Aspire Space Technologies ha diseñado un nuevo tipo de cohete totalmente reutilizable para competir con SpaceX. El Oryx usa motores que antes eran imposibles gracias a la impresión 3D y su diseño, creado íntegramente por la inteligencia artificial de
"El desarrollo del motor que tenemos ahora probablemente habría llevado siete años y hasta quinientos millones de dólares", me cuenta Stan Rudenko por videollamada desde Abu Dabi. "En nuestra colaboración, básicamente nos ha llevado medio año... y ya tenemos una primera versión. Es alucinante".
Rudenko es el director ejecutivo de Aspire Space Technologies, y la colaboración de la que habla es con Leap 71, la empresa emergente de ingeniería computacional con sede en Dubái fundada por la ingeniera aeroespacial Josefine Lissner y el empresario Lin Kayser. Han formado una alianza casi de ciencia ficción: un equipo compuesto por las leyendas del programa espacial soviético —ingenieros que construyeron el legendario cohete Energía y el transbordador espacial totalmente autónomo Burán— unen fuerzas con un programa informático de inteligencia artificial autónomo y HBD, una empresa de fabricación aditiva de metales en gran formato con sede en Shanghái. ¿Su objetivo? Construir un cohete orbital totalmente reutilizable.
Si lo logran, podrían convertirse en la mayor amenaza para el cuasimonopolio de SpaceX en la economía espacial comercial. Planean hacerlo no copiando la enorme Starship de Elon Musk, sino resucitando el sueño aeroespacial de hace décadas: el 'aerospike' o motor de tobera aerodinámica —un motor de cohete que usa un cono de escape en lugar de una campana, lo que le permite funcionar a cualquier altitud— e instalándolo en el Oryx, un vehículo de dos etapas que abaratará los lanzamientos espaciales respecto a lo que hay disponible en la actualidad. Si todo funciona y cumplen su calendario —desde su prueba de motor a escala real a finales de 2026 hasta su primer vuelo en 2031—, el Oryx será el primer cohete totalmente reutilizable de la historia. Es mucho suponer, ya que no hay garantías de que nada funcione a la primera en esta industria, pero tanto Rudenko como Kayser confían en que todo saldrá según lo planeado.
Por qué importa tanto
Para entender por qué esto es tan importante, hay que analizar el mercado actual de lanzamientos. Ahora mismo hay un número muy limitado de lanzamientos porque las leyes de la física orbital establecen un límite por puerto espacial, y hay un número muy reducido de ellos en todo el mundo: 28 en este momento, casi la mitad controlados por Estados Unidos y el resto por China y Rusia, con Japón, Europa e India controlando uno cada uno. Ahora mismo, se fabrican unos 2.400 satélites al año, sin contar los propios de SpaceX. Seiscientos de ellos no pueden lanzarse. Las empresas de satélites se enfrentan a plazos de espera de entre 18 y 24 meses para conseguir huecos de lanzamiento. Esto solo va a empeorar a medida que crezca la industria espacial, según los analistas.
Además, las empresas privadas de lanzamiento más activas hoy en día, SpaceX y Blue Origin, están acaparando capacidad para sus propias megaconstelaciones. "Starship lanzará los centros de datos de Elon y no los de StarCloud", señala Rudenko, quien destaca que el mercado comercial de lanzamientos se está integrando verticalmente de forma peligrosa. Hay un mundo enorme fuera de Estados Unidos y China —las empresas chinas también utilizan su capacidad de lanzamiento para sus propios satélites— ávido de huecos de lanzamiento.
La respuesta de Musk para todo es Starship, un cohete que es el doble de potente que el Saturno V, mide 120 metros de altura y consume 4,5 millones de litros de combustible en cada lanzamiento para poner entre 100.000 y 136.000 kilogramos de satélites en órbita. Dado que un satélite típico pesa entre 500 y 900 kilogramos, este aparato es demasiado grande para que resulte rentable en muchas operaciones comerciales. Es el equivalente a un gigantesco camión articulado que tienes que llenar por completo de pequeños paquetes de Amazon antes de que tenga sentido conducirlo. Será fantástico para desplegar en masa las legendarias constelaciones masivas de servidores de inteligencia artificial y satélites Starlink de SpaceX. O para ir a la Luna y a Marte. Pero integrar entre 136 y 170 satélites de terceros en un solo lanzamiento de Starship será una pesadilla operativa.
