Llegó hace siete años al Jardín de la República, se enamoró en su puesto de Avenida Sáenz Peña y hoy lucha el día a día para sostener a sus hijos argentinos. Cómo se vivió la eliminación africana en una cuadra donde el fútbol une ambos lados del océano, pero el trabajo nunca se detiene.
Los colectivos pasan pegados al cordón, a pocos centímetros de los gazebos que cubren la mercadería de la llovizna. Allí, mientras la actividad comercial sigue su curso diario, “Mike” está en una búsqueda frenética. Reinicia el celular, intenta con distintas apps, pero el partido que enfrenta a su Senegal contra Bélgica no aparece en la pantalla.
El verdadero nombre de ‘Mike’ es Ousmane Diagné. Vive en la Argentina desde hace 13 años, y en Tucumán desde hace siete. Para el senegalés de 38 años, ver el partido de su selección es algo parecido a viajar en el tiempo. Se crió en Dakar, jugando descalzo en la tierra con bolsas atadas que hacían de pelota. “Mirás a los jugadores y te acordás de cuando eras chico”, afirma.
A los 22 años se interrumpieron sus planes de ser profesor de Literatura. Dejó de estudiar, empezó a trabajar y a los 25 armó las valijas. Su padre le pagó el pasaje hacia una Argentina donde ya lo esperaba un primo. Tras seis años en Buenos Aires, el destino lo trajo al Jardín de la República.
Aquí encontró el progreso que vino a buscar: un puesto en El Bajo donde ofrece sus productos, llueva o truene, haya Mundial o no. “Lucho todos los días. Siempre algo se vende para poder sostenerse”.
Y también le sucedió algo que no estaba planeado: encontró el amor y formó una familia. “La historia con mi esposa comenzó cuando me vino a comprar una cosa. De ahí nos conocimos, empezamos a conversar y bueno... vos viste”, cuenta con picardía sobre Antonieta, con quien tiene dos hijos de cinco y tres años. El mayor ya eligió bando, aunque a veces se ponga la camiseta de Argentina. “Dice que cuando sea grande quiere jugar en Senegal”, relata ‘Mike’ con una sonrisa. “Hay que ver cómo le sale”.
A lo largo de la cuadra la escena se repite. Unos siete compatriotas de Ousmane buscan, cada uno con su celular y en su puesto de venta, ese link salvador o el punto donde la señal es más estable.
UNIÓN. Cuando la señal flaqueaba, los senegaleses se acercaban a los puestos vecinos para no perderse nada del partido. LA GACETA / MATÍAS QUINTANA
Uno de ellos es Abdul Dieng, de 46 años. “Nosotros siempre estamos unidos, no solo por el Mundial. En agosto celebramos la fiesta religiosa de nuestro país, nos reunimos”, indica el oriundo de Touba, la segunda ciudad más grande de esa nación. Él ya lleva 19 años en Tucumán. “Cuando yo vine ya había senegaleses aquí. Ahora somos como 20, pero antes éramos más”.
La pelota como puente
“¿Cómo van?”, preguntan dos jóvenes en moto que se detienen justo en la puerta de la feria. “0 a 0 por ahora”, responde ‘Mike’. “Tengo muy buena onda con la gente. Yo además de vender, también cuido motos, y los clientes siempre me preguntan de dónde soy y me desean que ganemos”, afirma. El fútbol es una de las cosas que lo unen a nuestro país. Aunque, más que nada, lo conecta con el suyo. Hace seis años que no vuelve a Senegal porque la economía no acompaña, pero la pelota al menos lo acerca a sus afectos del otro lado del océano. “Siempre nos mandamos mensajes con mi familia y mis amigos después de los partidos; opinamos sobre los jugadores y también de los rivales”, explica.
“Lo más lindo del fútbol es compartir. Mi sueño es ver a Argentina contra Senegal en la final”, dice. “Lo que más quiero en mi vida son mis hijos, y son argentinos. Este es mi país adoptivo, me dio todo”, agrega.
Cuando llegaron los goles, se gritaron en toda la cuadra. Cuando Bélgica empató, todos se agarraron la cabeza. Y cuando se acercaban clientes a preguntar precios, había que atender. “A veces, cuando estoy muy enganchado, ya no presto atención y nadie me busca más”, admite ‘Mike’ con una carcajada. Pero después se pone serio: “Lo mismo trabajo, haya partido o no. Tengo que sostenerme.”
El encuentro siguió. La señal mejoró un poco. En algún momento del alargue, un cliente se detuvo frente al puesto y compró algo. ‘Mike’ levantó la vista del celular, respondió, cobró, y volvió a mirar la pantalla. Abdul y los demás hicieron lo mismo.
El Mundial terminó para Senegal. El trabajo sigue.