Instrucciones para lidiar con la muerte

Instrucciones para lidiar con la muerte

Cómo hacer para que la idea sea sólo un concepto filosófico, literariamente aprovechable,

Que nos vamos a morir es algo que todos decimos saber. ¿Pero realmente los sabemos? ¿O vivimos la vida como inmortales, de espaldas a una verdad que asumimos como lejana e indescifrable?

En una madrugada de 2010, volviendo de Rosario a Buenos Aires, estuve con varios amigos en un accidente de tránsito. Por suerte no murió nadie, aunque algunos salimos con lesiones permanentes y, sobre todo, con la idea de la muerte, su muy real posibilidad, impresa de golpe en nuestras jóvenes existencias. Cada uno lidió con ella como pudo: yo seguí con la vida, como si nada, hasta que poco más de un mes después tuve mis primeros ataques de pánico. Un segundo estaba tecleando en la oficina y al siguiente estaba asomado por una ventana, tratando de meterle aire al pecho entrecerrado de angustia, buscándole salidas a lo inescapable. Me embargaba la impresión de que la vida es un automóvil marchando lenta pero inexorablemente hacia un desfiladero, conmigo atrapado en el asiento trasero.

Contemplar mucho rato el final de las cosas es, como sabían los existencialistas, un camino directo al absurdo, al cinismo y la desesperanza. Y con ideas semejantes en mente, como es fácil comprender, la vida tiende a volverse insufrible. De modo que acudí a terapia y, de tanto hablar de lo mismo, la idea de la muerte se fue haciendo manejable, una especie de concepto filosófico, literariamente aprovechable, algo presente en la vida, pero no tanto. Fue un proceso largo, agobiante, en el que fueron muy útiles también algunos de mis amigos.

Uno de ellos, psicólogo de formación y filósofo por vocación, me explicaba que para Epicuro, en el siglo IV a. C., la muerte no era un problema porque “mientras somos, no está presente; y cuando lo está, nosotros ya no estamos”. Es decir, no es algo de lo que deba uno preocuparse, pues viene, pero no la llegaremos a ver. Es una perspectiva pragmática, sensata, de no ser porque somos capaces de sufrir por cosas que no viviremos nunca. Así lo hicieron los fundadores, los libertadores, los luchadores que soñaron con un mañana que no habrían de experimentar.

Otro amigo, escritor y profesor en una universidad estadounidense, me ofreció a su vez una mirada distinta, quizá más sabia en su resignación: la vida es un automóvil, sí, pero nosotros vamos al volante y es la muerte quien se sienta en el asiento de atrás. Podemos mirarla de vez en cuando, a través del retrovisor, para no olvidar la verdadera dimensión de las cosas, pero luego hay que enfocar la mirada en el camino que se extiende adelante. Solo así puede vivirse sin angustias, pero ciñéndose al mandato romano de los célebres carpe diem y memento mori: el tiempo es mucho, pero se agota.

Eventualmente pude dar también con mi propia respuesta. Muy poco original, pero genuina: escribir. Para salvar lo vivido, para escudarlo del largo olvido venidero: la muerte cortará la mano, pero las letras quedarán. Un débil rastro en la nieve, quizás. Pero un rastro, al fin.