La relación entre Lionel Messi, Rodrigo De Paul y el resto del plantel permite analizar un concepto cada vez más estudiado por la psicología deportiva. Juan Manuel Brindisi, psicólogo de la AFA, explica cómo los vínculos pueden influir en el rendimiento, la toma de decisiones y la capacidad de afrontar la presión.
Hay una imagen que se repite en la Selección Argentina y que, de tanto verla, puede confundirse con una simple postal de época. Rodrigo De Paul cerca de Lionel Messi. Una mirada, una broma, una defensa pública, un gesto de cuidado. El capitán rodeado por un grupo que lo protege sin quitarle centralidad, que lo acompaña sin invadirlo, que parece haber entendido algo fundamental: ni siquiera el mejor jugador del mundo puede rendir solo.
¿Tiene algo que ver esa afectividad visible con el rendimiento que viene mostrando Argentina desde hace unos años? ¿Puede un vínculo incidir en una presión, en un pase, en una decisión tomada en una fracción de segundo? En un fútbol cada vez más explicado por datos, sistemas, presiones altas y dibujos tácticos, la Selección invita a mirar una dimensión menos cuantificable, pero no menos decisiva: la socioafectividad.
Juan Manuel Brindisi, psicólogo de AFA, lo sintetiza con una frase que funciona como llave de lectura: “En el alto rendimiento solemos hablar de táctica y cosas así. Pero hay algo anterior: nadie rinde solo”.
Esa idea permite revisar el ciclo de Lionel Scaloni desde otro lugar. No solamente como el proceso que devolvió títulos, identidad y competitividad, sino como la construcción de un entorno emocional donde los jugadores encontraron un lugar. Y encontrar un lugar, en el deporte de élite, no es un detalle íntimo: puede ser una condición de rendimiento.
“Al lado de un amigo, o de alguien en quien uno confía, el deportista no está únicamente acompañado. Está sostenido. Y esa diferencia es enorme”, explica Brindisi.
La Selección de los últimos años parece haberse construido sobre esa red. Messi ya no aparece aislado en una deuda eterna con el país, sino alojado en un grupo que juega con él y para él, pero también alrededor de una causa compartida. De Paul, Paredes, Otamendi, “Dibu” Martínez, Julián Álvarez, los titulares y los suplentes: cada uno, desde su lugar, fue formando una pequeña sociedad dentro de una sociedad mayor.
César Luis Menotti decía que “las pequeñas sociedades son las que en definitiva van a conformar un gran equipo”. La frase parece escrita para explicar algo de esta Argentina. Porque un equipo no es solamente el arquero, el lateral, el volante, el capitán y el goleador. Es un sistema de confianza donde cada movimiento tiene un destinatario posible.
Brindisi lo lleva al terreno del juego: “En una cancha hay decisiones que no pasan por el pensamiento consciente. No hay tiempo para razonar todo. El jugador no dice: ‘Ahora voy a calcular dónde estará mi compañero dentro de medio segundo’. Lo sabe. Lo anticipa”. Esa anticipación, agrega, no es solamente técnica: “Es también vínculo sedimentado. Es convivencia, repetición, entrenamiento, historia compartida”.
Por eso algunos pases parecen telepáticos. No porque haya magia en sentido literal, sino porque hay una memoria común. Un jugador sabe cuándo el otro acelera, cuándo se frena, cómo mira, cómo pide la pelota. “Cuando hay confianza, el jugador se anima a jugar una pelota que sin confianza no jugaría”, dice el psicólogo.
La socioafectividad, entonces, no debe confundirse con una versión ingenua de la amistad. No se trata de decir que Argentina gana porque sus jugadores se quieren. Sería pobre y falso. El afecto no reemplaza al talento, ni a la táctica, ni al entrenamiento. Pero puede crear las condiciones para que todo eso aparezca con mayor libertad. “El talento individual no se expresa en el vacío. Se expresa, o se inhibe, dentro de un contexto y una estructura”, señala Brindisi.
Ahí aparece una de las claves del ciclo Scaloni. La Selección no eliminó la presión; la reorganizó. No convirtió el Mundial en un espacio liviano, porque ningún Mundial lo es. Pero logró que la exigencia no cayera siempre sobre una sola espalda. “Un buen grupo hace que nadie tenga que cargar solo con la camiseta, con la historia, con la mirada de millones, con la posibilidad del error”, sostiene Brindisi.
En ese reparto hay una forma de protección emocional. El jugador puede equivocarse sin sentir que pierde su lugar. Puede fallar sin quedar fuera del reconocimiento del grupo. Puede exigirse sin miedo a ser expulsado simbólicamente si algo sale mal. “Una casa no es un lugar donde a uno no le exigen nada. Una casa es un lugar donde uno puede exigirse sin sentir que, si falla, pierde su lugar”, dice Brindisi al analizar el cambio de clima alrededor de Messi y la Selección.
Tal vez por eso esta Argentina transmite algo que excede el resultado. Hay una alegría que no parece impostada, una pertenencia que se nota incluso en los que no juegan, una forma de celebrar que incluye. El banco empuja, el capitán abraza, el grupo absorbe los golpes. Y en un deporte donde todo se mide y se analiza hasta el agotamiento, esa dimensión todavía conserva algo de misterio.
La socioafectividad no aparece en las estadísticas. No figura en los mapas de calor ni en las planillas de rendimiento. Pero puede estar en el segundo previo a una decisión, en el pase que alguien se anima a dar, en la reacción después de un error, en la serenidad de quien sabe que no juega solo.