- Entre fines del siglo XIX y mediados del XX, Argentina recibió una de las mayores olas inmigratorias de la historia moderna.
- Qué se puede ver hoy de aquella gesta, de italianos y españoles a galeses, escandinavos, rusos o suizos.
Afines del siglo XIX y comienzos del XX, la Argentina recibió una de las corrientes inmigratorias más grandes de la historia. Millones de personas llegaron principalmente desde Europa y Medio Oriente escapando de guerras, persecuciones, crisis económicas, o en busca de oportunidades para un futuro mejor.
Entre 1880 y 1945 fueron unos 6 millones los inmigrantes que ingresaron a las fronteras de nuestro país, y hacia 1895 los llegados de horizontes lejanos representaban el 25,5% de la población de la Argentina, en lo que representó una de las corrientes migratorias más importantes de la historia moderna, y la segunda más grande de la época después de la de que recibió Estados Unidos.
La gran mayoría llegó desde Italia y España, en ese orden: expresado en números redondos, fueron poco más de dos millones de italianos -aunque no todos se establecieron definitivamente- y 1,4 de españoles, quienes conformaron la gran mayoría del total de inmigrantes.
Sin embargo, llegaron también desde muchos otros países, como alemanes del Volga (de Rusia), galeses, judíos ashkenazíes (también llegados de Rusia), sirio-libaneses, suizos, polacos, ucranianos, finlandeses y de varias otras nacionalidades, quienes se integraron a la sociedad quizás como en ningún otro lugar, construyeron la identidad cultural del país y dejaron profundas huellas que se pueden rastrear hasta hoy.
En forma simultánea con su llegada y adaptación, el país vivía una acelerada transformación, con millones de hectáreas puestas en producción, miles de kilómetros de vías férreas que comenzaron a atravesar campos, llanuras y montañas; la construcción de importantes puertos y la instalación de redes de electricidad, agua y gas, al tiempo que se producía una expansión urbana que modificó definitivamente el perfil de muchas ciudades.
De Buenos Aires a todo el país
La gran puerta de entrada de los inmigrantes fue el Puerto de Buenos Aires. Allí, en el actual Hotel de Inmigrantes -hoy convertido en museo- comenzaba una nueva vida para familias enteras que luego se dispersaban hacia distintas regiones del territorio. Algunos se instalaron en las grandes ciudades; otros fundaron colonias agrícolas, pueblos y cooperativas en la llanura pampeana, la Patagonia, el Litoral o el norte argentino.
Inmigrantes europeos llegando al país a principios del siglo XX, y en una comida en el Hotel de Inmigrantes. Fotos: Archivo General de la Nación
Más de un siglo después, muchas de esas historias siguen vivas en la arquitectura, la gastronomía, las fiestas populares, los idiomas, las iglesias, los clubes y las tradiciones que todavía conservan los descendientes de aquellos inmigrantes.
Y en tiempos en que el turismo busca cada vez más experiencias ligadas a la identidad y la memoria, empiezan a ganar interés las rutas que permiten recorrer esa herencia cultural: desde las colonias galesas de Chubut hasta los pueblos alemanes de la provincia de Buenos Aires, Córdoba o la Patagonia; de las huellas de los judíos llegados de Rusia a Entre Ríos a partir de 1892 hasta la “Pequeña Siria” -La Angelita, en la provincia de Buenos Aires- o las colectividades nórdicas de Misiones.
Una larga historia que se inició en 1825 con los primeros inmigrantes llegados desde Escocia e Inglaterra -la historia de los “gauchos escoceses” puede reconstruirse en Chacomús- , junto con los primeros irlandeses y vascos, hasta la última (o más reciente), de los japoneses que llegaron en su mayoría entre las décadas de 1920 y 1960 y dieron origen a colonias en Misiones, Mendoza y La Plata.
O los armenios, llegados en su mayoría luego del genocidio de 1915 y que fundaron escuelas, clubes y restaurantes especialmente en Buenos Aires, Córdoba y Rosario.
Aquí, algunas de aquellas épicas epopeyas de quienes lo dejaron todo -casa, familia, trabajo, una vida- para cruzar el planeta en búsqueda de un futuro mejor. Historias que pueden conocerse y reconstruirse, al tiempo que se disfruta de paisajes e historias de la Argentina.
La ruta de los colonos: por la Patagonia galesa
Apenas desembarcaron del velero Mimosa en las costas de Puerto Madryn, en julio de 1865, los colonos galeses vieron que la Patagonia no era como la imaginaban. Habían partido de Liverpool buscando tierras para trabajar y una comunidad donde preservar su lengua y sus tradiciones, y encontraron una geografía árida, ventosa y hostil.
