“Yo nunca fui a New York/ no sé lo que es París…”, sobre el tema de Charly García y los viajes de una escritora.
Una de las cosas que me motivó a ser escritora fue viajar. Los escritores viajan, me decía yo, a dar conferencias y cursos, a recibir premios, a congresos de escritores en lugares lejanos y todas esas cosas. Es evidente que mi objetivo era muy del siglo XX porque en el XXI con las desgracias que pasa la cultura en muchos países, promocionarla no es lo más típico que ocurre. Supongo que algo de esto también puede haber decidido las carreras de investigadores médicos y científicos, psicoanalistas, politólogos, etc.
Básicamente, yo no quería sentirme como la hija de la lágrima. Me refiero a ese magnífico tema de Charly García perteneciente a un álbum aun más magnífico que se llama igual. La canción en cuestión comienza diciendo: “Yo nunca fui a New York/ no sé lo que es París…” . Viajé al exterior por primera vez en 1999, a la ciudad de Caracas para recibir un premio por un cuento para niños “Historia de Pollito Belleza” entregado por la editorial Monte Ávila. El director Alexis Márquez me esperó con un ramo de rosas para darme la bienvenida y yo me eché a llorar de emoción.
Después, durante varios años, fue moverme aquí y allá, más que nada a España, y entonces nació mi hija.
Cualquier profesional del género que sea, que haya dado a luz durante su carrera o criado a sus hijos, sabe que debe hacer un impasse. Muy difícil moverse en el puerperio, y los primeros meses son para adaptarse al vínculo, no para andar por Europa. Ojo, digo esto, pero hay quienes lo hacen y lo llevan muy bien. No dudo de que son la excepción. Con el padre de mi hija nos organizábamos en la alternancia y uno viajaba y el otro cuidaba a la niña. Hasta que una vez, en el aeropuerto de San Francisco, hubo una alarma de bomba y el viaje de vuelta se suspendió por dos días. De esta manera, el viaje se prolongó más tiempo del esperado, recibí los reclamos airados del padre de mi hija, ya exmarido, y sentí que debía detenerme. O la llevaba conmigo, o no viajaba. Se dice pronto, porque en realidad, cuando empezó la escuela no era cuestión de hacerla faltar a clase, así que durante sus años de escuela, debía arreglar con mi exmarido y con la niñera. Cuando regresaba de un viaje, contaba lo habido y era más lo que debía a la niñera y de gastos fortuitos que lo que ganaba yo.
Sin embargo, nunca apreté el freno. Uno de mis primeros maestros, Mauricio Kartún, siendo muy jovencita me aconsejó: “Cuando viajás no te traés sólo lo que te traés, sino que también te traés historias”. Insisto, porque no quiero que suene a algo propio de los artistas, también un médico se trae nuevas historias y miradas para su profesión de sus viajes. Lo hago siempre que puedo: en mi familia decían que tenía pata de perro.
Y al final resulta como me pronosticó mi maestro: hay paisajes, historias, sabores, olores, de diferentes lugares que se quedaron conmigo y hoy son parte de mí.
¿Les pasa a ustedes?