- Bakú tenía más de 80 años y arreglaba pequeños desperfectos domésticos con suma eficacia.
- Le gustaba mucho hablar. Y esta vez sorprendió con un antiguo relato.
Dudé un rato antes de llamar a Bakú para arreglar la lámpara alta del living. Ya era más que octogenario, y la idea de verlo subirse a la escalera a la que apodé Himalaya me preocupaba. Yo era completamente incapaz tanto de subirme a la escalera como de arreglar la lámpara. Conocía a Bakú desde hacía veinte años; siempre concurría, siempre arreglaba, nunca me preguntaba: ¿quién te hizo esto?
Asumiendo los riesgos, lo llamé. Acudió.
No voy a decir que lo arregló en un santiamén, ni que escaló con facilidad, ni negaré mi terror. Pero terminó perfectamente el trabajo y, como siempre, me cobró un 30% menos que cualquier otro.
-¿Quiere un mate, señor Bakú? -le ofrecí-. Ya le había servido agua fría y café. Le pagué más de lo que me dijo.
Aceptó el mate y tomó asiento en el más cómodo de los sillones del living. Su único defecto, a lo largo de aquellas más de dos décadas, era que hablaba sin parar. No decía chorradas. Por el contrario, hablaba con sentido común y una discreta procacidad. Pero interminablemente. Por eso, mientras arreglaba, yo me escondía en algún lugar de la casa o salía. Pero cuando concluía su trabajo, quedaba a merced de su verborragia, peor incluso que la mía.
-Hace como treinta años escribiste un cuento llamado El cuadro -me dijo-. En Clarín.
-Tiene que haber sido hace diez años, aproximadamente -repliqué-. También titulé uno así en el primer tomo de mis Historias de hombres casados.
-No, no -porfió Bakú-. Éste fue en Clarín. No me acuerdo hace cuántos años.
Sí -confirmé-.
-La viuda Lena vivía a quince cuadras de mi casa -salió por la tangente Bakú-. Misma calle, otro barrio.
-¿Quién es la viuda Lena? -cavilé, tratando de recordar si figuraba en alguno de esos dos relatos-.
-Una de mis vidas.
-¿Otra administración? -pregunté sorprendido-. Le conocía a Bakú una esposa, que siempre atendía el teléfono quejándose de que su marido trabajaba demasiado para su edad. La hija de ambos era administrativa de una empresa multinacional en Berna, Suiza.
-Se puede decir que sí, aunque no legalmente. Convivimos durante diez años.
-Yo lo consideraría otra administración -admití-.
“Yo debía tener 55 años, la viuda 43. Me convocó a arreglar una canilla rarísima, debajo de la cama del dormitorio. Goteaba".
“Era un empalme aún más extraño que la propia canilla. No vas a poder creer lo que te cuento: la arreglé en silencio. Me llevó prácticamente todo el día. Pero la arreglé, sin abrir la boca”.
Más me sorprendió que Bakú, incluso a esa edad provecta, reconociera que hablaba sin parar.
“Lo que más le agradezco, me dijo la viuda, es que no me haya preguntado quién le hizo esto. Es lo que me preguntan todos los plomeros cuando vienen por cualquier encargo. Por momentos parece que preguntan por mi difunto marido. Qué pregunta odiosa".
“Cuando le dije mis honorarios, me halagó:
“-Llega puntual, arregla en silencio y cobra poco.
“La próxima es gratis, se me escapó. Era una mujer hermosa".
“En ese mismo primer encuentro me contó que esa canilla era la única solución a la pérdida de un vecino, caudalosa e inesperada. Un recurso insólito, pero menos malo que la repentina aparición de un geiser en la pared. La solución la había hallado su difunto marido junto a un amigo. Tras años de tranquilidad, hacía un par de días la canilla goteaba. Todos los demás plomeros habían desaconsejado la canilla y preguntado quién había hecho eso, hasta mi llegada. No proponían una nueva solución, ni mucho menos la aplicaban. Yo había resuelto el problema sin incordiar.
“Farfullé que me llamara cada vez que se le antojara, para lo que quisiera. Su belleza crecía al hablar, los gestos, el modo en que se movía. Yo no me podía mover. Para qué lo voy a llamar, me dijo, si ya está acá.