Más de 160 personas -familias enteras, chicos y jóvenes- comenzaron entonces una larga travesía hacia el valle del río Chubut, siguiendo inicialmente un recorrido que hoy puede reconstruirse entre Puerto Madryn, Rawson y Trelew.
“El barco llegó a una zona muy desértica, así que partieron hacia el sur, en busca del río y de agua para las chacras. La mayoría fue caminando por la meseta, porque tenían muy pocos caballos”, cuenta Fabio Trevor González, descendiente de colonos y director del Museo Histórico Regional de Gaiman. Aquel trayecto inicial, entre el mar y el valle, es hoy uno de los ejes de la “Ruta de los Galeses” de Chubut.
En Madryn, el Museo del Desembarco recuerda la llegada del Mimosa y reconstruye el viaje desde Gales. De allí, la ruta sigue a Rawson y Trelew, ciudades nacidas al calor de aquellas primeras chacras junto al río. “El gobierno le dio una chacra a cada familia”, explica González.
El corazón de la herencia galesa aparece unos km tierra adentro, en Gaiman. Las capillas protestantes protegidas por álamos, los viejos caminos rurales y las casas de té conservan su atmósfera singular.
“Por muchos años se trató de mantener el idioma, y ahora hay un esfuerzo nuevo con escuelas que enseñan galés”, dice González. También sobreviven las celebraciones del Eisteddfod, el histórico festival coral y literario galés, que se hace en todas las colonias, en distintas fechas en cada una.
Y las casas de té, nacidas como espacios de reunión comunitaria, se convirtieron en uno de los grandes atractivos turísticos de la zona. “Hay que saber cocinar”, dice González entre risas al explicar por qué muchas de ellas cerraron, en tanto otras se mantienen desde hace décadas. Algunas funcionan en viejas chacras rurales; otras, en el corazón del pueblo.
Más al oeste, la ruta continúa por los asentamientos galeses de Dolavon y 28 de julio hacia Trevelin, al pie de la cordillera y fundada en 1888 como Colonia 16 de Octubre.
Allí todavía está el viejo molino que dio nombre al pueblo -Trevelin significa “pueblo del molino”- y varios museos reconstruyen la epopeya de los colonos que cruzaron la estepa en busca de tierras fértiles; entre ellos, el molino Nant Fach (“arroyo pequeño”), a cargo de Mervyn Evans, bisnieto del pionero Thomas Dalar Evans, quien se estableció en la zona en 1894.
Más de un siglo y medio después del desembarco, la Patagonia galesa sigue viva en himnos que se cantan en antiguas capillas protestantes, en la ceremonia del té con mesas rebosantes de torta negra y panes caseros, en caminos rurales bordeados de álamos, en apellidos repetidos a lo largo del valle -Jones, Evans, Thomas, Williams y tantos otros- y en una identidad que la región conserva con orgullo.
Del hielo azul a la tierra colorada: la huella finlandesa
En medio de la selva misionera, entre yerbatales, caminos de tierra roja y aldeas levantadas por inmigrantes llegados de tierras lejanas y frías, todavía late una historia poco conocida: la de los finlandeses que llegaron a principios del siglo XX buscando construir una nueva vida.
Oberá, donde se asentaron inmigrantes de numerosas nacionalidades, celebra cada año la Fiesta Nacional del Inmigrante. Fotos: Federación de Colectividades de Oberá.
Buena parte de esa memoria sigue viva en algunas localidades como Apóstoles, LN Alem y especialmente Oberá, donde hoy la colectividad nórdica mantiene tradiciones, idioma, danzas y recetas heredadas de sus abuelos.
“Somos argentinos y amamos esta tierra, pero también sentimos un enorme respeto y cariño por la tierra de nuestros antepasados”, resume Hugo Sand, cónsul honorario de Finlandia en Oberá y referente de la colectividad en la región.
La historia comenzó el 12 de mayo de 1906, cuando 113 finlandeses partieron de Helsinki en el barco Linnea. Finlandia atravesaba entonces tiempos difíciles, bajo dominio sueco y ruso, y muchos emigrantes eran librepensadores, anarquistas o campesinos que soñaban con una sociedad distinta.
Primero intentaron instalarse en la Patagonia, pero el clima los decidió a cambiar de rumbo. Tras pasar por Buenos Aires y Posadas, se internaron en la selva misionera.
Aquellos pioneros descubrieron la yerba mate gracias a los guaraníes y encontraron en el centro de Misiones las tierras rojas ideales para cultivarla. En esa migración abrieron un sendero de unos 40 km que aún existe y hoy buscan convertir en sitio histórico: la Picada Finlandesa, que une Bonpland con Yerbal Viejo, actual Oberá.
