Con Messi, la selección siempre tiene una vida más, y ahora mira el Mundial con la convicción de ser imbatible

Con Messi, la selección siempre tiene una vida más, y ahora mira el Mundial con la convicción de ser imbatible

Este equipo no entiende de finales lógicos; la histórica remontada ante Egipto confirma que será muy difícil quitarle la corona

ATLANTA (Enviado especial).- No podía terminar así. No después de todo lo que construyó esta selección. No con Lionel Messi caminando cabizbajo hacia la mitad de la cancha, buscando una explicación mientras el Mundial, su Mundial, se le escurría entre los dedos. No con esta generación, la más importante de la historia, resignándose a una despedida que nadie estaba preparado para aceptar.

Durante 79 minutos, todo pareció roto. El equipo, el partido, el alma de los jugadores y también la de los miles de argentinos que otra vez coparon el estadio para acompañar a una selección que juega al fútbol con la misma pasión con la que lo viven sus hinchas. No había más. Porque Egipto estaba 2-0 arriba. Porque Messi había fallado un penal y jugaba su peor partido del Mundial. Porque Lionel Scaloni ya había partido el equipo, había llenado la cancha de delanteros y había asumido un riesgo casi suicida que, apenas un minuto después, terminó pagando con el segundo gol egipcio. Porque había jugadores abatidos, otros acalambrados y una sensación que hacía mucho tiempo no rodeaba a esta selección: la de que el final estaba llegando de verdad. Pero este equipo nunca entendió de finales lógicos.

El gol de Cristian Romero que encendió la esperanza argentina: el cordobés marcó el primer tanto de la remontada para el 3-2
El gol de Cristian Romero que encendió la esperanza argentina: el cordobés marcó el primer tanto de la remontada para el 3-2

Cuando parecía que ya no quedaban respuestas, volvió a aflorar aquello que lo convirtió en campeón del mundo y bicampeón de América. No fue una cuestión táctica. Ni física. Ni siquiera futbolística. En casi todos esos aspectos, Egipto fue mejor durante buena parte de la tarde. Fue una cuestión de carácter. De orgullo. De rebeldía. De ese amor propio que acompaña a este grupo desde hace años y que siempre aparece cuando todo parece perdido. Porque esta selección podrá jugar mejor o peor, podrá tener tardes brillantes o noches muy flojas, pero nunca deja de creer. Nunca deja de competir. Y siempre se las arregla para ganar.

Por eso Atlanta terminó siendo otra página inolvidable de este ciclo. Porque cuando daba la impresión de que ya no queda vida, Argentina encontró una más. Estaba al borde de la eliminación y terminó llevándose puesto a Egipto para construir una de las remontadas más emocionantes de los últimos tiempos, seguramente una de las más celebradas de la selección en un Mundial. El pitazo final encontró a los jugadores abrazados, a Scaloni con los ojos vidriosos, a Messi sonriendo entre las lágrimas y a miles de hinchas llorando en las tribunas. Esa imagen explica mucho mejor a este equipo que cualquier análisis táctico.

Leandro Paredes y Lisandro Martínez abrazan a Lionel Messi tras el gol del 2-2 parcial
Leandro Paredes y Lisandro Martínez abrazan a Lionel Messi tras el gol del 2-2 parcial

Es difícil de explicar lo que transmite esta selección. Tiene una extraña costumbre de caminar siempre por el borde del abismo. De sufrir más de la cuenta. De convertir la angustia en combustible. Parece caerse, parece quedarse sin respuestas, parece que el proceso más ganador de la historia empieza a apagarse. Y, sin embargo, siempre encuentra la manera de levantarse otra vez.

Ya no juega como en Qatar. Hace tiempo que perdió aquella fluidez. Ya no domina los partidos con la misma autoridad ni transmite esa sensación de equipo invulnerable que durante años intimidó a sus rivales. Pero conserva algo igual de valioso: ese fuego interior que distingue a los grandes equipos. Esa personalidad que nunca le permite dar nada por perdido.