"Hay Boeing 747 y Airbus A380, pero en realidad hay más aviones pequeños porque necesitas ser más flexible una vez que tienes una economía que funciona de verdad", me cuenta. Aspire está construyendo un vehículo de lanzamiento llamado Oryx que compite en capacidad de carga con el Falcon 9 de 70 metros de altura. Este último alcanza el punto óptimo para las cargas comerciales: con 17.200 kilogramos de carga total, puede acomodar holgadamente un puñado de satélites medianos, además de un número variable de satélites más pequeños.
Ahora mismo, la etapa superior del Falcon 9 es desechable y solo la etapa impulsora principal regresa a la Tierra. En la actualidad, el precio de lanzamiento por kilogramo oscila entre los 2.500 y los 3.000 dólares, lo que lo convierte en la forma más barata de alcanzar la órbita. El Oryx, promete Rudenko, reducirá el precio de lanzamiento al hacer que todo el cohete sea reutilizable. Las estimaciones de la empresa afirman que el Oryx reducirá los precios de lanzamiento a la asombrosa cifra de 200 dólares por kilogramo, superando a Musk por un factor de más de 10.
Cómo funciona Oryx
El Oryx es un sistema de transporte espacial de dos etapas totalmente integrado y reutilizable, diseñado para vuelos de reacondicionamiento rápido. Basándose en el ADN de carga pesada del programa soviético Burán-Energía en el que trabajaron sus ingenieros hace décadas, la arquitectura se apoya en diez motores de metano líquido y oxígeno líquido (metalox). Cinco grandes motores de 1.000 kilonewtons empujan el propulsor de la primera etapa desde la plataforma, mientras que cinco motores de 200 kilonewtons toman el relevo para empujar la etapa superior hasta la órbita. Visualmente, el Oryx parece sacado de una nave espacial moderna de ciencia ficción. No se parece a nada que hayamos visto en la historia de los vuelos espaciales reales. Situada sobre su primera etapa, no es ni una cápsula frágil encaramada en un cilindro desechable como la Dragon ni la bala plateada de Starship.
Aunque su primera etapa es el equivalente funcional al Falcon 9, la verdadera innovación ocurre en la parte superior. La etapa superior no es solo un contenedor de carga que transporta satélites como el que utiliza el caballo de batalla de SpaceX. Llamada D2 Cargo, es una nave espacial autónoma que luce patas de aterrizaje y aletas aerodinámicas. No se parece en nada a una etapa de cohete tradicional, sino más bien a una nave de The Expanse, una serie de ciencia ficción ambientada en un futuro donde la humanidad ha colonizado todo el sistema solar.
En la serie de televisión, las naves espaciales siguen una filosofía minimalista acorde con los principios de diseño de Dieter Rams. Su forma obedece a su función, pero el resultado final son formas estéticamente agradables y elegantes que cumplen los requisitos para las operaciones orbitales y la reentrada y, al mismo tiempo, son una danza de superficies lisas que realmente transmiten la sensación de pertenecer al futuro. Es la antítesis de Starship, que tiene el aspecto retrofuturista de bala puntiaguda de acero inoxidable pulido de los viejos y caricaturescos vehículos de Flash Gordon.
Aspire pretende hacer volar el Oryx de tres maneras. Una, en un modo tradicional totalmente prescindible —donde la etapa superior se desintegra en la atmósfera o se estrella en el mar— transportando 15 toneladas métricas a la órbita terrestre baja. Dos, si aterrizan el propulsor como un Falcon 9, puede transportar 12,5 toneladas. Pero el objetivo final —el modo totalmente reutilizable— permite a la D2 Cargo llevar 3 toneladas de carga a la órbita, maniobrar, repostar estaciones espaciales o actuar como un laboratorio flotante independiente para la investigación farmacéutica y de semiconductores, y luego hacer volar de forma segura su carga de 3 toneladas de vuelta a la Tierra para ser utilizada de nuevo.