Con el tiempo llegaron también suecos, suizos, italianos, alemanes, portugueses, rusos, ucranianos y más; y esa mezcla de culturas dio origen a una de las celebraciones más emblemáticas del país: la Fiesta Nacional del Inmigrante, que cada septiembre transforma al Parque de las Naciones de Oberá en una ventana al mundo.
Allí, más de una decena de colectividades recrean sus tradiciones con casas típicas, comidas, música y bailes.
También sobreviven otros rastros: cementerios perdidos en la selva donde descansan los primeros colonos, un monumento al barco Linnea en Caá Yarí y relatos familiares cargados de emoción.
En 2017, durante el centenario de la independencia finlandesa, Sand viajó con otros descendientes a conocer la tierra de sus bisabuelos. “Llegué a la isla de donde había salido mi familia. La casa estaba abandonada, tomada por la naturaleza. Sentí que era un círculo que se cerraba”, recuerda.
De los Alpes a las llanuras: suizos en Baradero y Esperanza
Mucho antes de que la inmigración europea transformara grandes regiones de la Argentina, un pequeño grupo de familias suizas llegó a las orillas del río Baradero para fundar una experiencia pionera. Era febrero de 1856 y el país aún buscaba organizarse políticamente. Sin embargo, aquellas decenas de inmigrantes terminarían dejando una huella profunda que hoy puede recorrerse en antiguas casonas, museos y celebraciones tradicionales.
“La colonia de Baradero fue una de las primeras experiencias agrícolas inmigratorias exitosas del país”, explica Néstor Braillard, integrante de la Sociedad Suiza de la ciudad bonaerense.
La Casa Suiza de Baradero, donde se asentó una de las primeras colonias del país. Y Una cena en el Teatro Suizo de Baradero. Fotos: Sociedad Suiza de Baradero.
Las primeras familias partieron de la región francófona de Friburgo, golpeada entonces por crisis económicas, conflictos internos y los cambios de la revolución industrial.
Su destino original no era Baradero: habían intentado sumarse a un contingente rumbo a Santa Fe, pero al llegar al puerto se encontraron con que el cupo del barco ya estaba completo. Igualmente, aunque su destino en el país no estuviese asegurado, decidieron embarcarse en otro buque.
La historia cuenta que desembarcaron en Buenos Aires y, casi por casualidad, conocieron al alemán Germán Frers, que vivía en Baradero, quien les propuso instalarse allí. El municipio buscaba agricultores que trabajaran la tierra y el acuerdo se firmó el 4 de febrero de 1856. Así nació la Colonia Suiza.
En pocos años el crecimiento fue explosivo: llegaron cientos de nuevos inmigrantes y la zona se convirtió en un polo agrícola y lechero. Los suizos introdujeron además formas cooperativas de trabajo que marcarían a toda la región. “Traían una cultura muy vinculada con la solidaridad y las asociaciones”, señala Braillard.
Hoy, gran parte de esa herencia puede verse en la Casa Suiza, inaugurada en 1899 y convertida en uno de los símbolos históricos de la ciudad. Allí funcionan un museo, archivos históricos y salones donde aún se celebran fiestas tradicionales, como el Día Nacional Suizo, cada agosto, con comidas típicas como el chucrut garnie y la participación de autoridades diplomáticas.
Recorrer el actual barrio Colonia Suiza también permite descubrir antiguas casas rurales, caminos ondulados cerca del río Arrecifes y establecimientos ligados a la producción láctea y quesera, actividad en la que varias familias obtuvieron premios nacionales.
El Chalet Suizo de Esperanza fue inaugurado en 1891. Jóvenes participan de la Fiesta Provincial y Nacional del Folklore Suizo. Fotos: Asociación Suiza Guillermo Tell
Los suizos que sí llegaron a Santa Fe lo hicieron principalmente a Colonia Esperanza, la “pequeña Suiza” ubicada en el centro de esa provincia. Entre campos agrícolas y pueblos tranquilos, Esperanza conserva una de las historias inmigratorias más fuertes de la Argentina.
Fundada en 1856, suele ser considerada la primera colonia agrícola organizada del país: un proyecto en el que familias europeas recibieron parcelas para trabajar la tierra y construir una nueva vida.
“Los organizaron en parcelas, de un lado los que hablaban alemán y del otro los que hablaban francés”, cuenta Luis Megevand, referente de la Asociación Suiza Guillermo Tell y descendiente de los primeros colonos. Fueron 258 los suizos llegados ese año, en su mayoría provenientes del cantón de Valais.
