La madre en el centro de la ronda

La madre en el centro de la ronda

El maltrato digital a Jimena Barón expone una vigilancia colectiva sobre la maternidad y la doble vara social, donde la crianza se transforma en un tribunal ético que juzga con mayor dureza a las mujeres que a los hombres.

Hay escenas de ficción que incomodan porque parecen demasiado cercanas. En Los Testamentos, la continuación de El cuento de la criada, una joven es obligada a sentarse en el centro de una ronda. El castigo consiste en que las demás la señalen, le griten y la humillen. Lo perturbador no es únicamente la sanción, sino la facilidad con la que el grupo participa. Nadie parece preguntarse demasiado qué ocurrió. Lo importante es ocupar un lugar en esa ronda y señalar.

Fuera de la ficción, las formas son otras, pero el mecanismo a veces resulta inquietantemente parecido.

En los últimos días, Jimena Barón quedó en el centro de una conversación que comenzó con una simple imagen. Viajó al Mundial junto a su pareja y a su bebé. Su hijo mayor, Momo, permaneció en la Argentina. Antes de que existiera una explicación, las redes sociales ya habían construido una historia. Llegaron las críticas, las acusaciones y las conclusiones sobre su manera de ejercer la maternidad. Más tarde se supo que el adolescente no había viajado porque tenía compromisos deportivos y escolares; una semana después él viajaría. Pero para entonces el juicio ya estaba hecho.

El episodio deja una pregunta interesante, aunque no necesariamente sobre ella. ¿Por qué la conversación tomó ese camino? ¿Por qué la necesidad de que una madre explicara una decisión familiar que, en principio, pertenece al ámbito privado?

Hay un detalle que pasó casi inadvertido y, quizás, sea el más revelador de todos. Durante horas miles de personas discutieron qué clase de madre era Jimena Barón. Muy pocas se preguntaron dónde estaba el padre de Momo o cuál había sido su lugar en esa decisión. Como ocurre tantas veces, la responsabilidad parecía recaer naturalmente sobre ella.

No se trata de un caso aislado. Basta recorrer cualquier noticia vinculada a la crianza para advertir que la lupa suele apuntar siempre hacia el mismo lugar. Si un niño tiene un problema en la escuela, si aparece una fotografía que genera debate, si una madre trabaja, viaja, sale o simplemente decide hacer algo que no encaja con la idea tradicional de disponibilidad permanente, las explicaciones parecen exigirse primero a ella.

El examen nunca termina

La maternidad sigue siendo uno de los pocos espacios donde el examen nunca termina. Da la impresión de que existe una evaluación constante sobre cada decisión cotidiana. Y las redes sociales amplificaron ese fenómeno. Nunca fue tan fácil opinar sobre vidas ajenas a partir de una imagen de pocos segundos, un recorte o una historia de Instagram. Allí donde falta información, suele aparecer la imaginación. Y la imaginación, en internet, muchas veces adquiere la forma de una certeza.

Quizás por eso la escena de Los Testamentos resulta tan incómoda. Porque muestra cómo el señalamiento puede convertirse en una práctica colectiva. Nadie necesita conocer toda la historia. Alcanza con advertir que alguien ocupa el centro de la ronda para que aparezcan nuevas voces dispuestas a sumarse.

Las figuras públicas viven esa exposición de manera permanente, pero el mecanismo no termina allí. También alcanza a madres anónimas que reciben comentarios porque trabajan demasiado, porque trabajan poco, porque vuelven temprano, porque vuelven tarde, porque delegan cuidados o porque, simplemente, se toman un fin de semana. La vara cambia de una situación a otra, pero casi siempre permanece sobre el mismo hombro.

Hace algunos años se hablaba mucho de la culpa materna. Quizás hoy haya que prestar atención a otro fenómeno: la vigilancia permanente sobre las madres. Una vigilancia que no siempre proviene de especialistas ni de personas cercanas, sino de desconocidos que sienten que una fotografía alcanza para emitir un veredicto.

Tal vez lo más significativo de todo lo ocurrido con Jimena Barón no sea que finalmente explicara por qué su hijo no viajó al Mundial. Lo verdaderamente llamativo es que pareciera haber existido una obligación de hacerlo. Como si la maternidad siguiera siendo un territorio donde toda decisión necesitara ser justificada ante un tribunal invisible.

Y quizás esa sea la imagen que deja la escena de Los Testamentos. No la de una mujer siendo señalada, sino la de una ronda que se arma con demasiada rapidez. Una ronda que cambia de protagonista cada semana, pero que casi siempre encuentra en las madres un blanco privilegiado. Porque antes incluso de conocer la historia, el lugar del juicio ya parece estar asignado.