El sueño de la tobera aerodinámica
Hacer que una etapa superior del tamaño del Falcon 9 sea totalmente reutilizable es un problema de física complicado. Tienes que llevar motores que funcionen en el vacío del espacio, además de motores que funcionen al nivel del mar para aterrizar la nave. Starship soluciona esto simplemente siendo gigantesca: literalmente lleva dos conjuntos de motores, absorbiendo el enorme lastre de peso. Una nave más pequeña no puede permitirse ese peso muerto.
La solución elegante es el motor de tobera aerodinámica. "Tiene la misma eficiencia cuando está en el espacio, pero también le permite aterrizar en la Tierra", explica Kayser. Básicamente, la nave desciende, se detiene con la potencia de su propio escape, se mantiene suspendida durante un segundo y aterriza suavemente. Este tipo de motor es en realidad más ligero y significativamente más eficiente que un motor de vacío. Esta eficiencia proviene de su forma.
A diferencia de las toberas convencionales en forma de campana a las que todos estamos acostumbrados, este motor actúa como un propulsor invertido. Canaliza el escape supersónico a lo largo de un cono central que empieza ancho y termina en punta, muy parecido a un cucurucho de helado ligeramente cóncavo. Esta forma permite que los gases en expansión se ajusten de forma natural a la presión atmosférica.
Por eso este diseño ha sido el Santo Grial de los vuelos espaciales durante décadas. La NASA se pasó años y gastó millones de dólares intentando que funcionaran en la década de 1990 con el programa X-33. Fracasaron. El problema era que la punta central está situada en medio de gases de escape a 3.000 °C y derretía el metal sin remedio.
Aquí es donde la inteligencia artificial acudió al rescate. En lugar de ingenieros humanos intentando dibujar manualmente canales de refrigeración interna imposiblemente intrincados en programas de diseño asistido por ordenador, Leap 71 utiliza un modelo de inteligencia artificial propio llamado Noyron. Noyron es esencialmente un 'Jarvis' del mundo real: el asistente e ingeniero de inteligencia artificial de Tony Stark en las películas de Iron Man. El modelo de inteligencia artificial computacional incorpora principios de termodinámica, dinámica de fluidos y restricciones de fabricación descubiertas en décadas de investigación en cohetería por parte de Estados Unidos y la Unión Soviética.
Hace apenas unos meses, Leap 71 se asoció con el fabricante afincado en Shanghái HBD para imprimir en 3D el XRA-2E5, un motor de tobera aerodinámica monolítico de metalox capaz de generar 20 toneladas de empuje, como el Blue Origin BE-3U en la etapa superior del cohete New Glenn de Jeff Bezos. Noyron diseñó de forma autónoma los intrincados sistemas de refrigeración regenerativa por los que circulan el oxígeno líquido criogénico y el metano que alimentan el motor para enfriar la punta y la cámara de combustión. HBD utilizó una enorme impresora de diez láseres para fabricar el motor de un metro de altura con una superaleación llamada Inconel 718 en apenas 289 horas. Es el motor impreso en 3D de este tipo más grande jamás fabricado, y demuestra que Noyron puede escalar hasta alcanzar un empuje de clase orbital.
Hora de encender los motores
Pero tener una hermosa y perfecta pieza de metal impreso en el suelo de una feria de muestras es muy diferente a resistir 20 toneladas de explosiones controladas. Aunque ya probaron con éxito motores creados por Noyron en el año 2025, Kayser me cuenta que el XRA-2E5, más grande y de 99 centímetros de altura, fue una prueba de fabricación para demostrar que el proceso de impresión en 3D no fallaría estructuralmente. El motor real para la prueba de encendido es el próximo objetivo en el que están trabajando.
Su mayor problema no es la inteligencia artificial, la física ni las impresoras, sino encontrar el lugar de pruebas adecuado. "Ahora podemos diseñar estas cosas mucho más rápido de lo que en realidad podemos construir la infraestructura para probarlas", admite Kayser. Encontrar un banco de pruebas y una planta de propulsantes capaces de manejar un motor de metalox de 200 kilonewtons es una empresa gigantesca. Las instalaciones de pruebas son su principal cuello de botella.
Para solucionar esto, necesitan construir nueva infraestructura de pruebas desde cero o tomar prestada la de otro. Kayser afirma que el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos está muy interesado en apoyar la construcción de un lugar de pruebas exclusivo en el desierto. Construir una planta de propulsantes de alta capacidad lleva mucho tiempo. Por eso Leap 71 está estudiando activamente Baikonur, en Kazajistán —que todavía alberga infraestructura aeroespacial pesada de la era soviética—, para ver si pueden utilizar sus instalaciones actuales solo para lograr que el motor se encienda este mismo año.
