En el II Congreso Arquidiocesano de Córdoba, las autoridades eclesiásticas destacaron la necesidad de un enfoque integral a un problema que consideran creciente y preocupante
CÓRDOBA.- El crecimiento del consumo de drogas, el avance del narcotráfico y una sociedad atravesada por la soledad, la violencia y la ruptura de los vínculos familiares conforman un escenario que exige revisar la forma en que se enfrenta el problema de las adicciones. Ese es el diagnóstico dominante del II Congreso Arquidiocesano de la Pastoral de Adicciones realizado en Córdoba, donde se habló no solo del consumo de sustancias sino también de las apuestas.
Participaron del encuentro religiosos, profesionales, funcionarios, voluntarios y referentes de organizaciones sociales. La coincidencia dominante es que el consumo debe ser abordado de manera holística, con la comprensión de que en la mayoría de los casos es la expresión de una profunda crisis social.
El cardenal Ángel Rossi fue contundente: ante un fenómeno que crece exponencialmente entre niños, adolescentes y jóvenes, las respuestas exclusivamente represivas o medicalizadas resultan insuficientes. “Lo primero es educación para la libertad, es decir, no basta con prohibir, hay que educar, o sea, ayudar a los jóvenes y, a veces, a los no tan jóvenes. Ayudarlos a descubrir el valor de la vida y a elegir el bien en un mundo que tiene por lema que todo está permitido”, sostuvo durante el encuentro.
Según su criterio, la clave es “acompañar con presencia y con escucha, que no huyamos del sufrimiento de los jóvenes, del de cada uno de ellos”. En esa línea enfatizó que el tratamiento de las adicciones no comienza con la moralización sino que comienza con la presencia, con “una presencia afectiva”. “Se necesita un acompañamiento atento y solidario, un acompañamiento que no juzgue sino que anime, inspire al esfuerzo espiritual, al esfuerzo moral final, a los pasos que ellos tienen que dar”, declaró.
Rossi participó del congreso mediante un mensaje grabado desde Roma, donde asiste al consistorio convocado por el papa León XIV. Un plus a esa visita es la conversación con el pontífice sobre su posible paso por Córdoba cuando venga a la Argentina en noviembre.
Pablo Viola, titular de la Pastoral de Adicciones de la Iglesia Católica de Córdoba, contextualizó ante LA NACION el consumo de drogas o las conductas adictivas en un cuadro más amplio de desintegración social: “¿Cómo puede responderse a una crisis tan multidimensional desde la estrechez de perspectivas únicamente ideológicas, represivas o tecnocráticas?”, se preguntó.
Advirtió que la sociedad busca, constantemente, “escapar de sus propios abismos” a través de múltiples mecanismos de evasión. Y volvió sobre la tarea de hacer una “escucha atenta, sin prejuicios y sin apresuramiento a juzgar” como el modelo pedagógico que propone la Pastoral para toda intervención frente a las adicciones.
Viola insistió en que el crecimiento del consumo de drogas en el último tiempo —en Córdoba, en especial, el paco— se volvió “exponencial”. Frente a esa situación, precisó que hay un aumento “esperanzador” de las “propuestas comunitarias, especialmente dentro de la Iglesia Católica, las evangélicas y de muchas otras organizaciones”. Admitió que esa tendencia fue en un comienzo en coordinación con la Sedronar, aunque después los recortes de fondos “estancaron” esos programas.
“Necesitamos un pensamiento estratégico que vaya más allá de una administración, de un trabajo coordinado entre todas las instituciones”, dijo.
En diálogo con este diario, el obispo emérito de San Isidro y expresidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Oscar Ojea, destacó la importancia del “trabajo en el campo, en el territorio” que es lo que hacen, por ejemplo, los Hogares de Cristo que la Iglesia tiene en diferentes puntos del país.
“Es notable la baja en la edad del consumo. Hay una ruptura con la familia porque muchas veces roban para comprar droga y se da un reemplazo por la ‘tribu’, que es una falsa familia. Por eso son importantes estas experiencias de un grupo que los reciba con afecto, que recree los vínculos”, describió. “La presencia narco aumentó en los barrios”, planteó, y sostuvo también que el “congelamiento” de la Ley de Integración de Barrios redujo “las pequeñas opciones de ‘changas’, de un trabajo, de una salida momentánea”.
De las jornadas participó José María di Paola, conocido como padre Pepe, quien coordina la Federación de Hogares de Cristo, la red que él fundó en 2008. “Hay que recuperar el concepto de comunidad frente al individualismo; hay que unir miradas —dijo a LA NACION—. Hay que fortalecer y expandir la red de abordaje integral de las adicciones a través de la comunidad organizada”.
