Dedicamos esta edición de Clarín Rural al maíz. Pocos cultivos muestran una transformación tan espectacular en lo que va del siglo XXI. En apenas veinticinco años, los tres grandes protagonistas del mercado mundial —Estados Unidos, Brasil y Argentina— prácticamente duplicaron la producción conjunta.
A comienzos del siglo, Estados Unidos producía alrededor de 250 millones de toneladas de maíz. Hoy supera habitualmente los 380 millones, con campañas que rozan los 400 millones. La superficie apenas varió, pero el rendimiento pasó de poco más de 8 toneladas por hectárea a valores cercanos a las 11 t/ha.
Brasil protagonizó la mayor revolución. Producía alrededor de 35 millones de toneladas al comenzar el siglo y hoy supera los 130 millones. La superficie prácticamente se duplicó, pero el gran cambio fue la irrupción del maíz de segunda ("safrinha"), sembrado inmediatamente después de la cosecha de soja.
Argentina también casi cuadruplicó la producción. De producir entre 15 y 20 millones de toneladas a comienzos de siglo alcanzó el récord de más de 70 millones en esta campaña. La superficie creció con fuerza, impulsada por la eliminación de restricciones comerciales entre 2015 y 2019. Los rindes nacionales promedio aumentaron desde alrededor de 6 t/ha hasta valores cercanos a 9 t/ha, a pesar de la incorporación de zonas más marginales.
Detrás de esta transformación aparece una verdadera convergencia tecnológica. La primera gran revolución fue la genética. Los híbridos modernos mejoraron notablemente el potencial de rendimiento. Llegaron los eventos biotecnológicos, con resistencia a insectos y tolerancia a herbicidas, que permitieron proteger ese potencial productivo.
La segunda revolución fue la agronomía. La siembra directa estabilizó los suelos, mejoró el aprovechamiento del agua y permitió intensificar las rotaciones. La fertilización pasó a ser mucho más precisa, especialmente con nitrógeno aplicado en dosis crecientes y mejor sincronizadas con la demanda del cultivo.
La tercera revolución fue digital. Monitores de rendimiento, agricultura de precisión, pilotos automáticos, imágenes satelitales, drones y aplicaciones variables transformaron la toma de decisiones.
En Brasil se agregó un componente decisivo: la integración soja-maíz. La expansión del maíz "safrinha" permitió obtener dos cosechas anuales sobre la misma superficie, multiplicando la productividad por hectárea y reduciendo notablemente los costos fijos por tonelada producida.
Pero hay una pregunta que vale la pena hacerse. ¿Qué habría ocurrido si semejante expansión productiva no hubiera encontrado un nuevo destino para semejante volumen de grano?
Aquí aparece probablemente el hecho económico más importante de toda la historia reciente del maíz: el desarrollo de la industria del etanol.
En Estados Unidos, prácticamente el 40% de la cosecha ingresa hoy a plantas elaboradoras de bioetanol. Sin embargo, no desaparece del sistema alimentario: aproximadamente un tercio del grano procesado vuelve al mercado convertido en granos secos de destilería (DDGS), un insumo de enorme valor para la alimentación animal. De este modo, el etanol genera combustible renovable sin resignar su aporte proteico para la producción de carnes y leche.
Brasil desarrolló un modelo diferente. Históricamente basado en la caña de azúcar, incorporó durante la última década un vigoroso crecimiento del etanol de maíz, especialmente en Mato Grosso, donde el enorme aumento de la producción generaba excedentes difíciles de transportar hacia los puertos.
Argentina avanza más lentamente, aunque ya cuenta con una industria consolidada que consume más de 2 millones de toneladas anuales de maíz y abastece el corte obligatorio de las naftas.
Corolario: si el etanol no existiera, el mercado mundial enfrentaría una sobreoferta de decenas de millones de toneladas adicionales cada año. Los precios internacionales serían inimaginablemente inferiores.
Larga vida para el etanol. Por favor.