Martín Hadis: “El Eternauta es la novela que Borges no escribió”

Martín Hadis: “El Eternauta es la novela que Borges no escribió”

En su último trabajo, el investigador revela el frecuente intercambio que existió entre Oesterheld y el creador de El Aleph

En el reciente lanzamiento de su libro Borges y El Eternauta. El origen secreto de la gran odisea espacial argentina, Martín Hadis (Buenos Aires, 1971) despliega una investigación exhaustiva acerca de las conexiones entre el hacedor del Aleph y la emblemática historieta de Héctor Germán Oesterheld, traducida a nueve idiomas, reeditada, extendida, llevada a Netflix, siempre reinterpretada gracias a su inagotable fertilidad simbólica. La exégesis eternáutica suma así una deriva nueva: la relación de su guionista con el cuentista y poeta más universal de los argentinos.

Hadis –minucioso explorador del universo borgiano– es doctor en Humanidades (UPF-Barcelona) y cursó maestrías en Media Technology del MIT y en Antropología en la Universidad de North Texas. Se graduó, además, en el posgrado de Literaturas germánicas medievales y Religiones comparadas de la Universidad de Harvard. En sintonía con estos intereses, publicó –entre otros títulos– Siete guerreros nortumbrios –un abordaje sobre la lápida en Ginebra y su enigmática inscripción, ligada a referencias míticas nórdicas y medievales– y Literatos y excéntricos, donde se remonta a los ancestros ingleses del autor del Poema de los dones.

Al vincular a Borges y Oesterheld, Hadis desanda en ellos influencias vastas y mutuas. Sostiene que Oesterheld colaboró con Borges para redactar el libreto del film Invasión, dirigido por Hugo Santiago y en cuyo argumento participó Bioy Casares. A su vez, esas influencias podrían encontrarse invertidas: “en El Aleph, la esfera tornasolada te permite acceder a todas las visiones del universo, mientras que en El Eternauta, la esfera gris tapa el cielo y esclaviza la percepción. Cuando el fuego arde en Plaza Italia: el hombre es real y las llamas son ilusorias, mientras que en Las ruinas circulares el hombre es ilusorio y las llamas son reales”, puntea Hadis.

Toda vez que se habla de Oesterheld surge el insoslayable secuestro y asesinato de él, de sus cuatro hijas –dos de ellas embarazadas– y de sus tres yernos a manos de la última dictadura. La única adulta sobreviviente del núcleo familiar fue su esposa: Elsa Sánchez, fallecida en 2015. Hadis, que habló con ella en su investigación, prefiere, sin embargo, ceñirse estrictamente a lo literario en esta conversación, subrayando su agradecimiento hacia la familia del guionista y escritor desaparecido.

-¿Qué llegó primero en tus lecturas: Borges o El Eternauta?

-Yo empecé a leer El Eternauta muy chico, te diría que a los 10 años. Y me fascinó… siempre me fascinó, aunque no tenía una explicación de por qué me gustaba tanto. O sea que, si querés, Oesterheld me llegó primero. Con Borges también empecé muy temprano, de la mano de Ana María Barrenechea, que fue mi mentora en esa lectura, y amiga de mi familia. Pero la conexión entre ambos vino mucho después, cuando estábamos investigando con Mariano Chinelli para Más allá de Gelo, la antología de cuentos de ciencia ficción de Oesterheld, hasta entonces inéditos o dispersos, que publicamos en 2014. En esa época, un día, Mariano me dice: “¿sabés que Elsa, la viuda de Oesterheld, me contó que él y Borges hablaban mucho por teléfono?”.

-¿Ese dato disparó todo?

-Sí; me llamó la atención: para mí, en principio, ellos eran dos mundos literarios muy distintos. Luego entrevisté a Alfredo Grassi, un gran escritor y guionista, compañero de Oesterheld en la famosa editorial de historietas Columba: él no solo confirmó que existía esa relación; me dijo algo notable: “El Eternauta son las ideas de Borges vertidas en cuadritos”. Le pregunté a Alfredo, que los conocía muy bien a Borges y a Oesterheld, quién los había presentado; “¡nosotros!”, me dijo. Se refería a la Sociedad Argentina de Ciencia Ficción, que frecuentaban escritores del género. Con esos datos, me puse a leer qué se había escrito sobre Oesterheld, las entrevistas que le habían hecho a él y a su esposa.

