos viñedos, obsesionado con llegar más y más alto, convencido de que esto le daría un carácter singular a sus vinos. Construyó un hotel boutique de lujo (reconocido por su propuesta enoturística) y un museo de 1.700 metros cuadrados dedicado a la obra del artista estadounidense James Turrell, una absoluta excentricidad en este paraje.

Hoy Colomé está al mando de Larissa y Christoph Ehrbar, herederos de Úrsula, viuda de Donald. En el portfolio está aquel Malbec que llegó en 1854 y aquellas criollas de 1831, pero se le han sumado varietales como el típico Torrontés salteño, Pinot Noir, Cabernet Franc, Petit Verdot, Tannat, Riesling. Muchas de sus etiquetas han sido reconocidas con altos puntajes de prestigiosos críticos y jurados en concursos internacionales.

El proyecto se expandió y sumó otra bodega en Cafayate, Amalaya. Entre ambas conforman un grupo que produce 1.800.000 litros de vino por año, de los cuales un 45% se exporta a 40 países.

Las plantas de Santa Jacoba, mientras tanto, siguen allí, mirando a los cerros, esperando para brotar una vez más en primavera, testigos mudos de siglos de historia.