Nació en 1972 y convirtió los pronósticos en una pasión nacional. De los cupones en papel a las plataformas digitales, su regreso revive anécdotas, apuestas entre amigos y el ritual que se repite en cada Copa del Mundo.
El Prode. Local, empate, visitante. Dos dobles. Así era la boleta básica. Cruces con birome sobre el papel rectangular, el agenciero que la perforaba en la máquina y entregaba el cartón con la jugada hecha. Tres copias: una para el apostador, otra para el de la agencia, la tercera para Lotería Nacional. Y después a esperar a que se disputara la fecha. Muchos, boleta en mano, escuchaban a Muñoz a la tarde del domingo, conteniendo la respiración cada vez que uno de los cronistas llamaba desde otra cancha para anunciar un gol. Mantenían la ilusión de hacerse millonarios.
El Prode ha vuelto, como lo hace cada cuatro años, desde hace varios mundiales.
Durante los primeros mundiales de este siglo era un excel, ahora aplicaciones que a los pocos minutos actualizan tablas. Lo juegan familias, grupos de amigos, compañeros de colegio, empresas y hasta hay masivos con premios de decenas de miles de dólares como el de Mercado Libre. Muchos se agarraron la cabeza con el gol agónico de Qatar a Suiza, otros festejaron una agónica atajada o un tiro en el palo en el minuto 96 que no alteró el resultado que habían puesto. Jugadas que le aseguraban acertar el resultado exacto. Un motivo más para seguir con atención, casi con devoción, cada partido.
Los jóvenes deben desconocer por qué ese juego que consiste en tratar de adivinar los resultados de los partidos se llama Prode.
Todo empezó 55 años atrás.
En 1971, Francisco Manrique, un marino que había participado de la Revolución Libertadora, fue nombrado por Lanusse como ministro de Acción Social. Solía dar numerosas entrevistas, mostrarse con un trato afable y protagonizar enojos memorables (en una ocasión, en el estertor de la dictadura, en una entrevista radial, dijo que Camps —quien lo había acusado de recibir dinero de David Graiver— era un hijo de puta: el revuelo fue colosal). Fue candidato a presidente en dos oportunidades, aunque obtuvo muy pocos votos pese a su alta exposición mediática. Sus dos medidas más recordadas como ministro fueron la creación del PAMI y la del Prode.
PRODE era la sigla de Pronósticos Deportivos. Consistía en una boleta que contenía trece partidos del fútbol argentino (al principio nueve de primera y cuatro de la B). Había que poner una cruz en el casillero de local, empate o visitante. No había que tratar de adivinar los goles exactos. Sólo quién iba a ganar o si habría un empate.
El Prode nació, según decía su impulsor, con fines sociales. El 33% de la recaudación sería destinado a los premios, y el resto, descontados los gastos operativos, a obras con impacto social y a un viejo anhelo de la población: a la organización del Mundial 78 (Spoiler: esos fondos nunca llegaron en el momento de la construcción de los estadios y demás).
Manrique copió la idea de Brasil y de Italia dónde en cada fin de semana congregaba a centenares de miles de apostadores.
La primera jugada fue el último fin de semana de febrero de 1972. El juego fue un furor inmediato. Lo empujaban dos pulsiones argentinas: la idea de hacerse millonario de un día para el otro y el orgullo de demostrar que se sabía de fútbol.
Muchos creyeron que el desafío era muy sencillo ¿Cómo no iban a acertar el resultado de un Boca- Atlanta o de un San Lorenzo- Gimnasia? Otros se entregaban al azar y sacaban papelitos de una bolsa, lo hacían a ciegas, se ayudaban con una perinola o confiaban cada cruz a los dados.
Como siempre, hubo un adelantado. Jorge Ginebra creó el Toto. Una especie de tubo que tenía tres agujeros y una bola que al girar un dispositivo, ubicaba la pelotita en uno de los casilleros (que previsiblemente eran Local, Empate o Visitante). El aparatito que podía hacer millonario a cualquiera se vendía como pan caliente en agencias de juego y kioscos. También aparecieron revistas que ayudaban a tomar las mejores decisiones, con estadísticas, porcentajes de efectividad e historiales de los enfrentamientos de ese fin de semana. Llegaron a vender 50.000 ejemplares semanales.