“Cada teléfono, un casino”
Reconoció, a su vez, que el trabajo coordinado con el Estado depende mucho de cada gobierno, de cada provincia y municipio. “Hay buenas experiencias y otras no tanto”, sintetizó. Al igual que todos los disertantes, planteó la profundización de la preocupación por las adicciones a las apuestas, al juego: “En 2014 lanzamos un documento que se titulaba ‘cada casa, un casino’. Para algunos fue una exageración. Hoy decimos ‘cada teléfono, un casino’. La droga es un consumo ilícito, pero esto también es muy dañino, un problema muy fuerte y creciente”.
“Olé, olé, Pepe, Pepe” fue la forma en la que, hacia el cierre del congreso, los asistentes agradecieron la actividad que el sacerdote lleva adelante desde hace años. “El Hogar de Cristo es una red que nace en una parroquia popular. Encontramos la clave de cómo el estar con la gente puede ayudar a resolver sus problemas”, afirmó y catalogó de “tsunami” la forma en que se espiralizó la crisis.
El padre Pepe, quien ahora está en Santiago del Estero, agradeció especialmente el liderazgo que tuvo Monseñor Jorge Bergoglio antes de ser Papa, cuando se desempeñaba como arzobispo de Buenos Aires. “Nos dejó hacer. Siempre creyó en los curas villeros”.
Trabajar en la periferia
En la apertura de las jornadas, Viola identificó dos variantes del error ideológico que, según su entender, prevalecen en la sociedad argentina. Por un lado, quienes “buscan eliminar el problema sobre la base de una idea de orden”, típicamente defensores de respuestas puramente represivas, de mayor presencia policial, de endurecimiento de penas. Por otro lado, están aquellos que “romantizan la pobreza para no asumir la tarea de trabajar con los pobres y sufrientes de nuestra tierra”, quienes hablan de la pobreza como si fuera romántica o revolucionaria, pero sin hacer nada concreto para aliviar el sufrimiento de quienes la padecen.
Ambas posturas, según Viola, comparten una característica fundamental: la desconexión con “la alteridad”, es decir, con la capacidad de realmente ver y reconocer al otro en su singularidad y complejidad.
Los referentes que participaron de las diferentes mesas de debate coincidieron en que las políticas de lucha contra la droga diseñadas “en escritorios”, lejanos a la realidad, son insuficientes. La Iglesia propone invertir ese proceso: partir de las experiencias concretas que suceden en las periferias urbanas, valorizar los aprendizajes que emergen de allí y permitir que esos aprendizajes lleguen a quienes diseñan las políticas públicas.
“Queremos aportar objetivos tanto en prevención como en asistencia, buscando políticas públicas que sean soporte y horizonte de esos objetivos”, definió Viola. Andrés Aguerre, presbítero y rector de la Universidad Católica de Córdoba, sede del encuentro, resaltó que los ambientes vinculados con la educación tienen la condición de “casa de encuentro”, “casa de esperanza” y “casa de formación”.
El intendente de la ciudad de Córdoba, Daniel Passerini, se sumó a la primera jornada y afirmó: “Cuando los tres niveles del Estado se comprometen en una acción, todo es mucho más directo y confluye más”. También sumó: “Frente a esta problemática de adicciones y salud mental, la estrategia tiene que ser un abordaje integral, un enfoque interdisciplinario, una presencia territorial y, fundamentalmente, un enfoque comunitario”.
Passerini es además médico y desde hace años atiende a jóvenes con problemas de adicciones en el barrio Muller, donde el cura Mariano Oberlin lleva adelante una experiencia de trabajo comunitario.
Lineamientos clave
“Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio” fue la frase elegida para iniciar la lectura de las conclusiones del congreso. La presentación, advirtieron, es una síntesis del trabajo de los 19 paneles que se desarrollaron en los dos días. Una mesa conjunta con el Estado para discutir políticas públicas fue una de las iniciativas emergentes. También se destacaron la realización de capacitaciones territoriales y la organización de misiones acompañando a las comunidades vulnerables.
A su vez, subrayaron la necesidad de “multiplicar” los espacios para la infancia, para “llegar temprano” y articular el trabajo entre los distintos niveles. Insistieron, en paralelo, con la creación de escuelas bajo el modelo de los Hogares de Cristo, propuesta que se hará llegar al Consejo Federal de Educación. Entre los puntos se incluyeron la constitución de una base de datos que permita trabajar atendiendo a una realidad que esté cuantificada y la convocatoria a empresarios para el diseño de programas de trabajo comunitario. La UCC dictará una diplomatura de acompañantes pares, resultado de una gestión de la Pastoral.