- Valeria Ramírez (49) empezó a trabajar como playera en YPF e hizo carrera en la petrolera.
- Pero, por amor, hace tres años emigró a Dinamarca.
- Hoy vive en Aarhus, donde es la única que produce un producto emblemático de la pastelería argentina.
Aarhus es la segunda ciudad más grande de Dinamarca después de Copenhague. Y, sistemáticamente, es elegida como una de las más felices del mundo. El Happy City Index, que este año la colocó exactamente en el puesto 10 de la felicidad global, toma en cuenta un montón de variables. Pero seguramente se perdió de una: las medialunas argentinas.
En un departamento en la bella Aarhus, Valeria Ramírez amasa las verdaderas medialunas argentas. Esas esponjosas, aireadas, dulces. Y los daneses, cuenta, cuando las descubren las aman.
“Conocen el croissant y son bastante fieles a eso. Pero también son curiosos. Como el croissant es más salado, no se esperan el almíbar afuera. Cuando sienten la esponjosidad y el aire de la medialuna, les encanta. No hay uno que no me haya dicho que no le gusta”, dice a Clarín por teléfono.
La historia de Valeria es singular. Licenciada en administración en la UADE y master en finanzas, fue la primera graduada universitaria de su familia. Empezó a trabajar de muy joven como playera en una estación de servicio de YPF en Don Torcuato. “Todavía conservo el pin”, manda la foto por WhatsApp.
Dice que la primera enseñanza que le dejó su mamá fue trabajar y trabajar, y así de a poquito subió posiciones: repositora en la tienda, supervisora y jefa hasta que logró que su superiora le avisara de las búsquedas de la empresa. Al cuarto año, ingresó al área de recaudación y desde entonces fue haciendo carrera hasta tener una jefatura con dos equipos y 18 personas a cargo.
Pero en 2022, renunció. ¿La razón? El amor.
A su marido, a quien conoció en una historia de película romántica —viaje organizado con amiga a México, amiga la deja colgada, se va sola a Mendoza, se aburre, se pega la vuelta y en una posada a mitad de camino encuentra al amor de su vida—, le ofrecieron la posibilidad de transferirse en su empresa a Dinamarca.
Llevaban sólo un año de novios, pero se casaron en febrero de 2023 y se fueron a Dinamarca, con la condición de que ella tuviera una visa laboral “porque independiente ante todo”, aclara. “Pero mi trabajo profesional no lo encontré porque era una más del montón, y acá si no hablás danés la barrera es altísima. Me encontré con una vida de ocio, para la cual no estaba chipeada”, dice de ese difícil comienzo como inmigrante.
Con casi 50 años, Valeria se enfrentó al “gran desafío de positivizar el tiempo libre”. Se puso a aprender danés (“Es muy difícil, tenés que cursar dos veces por semana tres horas y estudiar por tu cuenta los días que no cursás”) y arrancó a amasar. “Empecé a cocinar, a encontrarme con cosas que nunca había hecho”, dice. Se inspiró en la receta del maestro panadero Juan Manuel Herrera para hacer medialunas “porque me gustaban, esto es como tener un pedacito de la Argentina acá, sentirse en casa”.
Los argentinos que viven en Aarhus son muy pocos, unos 300, contabiliza. Arrancó vendiendo sus medialunas en su grupo de amigos, pero fue creciendo con el boca en boca y, sin darse cuenta, “monté una empresa home made”. A su marido se le ocurrió geolocalizar la casa en Google, porque los daneses no usan WhatsApp ni Instagram, y así se inició la interacción virtual (tiene 5 estrellas en comentarios de Maps): la gente la contacta, encarga sus medialunas y pasa a buscarlas. Las hace más grandes que las nuestras porque “los daneses compran por unidad, no por docena, porque están acostumbrados a los croissants”, repite.
Su gran experiencia en finanzas le sirvió mucho para diseñar su negocio. Ella también se encarga de la imagen, del diseño, las redes y reforzó su formación estudiando a distancia la carrera de gastronomía en el IAG. Por eso, en las fotos exhibe con orgullo el uniforme reglamentario de los alumnos del instituto.
“¡Cuando tuve la clase de medialunas fue genial! Yo me lancé como una inconsciente total, es re difícil hacer una medialuna porque necesitás mucha práctica. Por eso es tan artesanal y el panadero se levanta a la madrugada. Mis respetos a esos señores”, jerarquiza el trabajo de los panaderos detrás de este producto.
Y cuenta que se fue dando cuenta de lo que estaba logrando cuando veía las reacciones de sus clientes. “Los argentinos, cuanto más tristes están, más medialunas te compran. Hay una conexión emotiva, emocional... Compensar ese desarraigo sintiéndote un poco más cerca al comer una medialuna”, teoriza.
Con varios clientes se hizo amiga. Ahora, su desafío es ir a fondo “por el corazón de los daneses”. Insistió un montón para poder formar parte de un mercado itinerante, donde logró ingresar como invitada y participa una vez por semana “para abrirles a ellos también la posibilidad de conocer nuestra medialuna. Además les llevo panadería argentina y alguna otra cosa francesa. Los sabores muy dulces, como el dulce de leche, no les gustan tanto, pero sí el membrillo, las facturas con membrillo tienen el balance perfecto para ellos”. Cada sábado vende unas 120 unidades de pastelería argentina.
¿Cómo es vivir en una ciudad super feliz? Cuenta que Aarhus es “casi un pueblo vestido de ciudad”, un centro universitario que tiene mucho movimiento y es bastante cosmopolita, con canales de agua alrededor de donde están los cafecitos “y los sábados a la mañana brunchean desde temprano. También hay playa muy cerca, a 20 minutos. El mar es frío, pero ellos se meten igual”.
Valeria entendió cosas que jamás pensó que entendería. “El minimalismo nació acá porque gran parte de su vida la viven puertas adentro por el clima. Entonces trajeron la naturaleza dentro de su casa: todo es blanco, de madera, espejado, es como estar afuera pero adentro. También exponen a los chicos desde bebés al frío como algo natural, para que se adapten a esa naturaleza”, cuenta Valeria, que siempre fue deportista —en Argentina jugaba al fútbol y por eso YPF la eligió para un corto institucional sobre diversidad— pero admite que en esto el frío danés le cuesta.
También le cuesta, le costó siempre, “bajarse del pony”. “Siempre en mi vida fui por todo y más de una vez me pasé varios pueblos a los ojos de otras personas... Mis amigas me decían que la única forma de bajarme del pony era que me quiebren una gamba”, ríe y explica el porqué del nombre de su emprendimiento, La Pony Bakery.
Y en ese ir por todo, Valeria tiene un sueño más. Cuenta que hay muchos argentinos haciendo medialunas por el mundo, y quiere reunirlos en algo así como una red global de la medialuna argentina.
“Están los chicos de La Bristol con un food truck en Copenhague, pero la mayoría son mujeres. En Barcelona, en Australia, en Nueva Zelanda, en Suiza... Estoy en contacto con chicas en distintas partes. Porque celebro el trabajo en equipo”, resalta, para cerrar la charla y seguir con su tarea diaria: el laborioso arte de amasar, laminar, formar, fermentar, hornear y almibarar ese mágico producto que es la medialuna.
AS