En esa primera jugada hubo 152.000 tarjetas y 32 ganadores. Cada semana el número de apostadores se fue multiplicando. El Prode ocupaba un lugar importante en los medios gráficos y también en la radio. Muñoz le pedía a los que manejaban que pararan en la banquina para controlar sus tarjetas: desde estudios centrales, un periodista daba con lentitud los resultados pero con la nomenclatura del juego: “Partido 1: empate; partido 2: local; partido 3: local”. En las canchas, durante los entretiempos, la voz del estadio daba los resultados parciales de la fecha. Si siempre interesó cómo iba el clásico rival, desde el Prode el silencio en ese momento era reverencial. Todos querían saber cuán cerca estaban de dejar la pobreza.
El éxito inicial no estuvo exento de polémica. Durante las primeras semanas aparecieron varios que se declaraban ganadores pero Lotería Nacional terminaba impugnando las boletas. La picardía argentina había entrado en juego y las boletas truchas con trece aciertos proliferaban. Muchos de los supuestos ganadores se quejaban y hablaban de fraude. Algo malo para el prestigio de una modalidad que estaba tratando de imponerse. Manrique, un hábil declarante, salía a defender su creación y rápido encontró unos culpables plausibles: los quinieleros, los barones del juego clandestino. La Quiniela era muy popular pero ilegal, los levantadores pululaban por bares, clubes, por cada esquina de barrio. Manrique los acusaba de querer desprestigiar al Prode, para no perder clientes.
El otro inconveniente era que en las primeras ediciones, sólo se podía apostar en Capital y en el Gran Buenos Aires. Algunas semanas después se extendió al resto del país.
Dos meses después de su lanzamiento llegó el boom y con él la primera gran historia. El primer pozo vacante hizo que la semana siguiente todo el mundo se volcara a jugar una boleta. Más de dos millones de apostadores. Una fecha en la que ganaron River y Racing, y Colón derrotó a Boca.
El resultado se daba al atardecer del domingo en Feliz Domingo, el programa ómnibus del Canal 9 de Romay. Una muy moderna computadora escupía el nombre del ganador y el lugar en el que la boleta se había jugado. Ese domingo 16 de abril de 1972 el que anunció el resultado fue Orlando Marconi, uno de los conductores. “¡Un sólo ganador!“, gritó Marconi. Y se corrigió rápido: una ganadora. Mercedes Negrete. Eran 320.000.000 de pesos. Una fortuna. Alrededor de 320.000 dólares de la época (3 millones de dólares actuales). Rápidamente surgieron las comparaciones: se podía comprar 60 departamentos de tres ambientes, equivalía a 6.000 sueldos o a cientos de Citroens.
Mientras tanto, en una casilla enclenque de Villa Domínico, un paraguayo de 26 años jugaba al truco junto a su hermano y unos amigos. Alguien entró a preguntarle si tenía una hermana que se llamaba Mercedes. El hombre y su hermano rieron a carcajadas. No era la primera vez que pasaban por ese malentendido. Aclaró que se llamaba Mercedes Ramón Negrete. Le dijeron que en la televisión lo estaban llamando para que fuera al canal, que estaban diciendo que había sido el único ganador del Prode. Negrete corrió hacia su campera y manoteó en uno de los bolsillos. Encontró la boleta y con la ayuda de los otros verificó uno a uno los resultados. 6 locales, 5 visitantes, 2 empates. Cuando comprobaron que había acertado, empezó a gritar y a saltar. Se había convertido en millonario.
De pronto salió corriendo: “Me voy a canal 9”, dijo. Los otros le hicieron entender que debía cambiarse antes, no podía ir en camiseta y con los pantalones raídos. Tomó el saco del placard y su novia, Fabiana López, que vivía a pocas casillas de distancia, le planchó su mejor camisa. Antes de tomar el colectivo 85 hasta el canal, le pidió a un vecino 10.000 pesos prestados. Cuando llegó a Canal 9 debió convencer a los de la puerta que él era el ganador, estaban esperando a una mujer (el poder de atracción de la televisión durante décadas: ellos convocaban y tenían la certeza que el nombrado en algún momento aparecería). En el Feliz Domingo lo entrevistaron, le repitieron la millonada que había ganado, le preguntaron por su familia (dijo que era soltero), por su trabajo como obrero en una fábrica textil. También contó que ganaba nada más que 56.000 pesos al mes. Y se quedó sin palabras, cuando le preguntaron qué iba a hacer con tanto dinero. Ni siquiera se lo imaginaba.