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-Vos mismo te entrevistaste después con Elsa Sánchez de Oesterheld…

-Sí, y eso fue todavía más revelador. Me confirmó que ellos se hablaban con frecuencia, que a veces Héctor lo iba a ver a Borges a la Biblioteca Nacional y conversaban durante horas. Pero fundamentalmente –gracias a Elsa y a la familia, por la que no tengo más que agradecimiento– pude conocer en profundidad a Oesterheld y entender quién era, en qué pensaba, cómo era como lector. Y descubrí su erudición. En el primer lugar de sus lecturas estaba Borges, sí. Pero también H.G. Wells, Lovecraft, Defoe, Homero, Sófocles… Un colega suyo, Alberto Ongaro, comenta que al visitar por primera vez a Oesterheld en su casa y ver su biblioteca quedó impresionado porque –dice Ongaro– “no era siquiera la biblioteca de una persona culta, era la de un gran profesor universitario, de un historiador, de un filósofo”.

-Las ruinas circulares y el incendio de Plaza Italia en El Eternauta comparten ese fuego que no quema y al no quemar revela una verdad; ese es uno de varios hallazgos que volcás en el libro. Pero, inversamente, afirmás que El Eternauta influyó en Borges…

-Sí, exacto. En cuentos como Utopía de un hombre que está cansado, Ulrica, o El otro, según explico en el libro. A mí me resultan influencias muy claras, probablemente porque tengo entrenamiento en estudios de mitología: cuando veo una historia, veo mucho más allá. No leo solamente un cuento: hago una lectura de símbolos, de estructuras. De hecho, estoy preparando un trabajo que va a tratar sobre esa influencia mutua: hay más textos de Oesterheld que influyeron sobre Borges y viceversa. En ese próximo trabajo me voy a dar el gusto de ampliar el tema: yo señalé en mi libro solo tres cuentos de Borges influidos por Oesterheld, pero encontré otros cuatro textos donde se da esa influencia. Siempre digo que El Eternauta es la novela que Borges no escribió, y agrego: a la que le prestó especial atención. Después de haber escrito siete libros relacionados con Borges, sé cómo metabolizaba los textos que leía y cómo eso aparecía luego en obras suyas. En general, como episodios, como relecturas. Nunca lineales: lo procesaba en su vasta cámara de resonancia intelectual y emocional.

-¿En cuanto a las lecturas de ambos, qué encontraste en común?

-Mucho. Elsa cuenta que a Héctor los amigos de la adolescencia y del club del barrio lo llamaban Sócrates, por todo lo que sabía, por la visión que tenía, por esas grandes lecturas de la literatura universal y de la literatura inglesa. Además manejaba varios idiomas, conocía en profundidad la filosofía y mitología griega… Frente a eso uno dice, bueno, vamos a volver a los textos de Oesterheld de otra manera, entendiendo ahora quién es el autor y de dónde viene. El Eternauta juega constantemente con reiteraciones, efectos espejo, polaridades; se parece a las grandes mitologías del mundo. El comienzo en que Juan Salvo va apareciendo por primera vez vestido como el Eternauta, en forma gradual, desde una invisibilidad previa, está tomado claramente de la aparición de Odiseo frente a los reyes feacios. Muchas características de textos mitológicos y tradicionales están en la historia, pero él es tan buen narrador que puede armar una aventura sin que se note esa erudición entretejida.

-Más cerca cronológicamente, vinculás El Eternauta con Wells…

-Claro. En La guerra de los mundos hay un polvillo negro que todo lo recubre, y en El Eternauta, la nieve mortal, entre otros aspectos. Wells es, si querés, el inventor de todos los mitos modernos; los grandes temas de ficción científica los inventó él: el viaje a la Luna, el viaje interplanetario, la invasión extraterrestre. El punto clave es que Oesterheld, como Wells, lleva esas especulaciones a la cotidianidad. A preguntarse “¿qué pasaría si a nosotros nos invadieran acá y ahora?”. H.G. Wells lo cuenta en el barrio donde él vive, en 1898, en Surrey. El otro Wells, Orson, la adaptó a la radio en 1938 cambiando la localización a New Jersey porque era su audiencia local. Esa es la receta original: traer la catástrofe a la vida cotidiana, sea Surrey, New Jersey, Núñez o Palermo.