Tardó, pero finalmente llegó: el presidente se metió en un brete al abrazarse a Adorni y hacer de la misión de mantenerlo en su cargo una tarea hasta más importante que su propia credibilidad y la salud de su plan de gobierno. Se convirtió él, así, en fusible de su jefe de Gabinete. Por suerte ante la perspectiva del abismo, dio el volantazo. Como otras veces, solo después de perder demasiado tiempo y apoyos.
El operativo lanzado en las últimas semanas por el presidente y su equipo iba ya adelantando lo inevitable: había que hacer callar a Manuel Adorni, que ya no siguiera dando explicaciones absurdas, que terminaban poniendo en ridículo al entero gobierno, reducirlo a su mínima expresión, sacándole áreas y poder, y preparar el terreno para que su salida tuviera el menor costo extra posible.
Fue lo único razonable que se intentó desde el Ejecutivo en esta materia desde que estalló el escándalo, en marzo pasado. Porque todo lo anterior falló redondamente, fruto de que se fundó en gravísimos errores de cálculo.
Primero, el presidente y su gente se jugaron a que el asunto quedaría rápidamente en el olvido, porque supuestamente se sostenía en “cuestiones menores”: un viaje aquí o allá, “un par de cañitos” de una fuente y algunos otros gastos inmobiliarios, poca cosa en un país donde se acostumbra a ver políticos devenidos grandes terratenientes y empresarios de todas las procedencias partidarias.
Pero Milei olvidó que él mismo había puesto la vara muy alta en materia de corrupción, cuando descalificó a todo el resto de la dirigencia, a los periodistas, los sindicalistas y muchos empresarios por practicarla, y lo más importante, no advirtió que Adorni era una máquina imparable de inflar su propio escándalo, con sus torpes explicaciones y su compulsión a sacar día por medio otro muerto del placard.
Así que el escándalo creció y creció. Y su trama se volvió cada vez más atractiva e indignante. Como si tuviera detrás un genial guionista, decidido a usar toda la batería del género telenovelesco en construir un personaje tan malvado como torpe, que en todos los episodios se dedicara a mostrar lo brutal, infinitamente degenerado y moralmente indefendible que podía ser, para alimentar el morbo de la audiencia.
Ante lo cual, un par de meses atrás, cuando ya el escándalo era mayúsculo y no dejaba de traer novedades judiciales cada vez más comprometedoras, y motivar críticas en los medios y el Congreso cada vez más generalizadas, los Milei recalcularon, pero volvieron a hacerlo mal.
Estimaron ahora que Adorni era un costo hundido que convenía no tocar, para que el problema no empeorara aún más: habían ya invertido muchos puntos de adhesión y confianza en el programa de gobierno para mantenerlo donde estaba, sacarlo iba a darle aún más fuerza a las críticas, sin acarrear ningún beneficio seguro, porque la avanzada judicial y las críticas opositoras podían continuar o aún empeorar. Así que mejor esperar y ver si el fuego no se consumía solo, en caso de que la economía trajera buenas noticias, la audiencia se cansara del asunto, aparecieran otros temas de mayor interés, o la investigación en la Justicia se trababa.
Porque, ante todo, lo que los hermanos Milei siguieron pensando fue que en un momento de debilidad es mejor ser tomado por terco que por tibio o pusilánime. Los que consideraban a Adorni culpable no iban a apoyar al gobierno por más que ellos lo echaran, y los que todavía bancaban al mileismo podían encontrar más motivos de desconfianza o de duda si lo hacían.
Pero esto lo único que acarreó fue un quiebre creciente, cada vez más difícil de disimular o controlar, dentro del propio gobierno: porque con más y más actores de la propia base oficialista compartiendo su rechazo a la continuidad de Adorni, era razonable que surgieran dirigentes dispuestos a darles voz: eso fue lo que hizo Bullrich, pero compartieron en forma apenas más disimulada ministros, otros legisladores y dirigentes aliados, expresando la preocupación de muchos empresarios, gobiernos extranjeros y gente del llano.
Y, peor que eso, conllevó un creciente descontrol de la agenda pública: hubo buenas noticias económicas que quedaron eclipsadas porque Adorni volvía a dar explicaciones absurdas sobre su crecimiento patrimonial que se llevaban toda la atención; empezó el Mundial e igual la tapa de los medios siguió siendo Adorni, gracias a su infinita capacidad de generar noticias, malas para él y la gestión; el Congreso avanzaba con proyectos oficialistas tras duras negociaciones con los aliados, pero aún más duras y costosas se volvían las tratativas con ellos para que Adorni no fuera interpelado.
Todo eso terminó de generar un cuadro por demás absurdo: una gestión que se ha mostrado verbalmente inflexible al plantear que la “moral será una cuestión de Estado” empezó a ser homologada con las comprobadamente más corruptas administraciones de nuestro pasado reciente; y un gobierno que ha hecho de la mezquindad en la distribución de recursos públicos para ganar apoyos toda una cuestión de fe, se volvió imprevistamente manorrota al repartir recursos apenas para conseguirle un par de horas más de vida a su funcionario más inútil, indefendible y políticamente devaluado.
Todo eso debió pasar para que Milei finalmente recapacitara. No es bueno ser tan terco, insistir con la misma fórmula durante tanto tiempo cuando se ha archidemostrado ya que no funciona. Y mucho menos hacerlo cuando se está frente a la oportunidad de consolidar un programa de estabilización que va a definir por sí o por no si esta vez el país puede salir adelante.