En ese momento de la historia aparece un hombre misterioso, el cónsul paraguayo en Buenos Aires, Aníbal Gómez Núñez, que si no supiéramos fehacientemente que existió creeríamos que se trata de un personaje de Graham Greene. Gómez Núñez llevó a cenar a Negrete y luego lo hospedó en el consulado. Al día siguiente lo acompañó a cobrar el premio y se lo hizo poner en un plaza fijo en el Banco Nación. Le permitió tomar un millón para que se diera gustos atrasados; en el medio, el cónsul ofició de celestino para que Negrete saliera con su hija.
Los periodistas fueron al barrio de Negrete a averiguar más sobre su vida. Allí encontraron a Fabiana López que dijo ser su esposa. Tres días después en la décima entrevista que le hacían, la mujer deslizó que Negrete, desde que ese domingo había salido para la televisión, no había vuelto más. De pronto todo el país se puso en contra del nuevo millonario. Y Fabiana López concurrió a varios programas de televisión, se sentó en la mesa de Mirtha, actuó en Los Campanelli y salió en cada revista posible. Abandonada pero convertida en una estrella fugaz. Negrete trató de pasar desapercibido pero empujado por el cónsul fue con su nuevo convertible hasta un barrio carenciado para ofrecer pagar el tratamiento de un chico que padecía leucemia. Los vecinos al reconocerlo casi lo linchan por su actitud con Fabiana López. Dos meses después, la pareja se reencontró en Tribunales ante una demanda de la mujer y acordaron que Negrete le pagaría 17 de sus 320 millones. El abogado se quedó con 7 y Fabiana con 10. Muchos años después, Fabiana reconoció que no era la esposa, que estaban de novios desde hacía dos meses antes del premio, que nunca habían vivido juntos. Vivió durante décadas en la casa de Villa Calzada que se compró con lo que le dió Negrete. Negrete se fue a vivir a Paraguay, se casó y tuvo cinco hijos. Con el tiempo, ya con mucho menos dinero del que llegó, se instaló en Pilar un pueblo ubicado a 400 kilómetros de Asunción. Dicen que perdió toda su fortuna tras malos negocios, la afición a la bebida, muchos caballos lentos y varias malas manos con las barajas.
Tres semanas después que Negrete otro hombre ganó solo un pozo vacante. Fue una cifra mayor a la del paraguayo. Pero aprendiendo de la experiencia anterior, eligió el bajo perfil y no concedió notas.
El Prode se convirtió en un boom. Juan Carlos Mesa escribió un programa para Canal 11 que se llamó En la Cola del Prode, en el que varios personajes interactuaban mientras esperaban para jugar su boleta semanal. En el 73 salió Yo gané el Prode y ¿Ud?, película de Emilio Vieyra que tuvo el mérito de juntar por primera vez a Ricardo Bauleo y Víctor Bo; un productor al ver la química de ambos en las presentaciones en el Interior les propuso el proyecto de Los Superagentes. Gracias al Prode, ellos se convirtieron en Tiburón y Delfín (Mojarrita sería Julio De Grazia).
En enero de 1984, uno de los cuatro ganadores de un pozo millonario fue José Manzanelli, apoderado en Capital Federal del Partido Comunista. Cuando los periodistas lo indagaron, Manzanelli dijo que donó todo el premio al partido, en especial para financiar la campaña presidencial de ese año. Antes de terminar, aclaró que separó unos pesos para atender necesidades familiares, comprar un auto y algunos otros gustos.
En 1984 otra gran historia. Racing de Córdoba cerraba una fecha frente a Ferro. El plantel había jugado una boleta en conjunto y entraron a la cancha con 12 puntos. Para ganar el Prode debían ganar el partido. Lo hicieron sobre el final con un golazo de tiro libre del Pato Gasparini. Tan desaforado fue el festejo para un partido que no definía nada, que Macaya Márquez y Mauro Viale en la transmisión televisiva se preguntaron qué estaba sucediendo. Pero esa fecha hubo centenares de ganadores y al plantel le alcanzó para poco más que un asado para todos.
Con la suma de otros juegos con premios diarios y otros más abultados, el Prode fue perdiendo impulso, presencia en la conversación pública y jugadores. En 1998 fue cerrado por primera vez. Regresó tres años después, pero ya quedó aletargado, ya no era lo mismo. Su agonía fue larga y gris. En 2018 con la liquidación de Lotería Nacional, el Prode dejó de existir definitivamente.
Hasta esta reencarnación mundial que tiene a todos en vilo, gol a gol, partido a partido. Que hace que alguien enloquezca con un gol de Senegal o un penal errado por Irán aunque ninguno se cruce en el camino de Argentina. Pero que suma puntos para el Prode.