“Fue el comienzo de un amor incandescente. Quizá desde el primer minuto más apasionado por mi parte. ¿Quién sabe? ¿Cómo saber, cuando satisfacía todos mis deseos, si esa luz fría, como la de las nuevas lámparas, era una sensación mía, una táctica de ella, o una realidad? Pero era luz. La luz de mi vida.
“La viuda Lena había heredado del difunto las regalías de una fábrica de enlatado de legumbres. Lena se dedicaba de modo amateur al dibujo. Algunas de las etiquetas de arvejas o jardinera, las había diseñado y pintado.
“Yo lo dejé todo por ella. No me lo había exigido, pero me fui quedando. Nunca me aclaraba. Las cosas ocurrían.
“Para mí era un milagro. Cocinaba como los dioses, amaba como una diosa. Yo me encargaba de llevar la ropa al lavadero y tintorería del japonés Kodera y su hijo Masamoto. Para mí se volvieron importantes porque eran prácticamente las únicas dos personas del barrio con las cuales yo hablaba. En mi barrio, no me podían ni ver. Las gentes me retiraron el saludo. Pero en la cuadra de Lena, los dos japoneses, el señor viudo de unos sesenta años, y el hijo de veinte, me escuchaban con respeto, no sé si indiferencia.
“Un día Lena comenzó a dibujar mi retrato. En una gigantesca hoja canson. Un tamaño que yo nunca había visto, con una leve sombra lila del reverso, como el color de la flor del jacarandá. Importado. No me lo dejaba ver. Yo le pedía que me lo mostrara. Pero Lena porfiaba: sólo al terminarlo, no quería ser influenciada por mis reacciones.
“Yo le juraba que lo observaría en silencio, sin opinar. Pero Lena argumentaba que mis gestos me delatarían. Qué hermosa era dando explicaciones.
“No me atreví a espiar. No sé qué me detuvo. Llevábamos ocho años juntos, cuando comenzó a dibujarlo. Borraba y recomenzaba. Se perdía en la contemplación de mi rostro como si yo fuera así de importante. Ella me hacía sentir importante.
“A los diez años, cuando probablemente el retrato estuviera terminado, cambió la cerradura. Ya no me quería”.
Mi rostro debe haber palidecido hasta adquirir el color de una lámpara de luz fría, porque Bakú me preguntó si estaba bien. Hice lo que nunca, compartir el mate.
“Volví con mi señora y con mi hija”, detalló Bakú, sin pena ni sobresalto. “El purgatorio casero del réprobo merecería otra historia. Me recibió sin perdonarme. Probablemente para castigarme, y yo otro tanto. Padecí durante años. No sé si alguna vez me perdonó. Pero estamos juntos. Después de todo, un hombre tiene que proteger a su hija hasta que se vaya a vivir al exterior. La viuda Lena se conchabó con el señor Kodera. El joven Masamoto, tras una breve estancia en la casa de los concubinos, se marchó al Japón. Los hijos vuelan. Mejor”.
-Es una historia que me duele a mí -comenté-.
-No terminó -se arrellanó en el sillón Bakú-. Merecía que cambiara la yerba, y lo hice.
“Recientemente falleció la viuda Lena. Setenta y algo... temprano para lo que es ahora. No se dice la edad de las muertas.
“El señor Kodera había fallecido años atrás. Pero recién al morir la viuda se apersonó el hijo, Masamoto, a retirar algunos enseres, reliquias de su padre. Aparentemente, hubo un arreglo inmobiliario entre Kodera y Lena cuando se juntaron.
“La semana pasada me llamó Masamoto.
“Para que fuera a arreglar la canilla.
“Masamoto ya es un señor de cuarenta años, o más. En el desván, en el que tantas veces con Lena nos dedicamos uno de esos amores clandestinos en la propia casa, escondidos de nosotros mismos, por fin pude ver el retrato. ¿Por qué nos interesa tanto ver qué dibujaron de nosotros?”
-Se me ocurren dos motivos -especulé-. Vanidad. Y por la ilusión de saber cómo somos.
-Pero no era yo. No me había dibujado. Mientras me miraba, supuestamente me contemplaba, había dibujado al joven Masamoto. No sé si, después de todo, Masamoto había regresado sólo para retirar ese retrato. No sé si sabía de su existencia. Pero de algo no me cabe duda: la viuda Lena lo había dibujado con una pasión incandescente. No le arreglé la canilla. Le dije que ya la había arreglado una vez, más de treinta años atrás... Y que si no había dejado de gotear, era porque no tenía arreglo”.