Los jugadores rezan, las tribunas convierten los estadios en templos y los conflictos internacionales se trasladan al torneo. El Mundial refleja un tiempo en el que la pelota convive con la fe, la identidad y las disputas culturales.
Es curioso, pero en este Mundial 2026 no hay ateos. En ningún mundial de fútbol los hay, pero en este es más notorio, y notable, la forma de exteriorizar la fe de cada quién. Atletas, árbitros, hinchas fervorosos o contemplativos, todo el mundo encomienda a sus dioses la suerte de un equipo, el destino de un penal a ejecutarse o el de un tiro libre que huele a gol; en última instancia todos ruegan por la victoria. Se supone que se trata de plegarias encontradas: el tipo que va a patear el penal no suplica lo mismo que el arquero que tiene frente a sí. De modo que tanto piadoso y devoto fervor pueden alterar los ánimos en el Cielo.
También se reza en la cancha, a cielo abierto, como si un estadio fuese la filial de un templo. Las cábalas, dedos cruzados, cuernitos, caricias de ciertas partes íntimas, han sucumbido ante la oración, quién lo hubiera dicho. Y cada quien implora a su modo. En las tribunas, el ardor religioso corre a la par del deportivo: se ora a gritos, en silencio, con los ojos hacia las alturas, o cerrados hacia el mundo interior, los brazos elevados, la cabeza inclinada, hasta alguna rodilla en tierra se ha visto: lo que haga falta para complacer a Dios y alcanzar el triunfo.
Lo nuevo de esa fiebre celestial es que se trasladó al campo de juego como nunca antes. Si en el pasado no muy lejano se agradecía a las alturas con alguna timidez o intimidad, ahora hay menos pudor, enhorabuena acaso, más entusiasmo, más intensidad, menos recato y circunspección. Los seguidores del Islam, por ejemplo, se arrodillan en el césped y lo tocan con su frente, o lo besan; murmuran sus plegarias, las manos desplegadas ante sus ojos, ya sea antes del puntapié inicial, al terminar el partido y cualquiera haya sido el resultado, o a la hora de entrar a jugar en reemplazo de un colega de andar flojo o lastimado en la batalla.
El mundo cristiano hace lo mismo, aunque con una coreografía menos evidente, pero con una gestualidad indudable: jugadores, hinchas, técnicos, utileros, árbitros, se persignan una o más veces, elevan su mirada al cielo y lo señalan con los dedos en una actitud ambigua que puede indicar un mensaje a Dios, o la invocación a algún ser querido que anda ya por aquellas alturas. A la hora de las definiciones por penales, por ejemplo, muchas manos se unen en una invocación muda y a veces no tan muda. Religión y fútbol se abrazan hoy como nunca antes se habían abrazado.
Además de la religión, la fiebre patriótica ha invadido, también como nunca antes, al mundo del fútbol. Es verdad que el ardor patrio y cierto nacionalismo ramplón siempre reinaron en el fútbol, lo que ha deparado desde batallas campales de noventa minutos hasta antagonismos irrevocables y simpatías apañadas por el extraño carácter transitivo que dice que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Hasta existió una guerra, corta, cien horas, adjudicada al fútbol a finales de los años 60 entre El Salvador y Honduras. El deporte y la guerra marcharon juntos desde los griegos, que guardaban las armas para celebrar cada cuatro años los Juegos Olímpicos. Era una cuestión de conveniencia: los grandes guerreros griegos eran también sus mejores deportistas; veloces en la carrera, ágiles en los saltos, fuertes para arrojar sus lanzas. Así nació el atletismo: más rápido, más alto, más lejos.
Lo nuevo de este Mundial 2026 es que está todo un poquito más exacerbado. La ceremonia previa a cada partido, con enormes banderas desplegadas sobre el césped y los himnos de cada país que suenan atronadores en brillantes versiones orquestadas, invitan a que la parcialidad de cada país se desgañite al desgranar las estrofas, o al corear las notas si la canción patria no tiene letra. Lo mismo hacen los atletas, gestos adustos, emociones contenidas, mano en el corazón, alguna lágrima incontenible: guerreros antes de entrar en la batalla. Hoy es imposible imaginar una silbatina como la que recibió el himno argentino en Italia 90, aunque el viernes, la selección de Irán se llevó abucheos y silbidos antes de su partido frente a Egipto: ecos de la guerra.