Pero mientras la situación del banco de pruebas de motores sigue en fase de negociación, la plataforma de lanzamiento real para el cohete Oryx de Aspire ya está asegurada. Aspire ya dispone de una plataforma de lanzamiento en Baikonur. Operar desde el histórico cosmódromo donde los soviéticos construyeron su imperio espacial es importante. En primer lugar, Rudenko y su equipo llevan Baikonur en la sangre. De hecho, su padre dirigió el puerto espacial. Ahora, una nueva generación de ingenieros exsoviéticos regresa a las estepas kazajas para probar una nave espacial decididamente propia del siglo XXI.
Baikonur también proporciona una enorme ventaja operativa sobre SpaceX. Los cohetes de Musk despegan desde la costa de Estados Unidos. Para ahorrar combustible, SpaceX prefiere aterrizar el propulsor del Falcon 9 en el océano sobre un buque plataforma autónomo, lo cual es un quebradero de cabeza logístico. Si quieren que el propulsor regrese a tierra, es necesario un gran gasto de combustible para dar la vuelta al cohete en pleno vuelo.
La arquitectura de Aspire evita esto por completo al utilizar la enorme geografía vacía de las estepas y la logística heredada del sistema ferroviario soviético. Cuando se lance el Oryx, la etapa superior D2 Cargo desplegará su carga en órbita y, al final, volará de regreso a la plataforma de lanzamiento. Pero el propulsor de la primera etapa no desperdiciará combustible dando la vuelta.
"Lo que podemos hacer en Kazajistán es volar siguiendo la trayectoria, aterrizar en el desierto y volver en tren al lugar de lanzamiento", explica Rudenko. Simplemente dejas caer el propulsor en un tramo vacío del desierto, lo cargas en un vagón de tren y lo llevas a casa. "No tienes que lidiar con las operaciones, los turnos, las olas y las salpicaduras de agua salada. Todas estas cosas en realidad no son nada buenas para los cohetes".
Cuenta atrás final
"Nuestro próximo gran hito es en 2028", me cuenta Rudenko. "Vamos a hacer una prueba de salto de nuestra nave espacial de segunda etapa". La empresa planea lanzar la nave D2 Cargo de 16 metros de altura desde Baikonur, impulsarla hasta una altitud de casi 1 kilómetro con la potencia del motor de tobera aerodinámica de Leap 71, mantenerla suspendida en el aire y hacerla descender suavemente de vuelta a la plataforma. Es el mismo tipo de vuelo de prueba a baja altitud que SpaceX utilizó para validar la arquitectura de Starship, probando el programa informático, el sistema de propulsión y los sistemas de aterrizaje de una sola vez.
Si la prueba de salto funciona, allanará el camino para los vuelos de prueba orbitales completos previstos para 2031. Es un calendario muy ambicioso, pero Rudenko y Kayser están cien por cien seguros de que se logrará. De hecho, el primero afirma que hasta ahora van por delante de lo previsto en cada hito.
Y, sin embargo, el motor aún no ha escupido fuego, y los vuelos espaciales orbitales son famosos por ser implacables, como bien saben los ingenieros soviéticos. Pero con las estimaciones internas de Aspire sugiriendo que este sistema totalmente reutilizable podría reducir los costes de carga útil a la absurda cifra de 200 dólares por kilogramo, la motivación es indudable. Si esta improbable alianza de ingenieros de cohetes exsoviéticos e ingenieros de programas informáticos de inteligencia artificial logra sobrevivir al banco de pruebas, podríamos presenciar el surgimiento de una nueva potencia espacial. Una flota espacial ágil y de alta cadencia que puede rivalizar con Musk y Bezos de la misma manera que la Unión Soviética desafió en su día a Estados Unidos. Esta vez, con los todopoderosos chinos en la carrera, será sin duda una competición mucho más reñida. Es posible que esta vez no haya ganadores porque, sin importar quién se adelante en un principio, el mercado de lanzamientos y la futura economía espacial, la revolución tecnológica definitiva, serán lo suficientemente grandes para todos.