Argentina llegó a perder 2-0 a 16 minutos del final, pero reaccionó a tiempo y terminó dándolo vuelta
Argentina llegó a perder 2-0 a 16 minutos del final, pero reaccionó a tiempo y terminó dándolo vuelta

Habrá tiempo para analizar todo lo que Argentina hizo mal. Porque antes del desahogo final, volvió a dejar dudas. Le costó imponer condiciones frente a un rival que le jugó de igual a igual y que, por momentos, fue superior. Le costó recuperar la pelota, generar juego y encontrar espacios. Le costó romper una defensa bien parada, que cerró los caminos por el medio y la obligó a jugar incómoda.

Lo que no se discute es la actitud. La selección mostró una versión más intensa que en los partidos anteriores. Presionó más arriba, recuperó algunas pelotas cerca del área rival y tuvo una actitud mucho más agresiva para disputar cada pelota. Pero le siguió faltando fútbol. Paredes le dio algo más de orden al mediocampo y permitió que Mac Allister jugara unos metros más adelantado, aunque tampoco alcanzó para cambiar el trámite de un partido que casi siempre se jugó como quería Egipto.

A la selección le costó todo ante Egipto, pero sacó a relucir su corazón de campeón y logró una victoria que será difícil de olvidar
A la selección le costó todo ante Egipto, pero sacó a relucir su corazón de campeón y logró una victoria que será difícil de olvidar

Argentina sintió el golpe del 1-0, ese centro cruzado que encontró a Ibrahim atacando el espacio entre los centrales, le ganó en el salto a Lisandro Martínez y metió un cabezazo imposible para Dibu Martínez. Tuvo la gran oportunidad para empatar cuando Tagliafico ganó la espalda de su marcador y recibió la infracción dentro del área. Messi acomodó la pelota con la calma de siempre. Respiró. Miró al arquero. Pateó cruzado. Y Mostafa Shobeir le adivinó la intención. El arquero estuvo a punto de convertirse en el gran villano de este grupo, aunque si Argentina quedaba afuera difícilmente hubiese sido señalado como el principal responsable.

El comienzo del segundo tiempo fue todavía más traumático. Sobre todo cuando Hassan armó una jugada extraordinaria por la derecha y asistió a Ziko, que definió para el 2-0. El gol, finalmente, fue anulado a instancias del VAR por una infracción casi imperceptible sobre Lisandro Martínez en el inicio de la acción. Pero Egipto siguió jugando igual. Sin miedo. Y tras otra salida rápida, Ziko dejó a Argentina al borde del abismo. Faltaban apenas 23 minutos.

Lionel Scaloni se llevó trabajo para casa, pero también una victoria que fortalece más que nunca al equipo para lo que viene
Lionel Scaloni se llevó trabajo para casa, pero también una victoria que fortalece más que nunca al equipo para lo que viene

Scaloni ya había quemado todos los papeles, con Cuti de nueve y cuatro delanteros en la cancha. Algunos jugadores caminaban con las manos sobre la cintura. Otros levantaban la cabeza para mirar el reloj. Solo se escuchaban los gritos de los egipcios. Y, sin embargo, nadie imaginaba que lo mejor todavía estaba por escribirse.

Pero el libro de esta selección siempre parece tener una página más. Y Messi fue el primero en entenderlo. Pocas veces se ve un cambio tan marcado en un jugador. Cambió la postura, la energía y hasta el lenguaje corporal. Fue como si hubiera decidido jugar el resto del Mundial en esos últimos 15 minutos. El centro a la cabeza de Romero encendió al equipo y también al estadio. Después, cuando Egipto más resistía, Messi la agarró de volea en el punto del penal, casi sin recorrido, y sacó un zurdazo que pegó en el travesaño antes de entrar. Y ya sobre el final, el cabezazo de Enzo Fernández desató la locura en Atlanta y en toda la Argentina. Messi no participó de ese gol. Pero sin él, nada de eso habría pasado.

Tendrá trabajo Scaloni, seguro. Porque al equipo otra vez le costó todo. Porque tuvo niveles flojos, porque volvió a sufrir en defensa y porque necesitó de un Messi otra vez descomunal para meterse entre los ocho mejores. Pero más deberán esforzarse los rivales. Porque se la puede poner contra las cuerdas, se la puede hacer sufrir y obligarla a jugar lejos de su mejor versión. Pero hay algo que este equipo jamás negocia: un corazón de campeón que nunca deja de latir.