Habrá que ver si esa tendencia a no dejar lugar para ofensas o injurias, se mantiene cuando los partidos sean más decisivos o lleguen a instancias finales: esto es fútbol. Y habrá que ver si ese patriotismo, vehemente, ardiente y exaltado no deriva luego en un prólogo al desatino. Esas mechas son siempre muy cortas. Patria y religión se abrazan entre sí para abrazar a su vez al fútbol. Que venga un alquimista.
Irán, Egipto, la criminalización de la homosexualidad y el Mundial
Irán y Egipto vertieron en esa mezcla a la sociología, a los hábitos y a la conducta social. Quiso el destino que el viernes pasado, día en que se enfrentaban los dos equipos en Seattle, una de las ciudades más progresistas de Estados Unidos, se celebrara el Día del Orgullo LGTBIQ+. La puja, sorda, híbrida como se dice ahora, empezó en verdad en diciembre pasado, cuando el sorteo de los grupos, de la A a la L, estableció esa fecha para que se enfrentaran iraníes y egipcios. Los dos países sancionaron y sostienen leyes que criminalizan la homosexualidad, así que las dos federaciones intentaron torcer el brazo del Mundial 2026.
La Federación Egipcia envió una carta al secretario general de la FIFA, Mattias Grafstrom, en la que rechazaba cualquier actividad “relacionada con el apoyo a la homosexualidad” porque contradicen “los valores culturales, religiosos y sociales” de las comunidades árabes e islámicas. La FIFA recurrió a la esgrima de alto vuelo para separar las aguas. En enero, su titular, Gianni Infantino, dijo que no iba a existir un “partido del orgullo gay” en el Mundial. Que, al parecer, era la preocupación de las dos entidades, y el pasado jueves, veinticuatro horas antes del partido Egipto-Irán, dijo, por si hacía falta aclararlo, que la celebración del Orgullo Gay en Seattle era cosa del comité organizador local y no formaba parte de la programación oficial de la FIFA.
Infantino también recordó que el Mundial “es un evento inclusivo que da la bienvenida a personas de todos los orígenes” y recordó que las banderas con los colores del arcoíris son permitidas dentro de los estadios porque son “expresiones generales de derechos humanos”. En la previa del partido, el debate quedó de lado, los técnicos y autoridades de Egipto y de Irán se dedicaron a hablar de estrategia, líneas defensivas y tácticas de ataque y salvo el abucheo a los iraníes, acallado enseguida, todo terminó en un áspero 1 a 1, con un gol de último minuto anulado a Irán. Esto es fútbol.
Sin embargo, los iraníes no dejaron pasar la ocasión para arrojar algunos dardos políticos: después de todo, estaban en el país que preside Donald Trump, que una mañana dijo que iba a arrasar con Irán y su civilización. El técnico del seleccionado visitante agradeció que, por primera vez, su equipo pudo prepararse mejor para enfrentar a Egipto: las autoridades estadounidenses les permitieron una estada más larga en el país, cuando en los dos primeros encuentros les autorizaron sólo 16 horas de permanencia en territorio de Estados Unidos. Devolución de gentilezas, los residentes iraníes en Estados Unidos gritaron a voz en cuello que esa delegación no representaba a Irán: “Es un no-seleccionado. Los verdaderos futbolistas de Irán están en la cárcel”.
Ahora viene lo mejor. La siguiente fase del Mundial 2026 son los dieciseisavos, palabra horrible si las hay, que implican: partido único, eliminación directa, alargue si hay empate y definición por penales en caso de tozudez. Ahí te quiero ver. Es el todo por el todo. Sabremos entonces si esta transformación entusiasta que acepta sacudir en una misma coctelera nacionalismo, religión, fe, costumbres, idiomas, hábitos, pasado y presente, guerras no declaradas, paz sostenida por un hilo finito, tradiciones, mañas, superstición, cábala y fetichismo, por decir algo, se sostiene o se desborda.