Eduardo Mandelbaum, psicoanalista: “Las conductas pueden ser modificadas si los estímulos se suceden con intensidad a lo largo del tiempo”

Eduardo Mandelbaum, psicoanalista: “Las conductas pueden ser modificadas si los estímulos se suceden con intensidad a lo largo del tiempo”

El especialista que desarrolló una técnica de análisis multifamiliar y trabaja con grupos vulnerables, está convencido de que la mente puede cambiar y que la comunidad cura

El Río de la Plata lo vio crecer. El mar de Irlanda casi lo mata. Entre esas dos aguas transcurrió una vida que difícilmente quepa en un consultorio. Eduardo Mandelbaum llegó a la psicología después de cuatro años de Física y Química en la UBA, traicionado por una curiosidad que la ciencia exacta no alcanzaba a satisfacer del todo.

Pero las improntas de investigar y verificar se quedaron con él para siempre y, tal vez por eso, terminó construyendo algo tan poco ortodoxo: grupos multifamiliares donde el caos aparente se convierte, bajo su mirada entrenada, en un orden profundo y terapéutico. Fue alumno, amigo y socio en una institución psiquiátrica de Enrique Pichón Rivière.

También construyó otra vida paralela sobre el agua. Desde los doce años remó por los ríos del delta del Paraná, compitió en regatas, aprendió que el cuerpo y la mente necesitan el viento tanto como las palabras.

En agosto de 1979 estuvo entre los 303 veleros que se enfrentaron a lo que los meteorólogos llamaron una “tormenta perfecta” en el mar de Irlanda, con olas de 15 metros y vientos de 180 kilómetros por hora. Quince personas murieron. Él ganó su categoría. Llegó al puerto de Plymouth con algo que el mar enseña: que después de la tormenta, el sol siempre sale. Hoy recibe en grupos a familias de un asentamiento de Martínez y les ofrece lo que el sistema rara vez les da: tiempo, escucha y la certeza de que cambiar es posible.

–Usted parte de la premisa de que el problema no está solo en el individuo, sino en el sistema familiar. ¿Qué cambió cuando empezó a trabajar con familias?

–Cuando uno trabaja con el paciente en el diván, tiene una idea del funcionamiento mental de esa persona y sus relaciones familiares solo a través del relato del paciente. Se trabaja entonces con las llamadas representaciones. Cuando aparece la familia real, podemos comprender cómo se “armó” la mente de este sujeto y, si está sufriendo un trastorno mental, cómo contribuye la familia sin darse cuenta a su sufrimiento, y cómo ayudarlo y ayudarse a sí misma a vivir mejor. Incluimos así en el tratamiento la mirada de la terapia familiar integrativa. Porque cuando un sujeto sufre, sufre su familia, aunque este proceso sea inconsciente para todos.

–Juntar 20 o 30 personas con historias y dolores distintos suena a caos. ¿Cómo se convierte en algo terapéutico?

–El trabajo en el partido de San Isidro se constituye como una red de grupos multifamiliares integrativos desde 2004. Cuando muchos participantes hablan en estos grupos, lo que se escucha puede parecer caótico y confusionante. No se entiende, a primera vista, de qué hablan, a quién le hablan y qué quieren realmente decir. Sin embargo, la formación y el entrenamiento en psicoanálisis integrativo, aplicado a la coordinación de los grupos multifamiliares en diversos contextos, permite dar sentido profundo al aparente sinsentido, dar un orden lógico a los sucesivos aportes y desentrañar la confusión para ir descubriendo qué temáticas complejas y centrales para esos seres humanos se desarrollan en cada sesión.

 Cuando aparece la familia real en el diván es más fácil comprender cómo se “armó” la mente de un sujeto y, si está sufriendo un trastorno mental, cómo contribuye la familia sin darse cuenta a su sufrimiento
Cuando aparece la familia real en el diván es más fácil comprender cómo se “armó” la mente de un sujeto y, si está sufriendo un trastorno mental, cómo contribuye la familia sin darse cuenta a su sufrimiento

–Trabajar con grupos grandes implica una ruptura radical con el modelo del consultorio privado. ¿Qué tuvo que desaprender para que eso funcionara?

–Las familias no son independientes del momento sociohistórico que les toca vivir. Crisis, conflictos, perturbaciones económicas y sociales afectarán profundamente la dinámica familiar, sus comportamientos y su forma cotidiana de vivir. Todos estos factores influyen profundamente en la estructura mental de individuos y familias, aumentando el riesgo de generación de síntomas y sufrimientos. Una de las tareas de los grupos multifamiliares que propongo es tratar de disminuir en lo posible el impacto de estas crisis sociales en la intimidad de la familia. Estos grupos pueden trabajar con varias familias con muchos integrantes, y el número no es un obstáculo para la tarea terapéutica, ya que consiste en aplicar determinadas técnicas de intervención que van asegurando la continuidad del proceso de mejoría de cada uno.

