En el Cementerio General del Sur, familias despiden a las víctimas de los terremotos con rituales improvisados, costos desbordados y trabas; crecen las dudas sobre las cifras de fallecidos y desaparecidos
CARCAS.- “Mi príncipe”. “Mi amada”. “El amor de mi vida”. Una familia caraqueña despidió a tres de los suyos, víctimas de la gran tragedia del Día de San Juan, con epitafios grabados sobre el yeso del nicho que los acoge para siempre. Usaron un palito fino para el último mensaje en un ritual que rebosaba dolor y lágrimas en la madrugada de ayer.
A Génesis Montes la enterraron la semana pasada en otro de los nichos. “Te amamos x siempre”, escribieron sus familiares, quienes situaron el día de su muerte el mismo 24. Igual que a Jorge Montes, su hermano. “Eres el mío”, fue su epitafio. Para Jesús Vásquez no hubo miniesquela porque cuando las despedidas son tan dolorosas hasta las palabras cuestan.
Pese a que no es una tradición muy venezolana, familias de La Guaira entierran estos días a sus gentes en los nichos del popular Cementerio General del Sur, el que tantas leyendas esconde. El mismo camposanto que durante años fue víctima de los saqueadores, que profanaban tumbas para buscar oro, placas de bronce o para arrancar cráneos que sirvieran para rituales de brujería, santería y palería. El mismo cementerio que acoge al Malandro Ismael, el santo de los ladrones, y a María Francia, venerada por los estudiantes. Unos y otros acuden a las dos tumbas en buscas de favores para sus correrías o para los exámenes.
Es la misma necrópolis que alberga a la elite de la revolución, encabezada por el padre de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, o el dirigente Aristóbulo Istúriz, además del diputado Robert Serra, convertido en héroe bolivariano tras ser torturado y asesinado por un antiguo escolta y amante para robarle la caja fuerte.
La zona de los entierros de la catástrofe de La Guaira nada tiene que ver con la parte VIP: es una de las más humildes del cementerio, donde ni siquiera se pueden usar los nichos de la parte superior porque carece de maquinaria para elevar e introducir los ataúdes, más allá de una rudimentaria escalera de madera. Su precio, según fuentes consultadas por LA NACION, se sitúa alrededor de 200 dólares, pero es que el traslado desde la morgue a pie de mar puede llegar hasta los 400 dólares.
La ley de la oferta y demanda, que no entiende mucho de solidaridad, ha disparado los precios. El relato de una familia merideña a este diario así lo confirma: querían trasladar a tres de los suyos hasta El Vigía, a 700 kilómetros, en carroza fúnebre, como llaman en el país petrolero a los vehículos funerarios. El precio por cada uno se estipuló en 1200 dólares, pero la familia sólo disponía de 1300, con la particularidad de que el Estado se ha lavado las manos en estos asuntos.
Sólo la buena voluntad de uno de los conductores, pese a la oposición del resto, permitió finalmente el traslado de los tres fallecidos por 1300 dólares.
“Hemos luchado muy duro durante 11 días para recuperar a mi hijo. Con las manos, con picos, con palas. Alquilamos una grúa para que nos ayudara a levantar las paredes. Por allí pasaron rescatistas salvadoreños, mexicanos, checos, pero dijeron que no podían hacer nada”, explica José Rosal, padre del exbaloncestista Eduardo Rosal.
Los operarios acaban de abrir la tumba donde está enterrada la abuela del antiguo jugador, que ahora entrenaba a talentos jóvenes y que también ejercía de dj de salsa en el City Day de la caraqueña Sábana Grande. “Era experto en salsa dura, de la vieja. No sé de dónde la sacaba”, detalla el padre con añoranza y con esa calma que se transmite tras una batalla ya perdida. De fondo, los lamentos de su madre y de su tía.
Eduardo medía más de dos metros y ocupará toda la fosa, aunque le toca compartirla con su abuela, cuyos huesos se han reunido en una bolsa de plástico. La Funeraria Siempre Con Dios anuncia por teléfono a la familia que se dispone a hacer los trámites en el Puerto de La Guaira, con las consiguientes quejas: “La gente del gobierno no empezó a trabajar hoy hasta las 10. No han hecho más que ponernos obstáculos. Tampoco nos ha dejado velarlo”.
Mientras tanto, los ataúdes se acumulan en las morgues, aunque el gobierno prefiera dosificar los informes sobre el verdadero número de víctimas mortales. Según la última estadística aportada por el régimen de Delcy, los fallecidos serían 3342, pese a que las listas de desaparecidos se mantienen por encima de los 31.000 y pese a que entre las fuerzas de seguridad venezolanas se estima que ya habrían superado los 10.000.
Los entierros en nichos, algunos en tumbas, se suceden a una velocidad que hace temer a los trabajadores del Cementerio General del Sur que en los próximos días será necesario cavar fosas comunes en las zonas más alejadas, en caminos de tierra donde se hizo famoso el misterioso Jinete de la Medianoche.
Según la leyenda cabalga en las madrugadas de Semana Santa y en épocas de tragedias a lomos de su corcel negro para desaparecer en la parte más antigua del cementerio, amparado por una neblina que baja desde los miles de ranchos (favelas) de barrios comanches de Caracas, como la Cota 905. Está prohibido mirarlo y quien lo haga será su próxima víctima.