A través de un decreto firmado por el cardenal argentino Manuel Fernández, la Santa Sede declaró en "cisma" a la Fraternidad San Pío X. La medida anula la validez de sus sacramentos y alcanza también a los fieles laicos que adhieran formalmente al grupo ultraconservador.
El Papa León XIV dispuso la excomunión latae sententiae y declaró en estado de cisma a cuatro nuevos obispos y a dos oficiantes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), luego de que el grupo ultraconservador consumara el miércoles el desobediente acto de consagrar pastores sin el permiso pontificio en Ecône, Suiza, su principal sede. La drástica sanción penal fue comunicada oficialmente este jueves mediante un decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, leído por el cardenal argentino Manuel Fernández.
La medida responde al abierto desafío de la agrupación tradicionalista a la autoridad papal tras el colapso de intensas negociaciones bilaterales que se mantenían desde febrero. Ante la intransigencia del grupo de suspender las ordenaciones, el Vaticano aplicó el castigo máximo desde la sede veraniega de Castel Gandolfo, fundamentado en que las consagraciones constituyen un "acto de naturaleza cismática" y un pecado de extrema gravedad que rompe la unidad de la Iglesia católica.
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Quiénes son los excomulgados y el alcance del decreto del Vaticano
El decreto pontificio, firmado por el cardenal Manuel Fernández y dos secretarios del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, recae directamente sobre los cuatro nuevos obispos cismáticos: Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsine de Divry y Marc Hnaookwe. Asimismo, el castigo alcanzó a los dos oficiantes de la ceremonia, los obispos Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay, quienes ya habían sido excomulgados hace 38 años (en 1988) por el mismo motivo junto a otros dos religiosos hoy fallecidos.
A diferencia de las sanciones de 1988, que se limitaban a la cúpula episcopal, la nueva disposición del Vaticano va mucho más allá e involucra a toda la comunidad. La nota explicativa dictamina que "los sacerdotes pertenecientes a la sociedad y los fieles laicos que se adhieren formalmente a la Fraternidad se consideran cismáticos y excomulgados". En consecuencia, el texto advierte a los clérigos y laicos que se abstengan de participar en las celebraciones de la FSSPX, precisando que incurrirán de forma automática en la misma pena.
El impacto pastoral es inmediato y severo: aunque el Papa Francisco les había permitido administrar los sacramentos del matrimonio y la confesión, la nueva resolución establece que cualquier penitencia o boda oficiada por el grupo será considerada "inválida". Al respecto, el especialista Andrea Tornielli señaló en el servicio de noticias vaticanas que esta fractura consumada el 1 de julio "tiene pesadas consecuencias" para los fieles debido a esta administración ilícita.
Por su parte, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, expresó su "profundo pesar" por las ordenaciones que "rompen la unidad de la Iglesia". A pesar de la contundencia del castigo, el documento oficial aclaró que "la Iglesia, como madre solícita, acogería con sincero afecto y atención activa a todos aquellos que deseen regresar a la plena comunión", dejando en manos de los nuncios apostólicos los procedimientos que los ordinarios locales utilizarán en cada caso.
El origen del conflicto litúrgico y el rechazo al Concilio Vaticano II
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X fue fundada en 1970 en Suiza por el arzobispo francés Marcel Lefebvre, y fue suprimida oficialmente cinco años más tarde por el obispo de Friburgo, iniciando un largo e intrincado historial de tensiones con Roma. Actualmente, el grupo mantiene una fuerte presencia global, incluyendo a los Estados Unidos, donde posee su sede central en Missouri y un seminario de formación en Dillwyn, Virginia, justamente dirigido por el recién ordenado obispo Michael Goldade. Tras la ceremonia, Goldade ratificó la postura radical del grupo al declarar en un oficio religioso que "la iglesia modernista es un desierto que mata todo lo que toca".
La raíz de esta histórica separación radica en el rechazo absoluto de los lefebvrianos a las reformas eclesiásticas introducidas en la década de 1960 por el Concilio Vaticano II. El ala tradicionalista no acepta los postulados sobre la libertad religiosa, el ecumenismo (vínculo con otras confesiones cristianas y religiones) ni la condena explícita a todas las formas de antisemitismo dictaminada por el Concilio.
El principal punto de choque es el conflicto litúrgico. Durante casi medio milenio (desde 1570), rigió la misa tridentina y el Misal Romano bajo las disposiciones del Concilio de Trento, un rito celebrado rigurosamente en latín, con cantos gregorianos, coros polifónicos y con el sacerdote dando la espalda a los fieles, mirando hacia el Oriente. Los lefebvrianos exigen mantener esta estructura y rechazan la misa Novus Ordo aprobada por el papa Pablo VI en 1969, la cual introdujo las costumbres locales y los idiomas vernáculos. Aunque la Iglesia considera válidas ambas celebraciones, el Novus Ordo se impuso en todo el mundo.
Habiendo hecho de la unidad eclesiástica la piedra angular de su gestión, el Papa León XIV se mostró inflexible frente a la intransigencia del grupo más conservador del mundo católico. El pasado 16 de junio, el Pontífice había anticipado a los periodistas su postura: "Se niegan a aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia, empezando por varios puntos del Concilio Vaticano II". Tras confirmarse el cisma, el Papa concluyó con firmeza: "Si esa es la elección que hacen, lo siento, pero debemos seguir adelante".