La huella suiza todavía atraviesa buena parte de la ciudad. El símbolo más visible es el Chalet Suizo, construido en 1891 por la Asociación Guillermo Tell, una entidad creada por los inmigrantes para reunirse, compartir comidas, bailes y mantener sus tradiciones.
“Ese chalet fue durante décadas el lugar donde se realizaban eventos y actividades sociales”, explica Megevand. Más tarde el edificio alojó escuelas técnicas y hoy funciona como centro cultural y sede de actividades institucionales.
El recorrido por la herencia inmigratoria incluye además el Museo de la Colonización, cervecerías artesanales, fiestas populares y restaurantes con platos típicos. En la sede de la colectividad funciona también “La Esquina Suiza”, un espacio gastronómico abierto todo el año donde se sirven comidas tradicionales y, durante el verano, funciona un patio cervecero.
La ciudad mantiene además un intenso calendario cultural. La Fiesta de las Colectividades reúne cada año a descendientes de suizos, italianos, alemanes, sirio-libaneses y luxemburgueses, entre otros grupos que marcaron la identidad de la región. La Asociación Guillermo Tell sostiene además cuerpos de baile, talleres culturales y un museo histórico inaugurado en 2022.
“Hoy el gran desafío es el recambio generacional”, admite Megevand. Por eso impulsan proyectos para acercar a chicos y adolescentes, como el Swiss Camp, un encuentro nacional juvenil que el año próximo tendrá sede en Esperanza.
Más de un siglo y medio después de la llegada de los colonos, la ciudad sigue haciendo honor a su nombre: una comunidad nacida del trabajo inmigrante que aún conserva parte de sus raíces europeas.
Las raíces árabes del NOA: patios, sabores, danzas y palabras
A fines del siglo XIX comenzaron a llegar al norte argentino miles de inmigrantes sirios y libaneses que escapaban del Imperio Otomano, las persecuciones religiosas y, luego, de las guerras. Muchos se instalaron en Salta, Tucumán y Jujuy porque el paisaje les recordaba a sus lugares de origen. Más de un siglo después, esa herencia late en la arquitectura, la gastronomía, el comercio y hasta en las palabras cotidianas.
“Se les decía turcos porque llegaban con pasaporte otomano, pero en realidad venían huyendo de ellos”, explica Hawa Denia Isa, presidenta de la Asociación Sirio Libanesa de Salta, que tiene el orgullo de ser la primera presidenta mujer de la institución en sus 106 años de vida.
La antigua y la nueva sede de la Unión Sirio Libanesa de Salta.
La primera gran ola migratoria estuvo integrada sobre todo por cristianos ortodoxos; luego llegaron también familias musulmanas, especialmente después de la Primera Guerra Mundial y durante la guerra civil libanesa.
Muchos comenzaron como vendedores ambulantes recorriendo los paisajes del norte, porque “traían una tradición comercial muy antigua, ligada a las caravanas y el comercio del desierto”, dice Hawa. Desde almacenes en ciudades como Salta o Tucumán, los inmigrantes recorrían los valles ofreciendo mercadería puerta a puerta.
Las huellas árabes aparecen también en el paisaje urbano salteño. “Las galerías, los patios internos, los arcos ojivales y los aljibes tienen una influencia hispano árabe enorme”, explica. En torno a la Plaza 9 de Julio abundan detalles heredados de la tradición andalusí llegada desde España: rejas, azulejos y patios organizados alrededor del agua.
El legado atraviesa además el idioma cotidiano. “Todo lo que empieza con ‘al’ viene del árabe”, dice Hawa. Palabras como almacén, aduana, tarifa, azúcar, aceite o arroz forman parte de una herencia cultural muchas veces inadvertida.
Hoy, uno de los principales puntos de encuentro de la comunidad es la Asociación Sirio Libanesa, fundada en 1920 en pleno centro salteño. Allí funcionan un restaurante árabe, actividades culturales, clases de idioma, danzas y hasta un archivo histórico inaugurado este año.
“Siempre honramos la memoria de nuestros abuelos. Encontraron esta tierra, pero jamás olvidaron sus raíces”, afirma Hawa. Y dice que el gran desafío es acercar a los jóvenes y mantener viva una tradición milenaria. “Las raíces no te detienen, te sostienen”, resume.
A partir de 1950, y especialmente en las décadas de 1980 y 1990, el país recibió una nueva ola inmigratoria, la de países de Sudamérica y especialmente limítrofes, que hizo que hoy la mayor cantidad de inmigrantes en nuestro país sean de Paraguay, Bolivia y Venezuela.
Pero esta ya es otra historia, una actual y aún inconclusa, que continúa escribiéndose día a día.