–Hay una crítica de fondo al psicoanálisis: que reproduce la desigualdad porque solo accede quien tiene tiempo y dinero. ¿Cómo responde a eso desde su experiencia?

–En términos de tiempo, la práctica psicoanalítica ha sido reducida a una sesión semanal en general, que se justifica en términos de la disposición del paciente, la falta de medios económicos y de tiempo. En el inicio del psicoanálisis, Freud había instituido una frecuencia de cinco a seis veces por semana. Ese encuadre hoy parece absolutamente fuera de la realidad social y económica, pero no de la realidad de la mente y el sistema nervioso. La mente es un músculo que se mueve, se fortalece, se agiliza o se atrofia, se debilita y se detiene. ¿Alguien va a un gimnasio para tener un cuerpo atlético y fuerte una vez por semana? No sé entonces cómo lograremos grandes cambios con una sesión analítica semanal, por más que esto frustre los buenos deseos de analistas y pacientes. En cuanto a lo económico, las instituciones psicoanalíticas ofrecen tratamientos con honorarios adecuados a las necesidades de los pacientes. Pero también es cierto que esta oferta no alcanza a satisfacer una demanda que desborda, día a día, las instituciones y los consultorios de especialistas en salud mental.

–Vivimos una época de individualismo, de vínculos cada vez más frágiles. ¿Qué le hace eso a la salud mental colectiva?

–Los cambios en las distintas formas de producción, la aparición de los múltiples recursos virtuales, la globalización y factores como la sobreestimulación, entendida como la oferta invasiva de productos a la venta, y la sobreinformación invasiva de noticias no siempre veraces o siquiera relevantes, hicieron que el sujeto perdiera de vista su necesidad profunda de afecto, de cercanía emocional y, sobre todo, la vivencia de intimidad. Recordemos que desde la antigüedad los seres humanos vivimos muy próximos unos a otros. Durante millones de años convivimos en tribus, en intimidad social y corporal. Esta intimidad se fue diluyendo y culminó con la Revolución Industrial, cuando la familia ampliada que generaba su propio mantenimiento fue sustituida por lo que llamamos familia nuclear: padre, madre, hijos, reunida alrededor de las nacientes fábricas. En nuestro país, el café fue sustituido por el fast food, y esa extraña rapidez generada por la ansiedad temporal, “ahora, ya”, genera a su vez y sin control más ansiedad. Este fenómeno de aceleramiento cotidiano va cancelando la percepción de nosotros mismos y de lo que le pasa al otro.

–Las redes sociales crearon una ilusión de comunidad, pero también una soledad nueva. ¿Ve eso reflejado en los grupos con los que trabaja?

–Las redes sociales cumplen una función múltiple, ya que pueden usarse de muchos modos. Pero todas expresan la profunda necesidad humana de comunicarse. Proporcionan, a veces, la ilusión de la presencia de un “otro” a quien le podemos comunicar hasta las más insignificantes cotidianeidades con la esperanza de sentirnos acompañados emocionalmente en esos pequeños incidentes de la vida diaria. Los grupos multifamiliares procuran recuperar esa vincularidad de cercanía emocional y contacto cercano con uno mismo y el semejante, que se trata vanamente de procurar a través de los medios o el uso adictivo del celular. Y este desmembramiento de la vida de relación hace estragos en la formación y estructura mental de un niño.

Las redes sociales proporcionan, a veces, la ilusión de la presencia de un “otro” a quien se le puede comunicar hasta las más insignificantes cotidianeidades
Las redes sociales proporcionan, a veces, la ilusión de la presencia de un “otro” a quien se le puede comunicar hasta las más insignificantes cotidianeidades

–Luego de décadas de escuchar el sufrimiento humano: ¿se volvió más pesimista o más esperanzado sobre la capacidad de las personas de cambiar?

–Los años de tratamientos de personas difíciles y familias difíciles me han llevado a la convicción profunda de que, si se hace todo lo necesario, todo el tiempo necesario, no hay nadie que no cambie. Este aserto se basa en el hecho de que la mente humana y el cerebro son susceptibles de adaptación y cambio. Las redes neuronales que son el sustrato de nuestras conductas pueden ser modificadas si los estímulos se suceden con intensidad a lo largo del tiempo. Pero debemos estar conscientes de que esto es tanto para los signos negativos como para los positivos. Los procesos de cambio y curación pueden ser posibles, pero deben darse las condiciones necesarias. Y es ahí donde tenemos las dificultades en este momento, por ejemplo, con las adicciones a las drogas: hay mucha más estimulación negativa, tanto desde la necesidad del sujeto como desde la oferta, que posibilidades reparatorias de tratamientos bien orientados y sostenidos en el tiempo con la intensidad necesaria.

–¿Qué le ha enseñado el mar?

–Muchas cosas. El amor y el respeto por las fuerzas indomables de la naturaleza, el saber resistir y tolerar las circunstancias adversas por más amenazadoras y peligrosas que aparezcan. Saber que, como dice el dicho popular, después de la tormenta, el sol siempre sale.